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El parentesco entre el oráculo, la magia y los algoritmos

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OpiniónEl Economista

Héctor Barragán Valencia

Los humanos estamos obsesionados por saber si nos va a ir bien, si mejoraremos o empeoraremos. Por eso siempre nos preguntamos qué será de nosotros el día de mañana. Nuestro futuro nos preocupa. Deseamos conocer si estaremos a salvo de males económicos y de salud, si nuestros seres queridos estarán bien. Es la razón por la que acudimos a la adivinación, a los oráculos, al tarot y hoy a los algoritmos que predicen nuestro comportamiento. Son el nuevo Oráculo de Delfos (al que acudían los antiguos griegos para conocer su futuro), como escribe la filósofa Carissa Vélez en Profecía, un libro muy recomendable.

Dice la autora en la introducción que somos vulnerables a las predicciones porque somos criaturas ansiosas y deseosas, sedientes de certezas. Como el mundo es un lugar despiadado, peligroso y hermoso en el que habitar, a cada paso resuena la misma pregunta: ¿será hoy el día en que todo se derrumbe? Así que nuestra ansiedad por el mañana nos hace vulnerables a los charlatanes, a la tecnología fraudulenta y el autoengaño. Buscamos predicciones porque queremos desesperadamente que nos aseguren que todo va a estar bien. Por ello asegura que su libro se propone desenmascarar cómo funcionan los pronósticos para evitar que caigamos en la trampa de los profetas.

La obra revela que las profecías son juegos de poder encubiertos, igual que las predicciones, que para la autora son sinónimo de profecías. Es un tratado político sobre cómo la predicción facilita el control social. Y nos sugiere que aceptemos la incertidumbre como parte natural de la vida para defendernos de los engaños de quienes se dedican al negocio, por cierto muy jugoso, de pronosticar cuyo fin es la dominación.

En sus páginas hace un recorrido por la historia de los oráculos, los profetas, los videntes y todo tipo de adivinos para mostrar cómo hoy las empresas tecnológicas dominan el lucrativo oficio de la profecía, pues entienden las vulnerabilidades humanas y decidieron dominar y enriquecerse a nuestra costa, al precio de nuestra libertad y soberanía. Relata el proceso de pérdida de influencia y descrédito, de las profecías y la magia cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial. Y cómo un fenómeno similar afectó a la doctrina cristiana con el triunfo del racionalismo kantiano. La secularización del cristianismo tuvo dos vertientes: colocar a la razón en el centro y el nacimiento de la predicción gracias al empleo de las matemáticas, fenómeno que ahora se manifiesta como el éxito de las proyecciones mediante algoritmos.

Uno de los alegatos centrales de la doctora Vélez es que el error común de las personas ocurre porque entendemos a los pronósticos como hechos y suponemos que sus deducciones son verdades incuestionables, cuando en realidad son suposiciones, posibilidades. Además, los monopolios tecnológicos venden a gobiernos, empresas o individuos sus predicciones acompañadas por el relato de que nos permitirá comprender mejor el futuro para anticipar el daño previsto. Esta es la clave de su atractivo y justamente de la adicción consecuente.

Cabe aclarar que se refiere a los pronósticos sobre los humanos. Hay una distinción entre los pronósticos sobre sucesos naturales, que parten de hechos, a diferencia de las conjeturas sobre el comportamiento de los hombres. En este último caso, se trata de supuestos sobre lo que posiblemente hará una persona. De manera que ni siquiera damos a las personas la oportunidad de impugnar estas predicciones, porque son inverificables, puesto que son una adivinanza; es decir, las profecías tienen la ventaja de no ser cuestionadas por ser falsas, lo que añade otra injusticia más y permite que los profetas eludan su responsabilidad.

Los estudiosos de la probabilidad han reconocido, desde hace tiempo, dos aspectos de la predicción: uno subjetivo o epistémico (conocimiento o comprensión), relacionado con lo que sabemos y, otro objetivo, relacionado con lo que es el mundo, al margen de nuestro conocimiento. Pero han ignorado en gran medida la forma en que nuestros propios deseos moldean nuestros pronósticos. Lo que falta en el abordaje de la predicción es el factor deseante de la predicción. Toda persona anhela que su deseo se materialice, se haga realidad. De modo que cuanto más desea una cosa, más se vuelca en hacer que el propósito se cumpla para moldear el mundo a imagen de lo deseado.

De acuerdo con Carissa Vélez, el concepto nietzscheano de “voluntad de poder” describe la fuerza motriz fundamental que hay detrás de los proyectos humanos, un impulso que influye en nuestras previsiones al hacer que trabajemos para satisfacer nuestros deseos. Nos motiva el ansia de expandir nuestro poder, de superar obstáculos e imponer nuestra voluntad al mundo que nos rodea. La voluntad de poder se manifiesta de muchas formas, desde la dominación física, la lucha por un objetivo, hasta la expresión creativa y la brillantez intelectual.

El éxito de los pronósticos consiste en que somos seres deseantes: anhelamos que se cumplan nuestros deseos. Nuestra voluntad de poder es el ansia de vivir, la sed de supervivencia, el deseo de placer y hambre de estatus. Es el calor de la atracción sexual. Es la determinación que las cosas salgan como quieres. Es el apetito de más.

Cabría pensar que ahora que la IA hace buena parte de las predicciones, podríamos liberarnos de la voluntad de poder humana. Pero los algoritmos, dice la autora, reflejan la voluntad de poder de sus creadores. Su apariencia objetiva los hace más peligrosos y engañosos. Cuando, por ejemplo, Instagram desarrolló la herramienta para predecir qué publicaciones se volverían virales, sus miembros deseaban tanto la interacción de los usuarios que estaban dispuestos a conseguirla a cualquier precio, incluida la salud mental de los adolescentes. Por ello, al dejar a los algoritmos el papel de pronosticar el futuro cedemos a las empresas tecnológicas nuestra voluntad de poder y así nos gobiernan.

Por tanto, importa entender que las predicciones tienen que ver con el poder: su secreto consiste en la capacidad de motivar a alguien para que piense o haga algo que de otro modo no pensaría ni haría. Es la capacidad de imponer la propia voluntad pese a la resistencia; es tener la habilidad de influir en los demás y ejercer fuerza sobre ellos: hacer que la gente haga cosas y hacer cosas a la gente. Por ello cabe estar alerta ante los algoritmos, que son la capacidad de poder del diseñador. Por tanto, cabe tener presente que las predicciones son más maniobras de poder, mucho más que intentos para obtener conocimientos.

En suma, el análisis de las predicciones permite observar una constante en los diferentes métodos predictivos: se utilizan para influir en el futuro, cambiando las creencias, expectativas y el comportamiento de las personas. Su papel es de control: ocultar su voluntad de poder. En materia de poder y de profecía, señala la filósofa Vélez, los ingenieros informáticos actualmente desempeñan el mismo papel que ejercían los oráculos en el mundo antiguo, los astrólogos en la Edad Media, los científicos sociales en el siglo XIX. Los motivos que nos arrojan a sus brazos son el temor al futuro y el deseo de conocer nuestro destino.

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