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Bistronomie

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México bebe poco vino, pero descorcha un negocio de 4,648 millones de dólares

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El país todavía está fuera del grupo de los mayores consumidores del mundo, pero el valor de sus botellas, el crecimiento de las etiquetas nacionales y el auge del enoturismo revelan un mercado con enorme potencial.

Diego López

El mundo sigue descorchando botellas, aunque ya no al mismo ritmo. El vino, una bebida ligada durante siglos a la mesa, la celebración y la sobremesa, enfrenta una transformación profunda: se consume menos, pero conserva un enorme valor económico. La Organización Internacional de la Viña y el Vino, OIV, calcula que durante 2025 se bebieron alrededor de 208 millones de hectolitros, equivalentes a 20,800 millones de litros.

La cifra significó una caída de 2.7% frente al año anterior y confirmó una tendencia que comienza a preocupar a productores, distribuidores y bodegas. Desde 2018, el consumo mundial ha disminuido cerca de 14%, de acuerdo con la OIV. La inflación, el encarecimiento de las botellas, los cambios generacionales y una mayor moderación frente al alcohol están modificando la forma en la que el vino llega a la mesa.

No significa que haya perdido su encanto. El vino continúa acompañando carnes, pastas, quesos, mariscos y largas conversaciones. Sin embargo, el consumidor actual parece elegir con mayor cuidado: compra menos, compara precios y, en muchos casos, prefiere una botella especial antes que varias de consumo cotidiano.

Las potencias de la copa

Estados Unidos se mantiene como el principal consumidor de vino del planeta. Durante 2025 bebió 31.9 millones de hectolitros, alrededor de 3,190 millones de litros, lo que representó 15.3% del consumo mundial. Incluso en el mercado más grande, la copa comenzó a vaciarse: el volumen disminuyó 4.3% respecto de 2024, según la OIV.

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Vino desalcoholizado: cómo se hace y por qué conquista a más consumidoresVadym Drobot

Francia aparece en la segunda posición con 22 millones de hectolitros, seguida por Italia con 20.2 millones, Alemania con 17.8 millones y Reino Unido con 12.3 millones. Después se encuentran España, Rusia, Argentina, Portugal y Australia. Son países donde el vino forma parte de la vida cotidiana, pero ni siquiera esa tradición ha logrado frenar la caída.

Italia presentó uno de los retrocesos más marcados entre las grandes potencias, con una disminución anual de 9.4%. España redujo su consumo 5.2% y Francia 3.2%. Portugal fue una de las pocas excepciones: alcanzó 5.6 millones de hectolitros y registró uno de sus niveles más altos de los últimos años.

Fuera de Europa, el mapa también comienza a moverse. China consumió 4.8 millones de hectolitros durante 2025, 13% menos que un año antes y muy lejos de los 12.4 millones reportados en 2020. Brasil recorrió el camino contrario: llegó a un máximo de 4.4 millones de hectolitros, con un crecimiento anual de 41.9%, y se colocó como el segundo gran consumidor de Sudamérica, solamente detrás de Argentina.

Las cifras de la OIV deben entenderse como estimaciones de consumo aparente. El organismo cruza la producción de cada país con sus importaciones, exportaciones y movimientos de inventarios. No cuenta directamente cada botella vendida en una tienda ni cada copa servida en un restaurante, pero su metodología permite comparar a los mercados bajo una misma medida.

México, cerca del gran grupo

México todavía no aparece entre los 20 países que más vino consumen en el mundo. La OIV presenta de manera individual a las naciones que alcanzaron, por lo menos, dos millones de hectolitros en 2025. República Checa cierra esa clasificación, mientras los países que quedan por debajo son integrados dentro de la categoría “otros”.

Esto significa que no existe una posición oficial para México dentro del reporte, aunque su volumen lo coloca cerca de ese grupo. El Consejo Mexicano Vitivinícola estima que en el país se consumen aproximadamente 1.2 litros por habitante al año, una cantidad reducida frente a los grandes mercados europeos y todavía insuficiente para superar el umbral utilizado por la OIV.

La diferencia cultural es evidente. Mientras en México una persona consume, en promedio, poco más de una botella y media al año, en Francia, Italia o Portugal el vino acompaña con mayor frecuencia los alimentos. No siempre se reserva para una fecha especial: se pide por copa, se comparte durante la comida y forma parte de una costumbre construida durante generaciones.

Pero el bajo consumo mexicano no cuenta toda la historia. Grand View Research calcula que el mercado nacional del vino alcanzó un valor de 4,647.7 millones de dólares durante 2025. La consultora estima que podría crecer hasta 8,702 millones de dólares en 2033, con una tasa media anual de 8.4% a partir de 2026.

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Vino mexicanoPexels

La dimensión es todavía lejana frente a Estados Unidos, cuyo mercado fue valuado en aproximadamente 80,300 millones de dólares. A escala global, el negocio del vino habría generado alrededor de 549,600 millones de dólares durante 2025, con Europa concentrando cerca de 44.5% de los ingresos.

Estas estimaciones económicas no proceden de la OIV y tampoco representan únicamente los ingresos de los viñedos o las bodegas. Incluyen vinos de mesa, espumosos y de postre comercializados mediante distintos canales, desde supermercados y tiendas especializadas hasta restaurantes y hoteles. Por ello, no deben confundirse con el valor de las exportaciones o con la producción nacional.

Pocas botellas, mayor valor

La fotografía mexicana es peculiar: se bebe poco, pero se paga más por cada botella. El vino todavía ocupa un lugar asociado con cenas, restaurantes, hoteles, regalos, experiencias gastronómicas y celebraciones. Para una parte importante de los consumidores continúa siendo una bebida aspiracional, antes que un producto habitual de la mesa.

El Consejo Mexicano Vitivinícola señala que cerca de 30% del mercado corresponde a vino producido en México, mientras que el resto está dominado por etiquetas importadas, principalmente de España, Chile y Francia. La producción nacional ronda los 40 millones de litros anuales y procede de unas 8,500 hectáreas destinadas a la uva para vinificación.

Ahí se encuentra uno de los principales retos para la industria: no basta con lograr que los mexicanos beban más vino. También es necesario conseguir que reconozcan las regiones, las uvas y los proyectos elaborados dentro del territorio nacional.

Durante muchos años, hablar de vino mexicano significó mirar únicamente hacia Baja California. Hoy el mapa se ha ampliado. Coahuila, Querétaro, Guanajuato, Chihuahua, Aguascalientes, Zacatecas y San Luis Potosí han desarrollado nuevas etiquetas, viñedos y rutas gastronómicas. El Consejo Mexicano Vitivinícola identifica actividad vinícola en 15 estados y calcula que las rutas del vino reciben alrededor de cuatro millones de visitantes al año.

Grand View Research identifica al vino de mesa como la categoría que más ingresos genera en México, mientras los espumosos aparecen entre los segmentos con mayores posibilidades de crecimiento. El dato apunta hacia un consumidor que conserva el gusto por los tintos tradicionales, pero comienza a explorar opciones más ligeras, frescas y fáciles de integrar a la comida.

México todavía está lejos de convertirse en una potencia por volumen. No figura dentro del top 20 mundial y su consumo por habitante continúa siendo modesto. Sin embargo, esa aparente debilidad también representa su mayor oportunidad: una población numerosa, una gastronomía capaz de acompañar cualquier estilo de vino y una industria nacional que finalmente comienza a mostrar la diversidad de sus regiones.

Porque México todavía bebe poco vino, pero detrás de cada copa ya existe un negocio de miles de millones de dólares que apenas comienza a mostrar su verdadero tamaño.

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