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¿Sigue siendo mínimo el Salario Mínimo?
El salario mínimo dejó de ser solo un piso legal y comienza a influir en las estrategias de compensación de las empresas en México. El reto ahora es acompañar su crecimiento con mayores niveles de productividad.
El salario mínimo dejó de ser solo un piso legal y comienza a influir en las estrategias de compensación de las empresas en México.
Durante muchos años, el salario mínimo en México tuvo una función principalmente jurídica. Era la referencia que utilizaban diversas leyes para establecer obligaciones, multas o beneficios, aunque en la práctica millones de trabajadores ganaban por encima de él y las empresas tomaban otras variables para definir sus estructuras salariales.
Hace ya más de 10 años lo dejamos de utilizar para establecer obligaciones y multas, para darle paso a la Unidad de Medida y Actualización (UMA). El salario mínimo ha incrementado sostenidamente y de manera exponencial en este mismo tiempo.
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Con el paso del tiempo, el salario mínimo perdió buena parte de su capacidad para representar el verdadero valor del trabajo en el mercado laboral. Por eso, durante años, la discusión sobre su incremento generaba un impacto relativamente acotado. Para muchas organizaciones, modificar el salario mínimo no significaba necesariamente replantear toda su política de compensaciones. Hoy el escenario parece ser distinto.
Los incrementos sostenidos registrados en los últimos años han permitido recuperar una parte importante del poder adquisitivo de los trabajadores. Ese objetivo, ampliamente compartido, representa uno de los cambios más relevantes en la política laboral y salarial de las últimas décadas. Pero conforme el salario mínimo recupera terreno, también empieza a modificar la dinámica del mercado laboral. Y es aquí donde, me parece, comienza una conversación que apenas estamos iniciando.
Cuando el salario mínimo aumenta de manera importante y consistente, deja de ser únicamente un piso legal. Empieza a convertirse en un referente para la construcción de tabuladores, para las negociaciones salariales e incluso para las expectativas de quienes participan en el mercado de trabajo. Muchas empresas lo han experimentado de primera mano.
Incrementar el salario mínimo ya no implica únicamente ajustar la remuneración de quienes perciben ese ingreso. En numerosos casos obliga a revisar escalas completas de compensación para mantener diferencias razonables entre categorías, reconocer responsabilidades distintas y preservar incentivos para el desarrollo profesional. Es el fenómeno conocido como compresión salarial.
Cuando la distancia entre puestos de entrada y posiciones con mayor responsabilidad comienza a reducirse, las organizaciones enfrentan un desafío adicional: mantener estructuras salariales que sigan siendo percibidas como equitativas. Naturalmente, esto no significa que los incrementos al salario mínimo sean un error. Significa, simplemente, que una política pública exitosa también genera nuevos retos.
De la misma forma que elevar el ingreso de los trabajadores contribuye a mejorar su capacidad de consumo, las empresas necesitan encontrar mecanismos que les permitan absorber esos incrementos mediante mayores niveles de productividad, innovación o eficiencia operativa.
Quizá por eso, la discusión ya no debería centrarse únicamente en cuánto debe aumentar el salario mínimo cada año. La conversación también tendría que incluir cómo fortalecer la productividad, cómo impulsar la capacitación, cómo acelerar la incorporación de tecnología y cómo generar condiciones para que las empresas puedan sostener incrementos salariales crecientes sin perder competitividad. No son objetivos incompatibles y, de hecho, posiblemente uno dependa del otro.
Una economía difícilmente podrá sostener mejores salarios si su productividad permanece estancada. Pero también resulta complicado construir una economía más productiva cuando amplios sectores de la población perciben ingresos insuficientes. Ambas variables forman parte de la misma ecuación y, en esta columna, recurrentemente hemos referido al tema de la baja productividad mexicana. Quizá una de las transformaciones más interesantes sea que el salario mínimo ha dejado de ser un tema exclusivo de especialistas en derecho laboral o política pública. Hoy forma parte de las decisiones estratégicas de las organizaciones.
Influye en la planeación financiera, en la administración de talento, en las negociaciones colectivas y en la manera en que las empresas diseñan sus esquemas de compensación. Eso representa un cambio importante. Durante muchos años nos acostumbramos a pensar que el salario mínimo era simplemente el punto de partida. Hoy empieza a convertirse, nuevamente, en un factor que influye sobre todo el mercado laboral.
Si bien todavía es pronto para saber hasta dónde llegará esa transformación, lo que parece claro es que la conversación ya no consiste únicamente en determinar cuál debe ser el salario mínimo de un país. La pregunta comienza a ser otra: ¿Qué papel queremos que desempeñe el salario mínimo dentro del mercado laboral mexicano?
Dependiendo de la respuesta, quizá estemos frente al cambio estructural más relevante de nuestra política laboral en las últimas décadas.