En esta campaña el INE decidió que habría tres debates entre los candidatos presidenciales y tengo tiempo afirmando que el segundo debate podría ser el más importante. Vuelvo a mencionar algunas cosas sobre los debates para entender la forma en que vi el segundo:

1. Los candidatos no llegan a un debate en ceros. Todos tienen ya una ventaja o una desventaja, lo que implica que ganar un debate no implica ganar una elección e incluso que perder un debate puede no ser una gran derrota si con ello no pierdes la ventaja.

2. Los candidatos planean su debate de acuerdo a las encuestas en las que creen; no es la misma estrategia cuando vas adelante, en segundo o en último.

3. Es muy difícil que un ciudadano termine decepcionado de su candidato a menos que cometa algún error fuerte o que abandone una postura que lo ha hecho seguirlo.

4. Para que un debate por sí solo cambie sustantivamente las preferencias se debe cumplir alguna o varias de tres condiciones:

a. Un comportamiento extraordinario, espectacular de algún candidato del que no se esperaba, es decir, alguien que dé la gran sorpresa.

b. Un error grave, ya sea de ignorancia o de postura ante un tema, que inmediatamente sea explotado por los adversarios y el ciudadano lo castigue.

c. Y por último, que se exhiba alguna información nueva, dura, escandalosa que modifique la conversación de la campaña a favor o en contra de un candidato.

Si ninguna de las condiciones anteriores se da, las cosas siguen relativamente igual a como llegaron al debate y los cambios dependerán más del posdebate y de la campaña misma. En ese sentido, lo primero que diría es que no veo por qué vaya a modificarse mucho la percepción ciudadana porque cada candidato planeó muy bien su debate.

Meade, como lo esperaba, me sorprendió. Si su primer debate fue malo, en éste llegó mucho mejor preparado, más osado, más agresivo y no cometió ningún error. De nuevo utilizo una frase que ya antes dije: es el candidato que los priistas querían ver desde el inicio de la campaña, echado para adelante y defendiendo los logros de los gobiernos donde ha participado. Tal vez lo malo para él es llegar en tercer lugar en las encuestas, pero está haciendo la campaña y el debate correcto para mantener a sus votantes y buscar algunos extras fuera de los partidos que lo postulan. Una de sus intervenciones memorables fue cuando le pidió a López Obrador que no lo iguale a Anaya (cuando les dijo mafia del poder) y a este último lo acusó de lavado de dinero.

Anaya, en su terreno. Si en algún lugar le va bien es en los debates. Se prepara y no se equivoca. El formato le convenía porque sabe moverse en estos escenarios. En su primera intervención, cuando se acercó a AMLO en forma casi intimidatoria, generó el momento que sirvió para dar vuelo a las redes con memes y por lo tanto será recordado; la reacción de AMLO que en forma graciosa le dice que cuidará la cartera. Si alguien pensaba que todos le iban a pegar a López Obrador se equivocó. Anaya fue golpeado, no sólo por AMLO sino por Meade que le sacó lo de su familia en Atlanta, por ejemplo.

El Bronco para mí estuvo bien. Consideren siempre que no es hoy competitivo en las encuestas, así que no tiene por qué cuidarse o ser políticamente correcto. Lo demostró en el primer debate con la mochada de manos y en este segundo debate propuso expropiar Banamex, propuesta que si otro la hubiera hecho sería un escándalo pero en su boca no. Generó otro momento que deberá ser memorable pero que desgraciadamente las cámaras no mostraron (esperaré las fotos): cuando le pidió a AMLO dar abrazos a Meade y a Anaya, López Obrador reaccionó muy bien y se acercó a darles el abrazo aunque con simpatía repitió que cuidaría la cartera al acercarse a Anaya. 

A López Obrador lo dejé al final. Creí que iría a no responder ataques y a comportarse como en el primer debate y no, no sólo se defendió sino que iba preparado para atacar a Anaya. Lo llenó de adjetivos, "canallita", "mentiroso", "demagogo", "corrupto", "engañatontos", "mafia del poder", etcétera. Y cuando las preguntas se ponían complicadas o los moderadores lo presionaron por una propuesta concreta, se fue a su discurso de atacar la corrupción y de resolver los problemas desde su origen. Es el mensaje con el que ha convencido y mantenido a sus seguidores. En su participación final utilizó una frase que seguramente veremos más conforme se acerque el 1 de julio: “Sonríe, vamos a ganar. ¡Viva México!” que entra en su estrategia de crear la inevitabilidad de su victoria.

Un personaje presente en el debate en cada intervención fue Trump y le fue mal. Se volvió el villano de México, al menos para los temas que se trataron. Otros personajes que aparecieron y no deben estar nada contentos son Josefina Vázquez Mota o Nestora Salgado, que fueron mencionadas en forma negativa. 

Fue el debate de los adjetivos, no sólo de AMLO a Anaya, también éste le recetó algunos de regreso como "hipócrita" o "farsante". Y Meade le dijo "cínico" a Anaya y otros muchos adjetivos. ¿Y las propuestas? Sí hubo, pero pocos las recordaremos.

El formato, bueno, pero no por el público presente, que sólo fue escenografía y las preguntas poco incisivas. Los moderadores, bien, pero en algunos momentos interrumpieron a los candidatos en exceso, pero parejo. No se les puede acusar de parciales. ¿Quién superó mis expectativas? Meade. ¿Quién se desenvolvió mejor? Anaya. ¿Quién ganó? En mi argumento, AMLO, porque supera un nuevo obstáculo sin muchos problemas y si no pierde muchos apoyos aumenta la probabilidad de su triunfo.