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Los muros como símbolo de soberanía y efecto del miedo

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OpiniónEl Economista

Héctor Barragán Valencia

El fracaso de las democracias es entendible si vemos lo que causaron la globalización, el control y la apropiación de la toma de decisiones públicas por parte de las élites. Tanto senadores, diputados, como presidentes o jefes de gobierno dejaron de representar el interés general. Es decir, la democracia degeneró en oligarquía, donde unos pocos usan el poder del gobierno para su beneficio, usualmente para enriquecerse (el gobierno de los ricos o plutocracia). Las leyes y normas se centraron en favorecer la productividad, la competitividad y el consumo a bajos precios. Con esta creencia llegaron la apertura de fronteras, la eliminación de obstáculos a las empresas para abatir costos y el debilitamiento de la defensa del trabajador. Todo se redujo a la economía. Se confundió con el bien común. Así nos abruma el malestar.

El supuesto que alimentó esta idea fue que cuando hubiera abundancia y riqueza el beneficio bajaría (gotearía) a los sectores desfavorecidos. Nunca se concretó esa promesa. Ocurrió lo contrario: la liberación desplazó a empresas de sus lugares originarios hacia países con mano de obra barata. También trastocó los modos de vida de las regiones atrasadas. Los resultados fueron la concentración del poder, la riqueza y mayor desigualdad, en lugar de una mejor vida. De este modo sobrevinieron descontento, enojo, inseguridad y miedo. La sensación de que perdimos el control de nuestras vidas y comunidades allana el terreno para la oleada de líderes populistas, que llegan al poder prometiendo a la gente que volverían a empoderarla: regresarían los buenos tiempos donde cada uno es dueño de su presente y futuro. Y el resguardo de las fronteras se convirtió en símbolo del Paraíso perdido.

La construcción del muro en Estados Unidos (en otros países las murallas son de policías y soldados) es la metáfora que significa la recuperación del control y de la seguridad. Impedir el paso a los inmigrantes para mantener el empleo de los nativos engendra la ilusión de que se recuperarán los trabajos presuntamente arrebatados. La otra pata de esta creencia son los gravámenes a los productos que vienen del extranjero y presionar a las empresas para que regresen al país. Para los estadunidenses, la promesa de Donald Trump de construir una muralla simbolizó la recuperación de la soberanía y el orgullo nacional. Es la fe en que el sueño americano, arrebatado por los extraños, volvería.

Detrás de todos estos fenómenos hay creencias muy arraigadas y también la degradación de la democracia, entendida como la pérdida de las personas para tener el control de sus comunidades y, por tanto, el destino de sus vidas. Analicemos primero la creencia principal y, después, examinemos las implicaciones de la crisis democrática. La creencia principal es que somos consumidores más que ciudadanos. Esta filosofía la sembró Adam Smith en La riqueza de las naciones. Ya en el siglo XX, John Maynard Keynes, en su Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, señaló: “El consumo -para repetir lo evidente- es el único objeto y fin de la actividad económica” (p.104). Y desde los años mozos del capitalismo se repite tal mantra. La reiteración convierte a las ideas en artículos de fe, en creencias inamovibles, que parecen ser parte de la naturaleza humana y de la sociedad. Dejan de cuestionarse y nos arrastran cual hojas hacia donde el viento sopla.

Esta creencia que llegó del norte se traduce en que cada uno se hace a sí mismo mediante su esfuerzo y su trabajo, sin considerar las condiciones económicas y políticas. Basta con echarle ganas, como decimos en estas tierras. Y si obvian los determinantes sociales, el fin del esfuerzo denodado es para consumir y así lograr reconocimiento, ser alguien en el entramado y jerarquía social. Pero cuando trabajas sin descanso y tu suerte empeora, entonces se pierde la brújula. Nace el temor, se cree en la superchería, en fantasmas y en espíritus malignos.

Cuando el miedo nos embarga y nos domina, se suspende el raciocinio. Cuando el miedo se apodera de nuestro ser, erigimos muros y barreras contra el otro, contra el diferente. El miedo es nuestra respuesta al cambio, a lo desconocido, a lo que nos desestabiliza y destruye nuestro modo de vida. Colectivamente añoramos el pasado. Idealizamos el mundo que se fue. Es entonces cuando anhelamos y buscamos quién nos rescate, quién nos salve, que nos devuelva el mundo perdido (nos regrese al statu quo ante). Y aparece el hombre fuerte, el hombre providencial que nos promete recobrar las glorias idas con recetas simples. Obviando la complejidad de los males, nos ofrece una manera fácil para salvarnos. ¿Por qué nos arrojamos a los brazos de embaucadores disfrazados de salvadores? ¿Por qué perdemos el control de nuestras vidas, de nuestras comunidades y nos arrastran fuerzas despiadadas? Son cuestiones que dejamos de hacer, para mal.

Responder a estas preguntas es altamente complejo. Pero una de las respuestas principales es que en la vida pública la identidad del consumidor ha adquirido más peso que la del ciudadano. Es decir, somos consumidores antes que ciudadanos. Es entonces cuando permitimos que dejen de funcionar las instituciones y los mecanismos de control y contrapesos que permitían el control colectivo de los poderes económicos, políticos, gremiales, religiosos y de cualquier índole. La premisa para mantener el control de nuestras comunidades y, por tanto de nuestras vidas, implica someter a todos los agentes y fuentes de poder, públicas y privadas, a la vigilancia, al control y escrutinio ciudadano. Dejamos que los poderosos decidan por nosotros.

Como ciudadanos es suicida renunciar a participar en la definición de las estructuras económicas, de las condiciones del trabajo y en la organización de la vida productiva. La economía es crucial para la vida. Por ello conviene organizar el sistema económico de modo que permita la toma conjunta de decisiones entre el inversionista, el interés del trabajador y de la comunidad. Haber claudicado a nuestro papel de ciudadanos nos condena al dominio de los grandes monopolios y de las empresas tecnológicas que ahora hasta dirigen nuestro subconsciente.

Concluyo este artículo con una reflexión del gran teórico y filósofo político, Michael Sandel: “Desde el punto de vista de la libertad cívica, una economía nunca puede ser neutral. La organización del trabajo influye en cómo nos consideramos los unos a los otros, en cómo asignamos el reconocimiento y la estima sociales. La organización de la producción y la inversión determina si los ciudadanos tienen verdaderamente voz a la hora de dar forma a las fuerzas que gobiernan sus vidas, tanto en el trabajo como en la política. (…) Una economía abundante y próspera permitiría que los consumidores satisficieran sus preferencias individuales más ampliamente que una economía con un PIB menor. Pero si las condiciones del trabajo en la primera de esas economías fuesen embrutecedoras o degradantes, o si su estructura general escapase a todo control democrático, no estaría respondiendo a la aspiración de autogobierno que tan central es para la libertad en su sentido republicano”. El descontento democrático, p. 31 (2023).

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