Buscar
Capital Humano

Lectura 10:00 min

Menos horas, misma ineficiencia: la trampa de las 40 horas

La reforma de 40 horas abre una oportunidad para transformar la forma en que trabajan las organizaciones mexicanas. Si solo se ajustan turnos y no se corrigen las ineficiencias estructurales, el cambio terminará siendo una ilusión.

main image

La reforma de 40 horas abre una oportunidad para transformar la forma en que trabajan las organizaciones mexicanas.Foto: Shutterstock.

Alejandro Ureña Amieva

40 horas en la semana laboral, un ajuste de nómina, una reorganización de turnos. Los abogados ya hablan de cumplimiento. Los financieros, de los costos que va a implicar. Los políticos, de derechos históricos. Todos tienen razón en lo que dicen sobre la última reforma laboral. Y casi todos se equivocan en lo que omiten del futuro.

La gran oportunidad de esta reforma no es sobre el tiempo. Es sobre la posibilidad de evolucionar la forma en la que trabajamos y lo que hemos estado escondiendo detrás de esas horas extra.

Es, sin duda, una conquista legítima. Pero conviene mirarla de frente antes de celebrarla con los ojos cerrados.

México trabaja casi una cuarta parte más que el resto del mundo desarrollado. Sin embargo, cada hora de trabajo mexicana aporta apenas 22 dólares al PIB, contra los 77 dólares de Estados Unidos o los 110 dólares de Irlanda. La productividad laboral del país, según el último compendio de la OCDE, registró una tasa de crecimiento negativa. Más que un problema de cantidad de horas, tenemos un grave problema de valor por esas horas trabajadas.

Durante décadas, una parte significativa de las organizaciones mexicanas (incluida la burocracia del gobierno) resolvió sus ineficiencias estructurales con la misma moneda: tiempo humano. Cuando el proceso falla, alguien se queda. Cuando la decisión tarda, alguien empuja hasta tarde. Cuando la estrategia es confusa, el esfuerzo y el sudor la sustituyen. Estamos más que acostumbrados a solapar y subsidiar en este país. Normalizamos la creación de sistemas organizacionales que sobreviven porque hay personas dispuestas a absorber, silenciosamente, el desorden heredado. El tiempo extra a costa del bienestar de la gente ha sido, durante mucho tiempo, la anestesia de la mala gestión.

Lo que hace esta reforma es quitar de golpe la anestesia. Y cuando eso ocurre se hacen manifiestos los dolores de una herida que siempre estuvo ahí. La herida de pasarnos cientos de horas en reuniones que no producen una sola decisión. De retrabajar documentos, proyectos y entregables enteros porque nadie se tomó los quince minutos necesarios para pensar antes de pedir. De mantener cadenas de aprobación de cinco o seis firmas que existen para proteger jerarquías, no para proteger resultados. De duplicar esfuerzos entre áreas que no se hablan porque la estructura premia territorios, no colaboración. De llenar reportes que nadie lee pero que todos exigen, confundiendo información con control. De sostener procesos de capacitación que no desarrollan a nadie y evaluaciones de desempeño que no mejoran nada.

Cada una de esas ineficiencias se pagaba con horas extras que nadie contaba y que alguien siempre absorbía con su cuerpo.

Los miedos en torno a la reforma de la jornada laboral

Hay dos miedos que conviven en esta conversación y que merecen ser nombrados sin condescendencia.

El primer miedo es el de los trabajadores (los formales, porque ni hablar del 55% de informalidad pendiente). El temor es que la reforma se traduzca en intensificación. Hacer el mismo nivel de trabajo, con menos tiempo. Menos horas en el contrato, más tensión en el cuerpo. Cuando se cambia el horario, pero no el sistema, la reforma no mejora la vida. La comprime. Y eso amplifica el riesgo de quemarse.

El segundo miedo es el del empresario y el patrón. Hay muchos sectores que son pilares de la economía mexicana donde la operación no descansa, los márgenes son estrechos, la tecnología es poca y la incertidumbre es mucha. Hay pequeñas empresas donde absorber el costo de esas horas sin cambiar el sistema significará su ruina. No podemos ignorar ninguna de estas dos realidades, dos caras de la misma moneda que mueve al país.

Pero ya que la reforma está aprobada, lo que toca ahora es poner plena atención en los riesgos y en las oportunidades. Y hay una coyuntura que muy pocos están viendo.

El año 2030 no solo es la meta de la aplicación plena de la reforma laboral. Es también el horizonte que la economía global mira con una mezcla de vértigo y ambición.

El Foro Económico Mundial estima que, para esa fecha, el 86% de las empresas habrán sido transformadas profundamente por la inteligencia artificial. Sus proyecciones hablan de al menos 170 millones de empleos nuevos y 92 millones desplazados.

Gartner proyecta que para 2030 ningún trabajo en el ámbito tecnológico se hará sin algún nivel de asistencia de IA: tres cuartas partes será humano potenciado por máquinas, una cuarta parte será ejecutado por sistemas autónomos.

Para México, son dos relojes implacables que corren en paralelo hacia la misma fecha. Uno legal, otro tecnológico. Tenemos que mirarlos juntos y de forma mucho más estratégica. Ahí está la enorme oportunidad.

Pensemos en lo que esto significa en concreto. Un gerente de operaciones que hoy dedica tres horas diarias a consolidar reportes y preparar presentaciones podría, con las herramientas que ya existen, reducir eso a treinta minutos y dedicar el resto a lo que ningún sistema puede hacer: conversar con su equipo, tomar decisiones en contextos ambiguos, anticipar problemas que no aparecen en ninguna hoja de cálculo. Un equipo de servicio al cliente que hoy necesita diez personas para cubrir la demanda en jornadas de 48 horas podrá operar con la mitad del personal en menos tiempo, porque la tecnología absorbe lo repetitivo y las personas se concentran en lo que requiere criterio, empatía, creatividad.

Pero la tecnología es solo una parte de la ecuación, y probablemente ni siquiera la más difícil. Lo que realmente va a definir si una organización prospera o se ahoga en esta transición será la capacidad de rediseñar cómo funciona el trabajo. Cómo se entrena a quienes lideran. Cómo se configuran los equipos para que la información fluya sin que alguien la custodie como recurso escaso. Cómo se construye una cultura donde lo que se mide es el valor de lo producido y no la cantidad de horas que alguien calentó su silla.

La inteligencia artificial puede multiplicar lo que una persona logra en una hora de trabajo. Pero si esa hora se sigue gastando en juntas sin propósito, en cadenas de correos que no resuelven nada y en procesos diseñados para cubrir la espalda del jefe en vez de servir al cliente, la tecnología solo hará más eficiente el desperdicio.

Preguntas de fondo para resolver

Esta reforma va mucho más allá de instalar un reloj checador y cumplir con la norma. Tenemos que hacernos preguntas profundas de diseño organizacional: qué dejamos de hacer, qué empezamos a hacer diferente y qué aprendemos a hacer por primera vez.

Vale la pena mirar lejos para contrastar. Entre 2015 y 2019, Islandia redujo jornadas de 40 a 36 horas sin recorte salarial. Y sí, la productividad se mantuvo o mejoró. El burnout cayó de manera drástica. La economía creció por encima del promedio europeo.

Pero la lección no es que trabajar menos funcione por sí solo. Es que la reducción forzó a los equipos a rediseñar el trabajo mismo: eliminar lo innecesario, acortar cadenas de decisión, distinguir entre actividad y valor. Las horas fueron el detonador. El rediseño fue la sustancia.

Cualquier comparación honesta tiene que reconocer la enorme brecha. Islandia es un país de 380,000 habitantes con una economía casi completamente formal, infraestructura digital extendida hasta sus pueblos más remotos y niveles de confianza institucional que México no tiene ni de cerca. Aquí hablamos de más de 60 millones de personas económicamente activas, de una informalidad que abarca más de la mitad de la fuerza laboral, de una brecha tecnológica brutal entre empresas, de sectores enteros donde la digitalización no ha llegado y no llegará sin intervención deliberada.

Lo que Islandia logró con un experimento controlado en un entorno favorable, México necesita lograrlo a escala titánica, con recursos limitados y complejidades que ningún caso de estudio nórdico puede anticipar. Eso no invalida la dirección. Pero nos obliga a ser honestos sobre lo que se necesita: no basta con una ley y buena voluntad.

Hace falta inversión real en capacitación, en tecnología accesible para pequeñas y medianas empresas (pymes), en infraestructura de supervisión laboral que hoy prácticamente no existe; hacen falta incentivos fiscales y, sobre todo, una estrategia que conecte la reducción de jornada con el problema estructural de la informalidad. Sin eso, la reforma beneficiará a quienes ya están del lado formal de la economía y dejará exactamente igual a quienes más necesitan que algo cambie.

México tiene cuatro años para recorrer este camino. Con una ventaja que Islandia no tuvo: la convergencia de la presión regulatoria con la mayor aceleración de capacidad tecnológica que hayamos visto en la historia. La pregunta es si la aprovechamos o la dejamos pasar.

Las organizaciones que respondan con mero cumplimiento van a llegar a 2030 más frágiles. Porque redistribuir turnos sin rediseñar procesos significa pagar más por el mismo nivel de ineficiencia. Contratar para cubrir huecos sin integrar tecnología significa inflar la nómina mientras los competidores adelgazan la suya. Comprimir lo mismo en menos tiempo sin tocar la cultura significa apretar a las personas hasta que el talento que pueda irse se vaya, y el que se quede lo haga por falta de opciones, no por convicción.

Las empresas que usen la presión como catalizador para rediseñar integralmente su forma de trabajo van a salir de esta transición mucho más fuertes y competitivas. Esto es, en el sentido más literal, un proceso de evolución forzada. La presión ambiental cambia. Los que se adaptan, prosperan. Los que solo resisten y siguen haciendo lo mismo, mueren en silencio.

Una ley laboral no puede cargar sola con la transformación que el país necesita. Sin mejoras salariales reales, sin acceso a formación que desarrolle capacidades con valor en el mercado, sin una estrategia seria para que la informalidad deje de ser la única opción viable para la mitad de la población, el tiempo devuelto se convierte en un regalo que muchos no van a poder disfrutar. Ahí hay una conversación que México lleva décadas posponiendo, y no es una conversación sobre horas: es sobre qué tipo de vida hace posible este país para quienes lo sostienen con su trabajo.

La ley va a avanzar. Eso ya está decidido. Lo que no está decidido es el carácter con el que vamos a responder. Si con la inercia de siempre, o con la lucidez que el momento exige.

Alejandro Ureña Amieva

Mi pasión es innovar para ayudar a crear culturas organizacionales más conscientes y positivas con la gente, cimentando el alto rendimiento sobre la base del bienestar integral. Soy LinkedIn Top Voice – Latam y podcaster.

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete