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La tormenta perfecta y el optimismo oficial

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Siempre quedó claro que el acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán era frágil porque estaban involucrados los extremistas… además de la teocracia iraní. Este súbito reinicio de las hostilidades en Medio Oriente es el recordatorio de lo que la geopolítica es capaz de dinamitar en horas cuando se hacen planes económicos.
Esta nueva convulsión llega sobre una economía global que ya estaba tocada por este mismo conflicto, sobre todo por sus efectos en el mercado petrolero. Así, los bombardeos en el perímetro del estrecho de Ormuz pasan factura inmediata a los precios de los combustibles y a la inflación de la mayor parte de los países.
México enfrenta el reto de su enorme dependencia de Estados Unidos, no solo por una ralentización del mercado interno, que afecta al principal socio comercial de ese país, sino también porque la política monetaria de la Reserva Federal podría regresar al terreno restrictivo. Esto impacta de forma directa en las finanzas nacionales, porque los capitales prefieren, en tiempos de turbulencia, la calidad sobre el rendimiento.
Evidentemente, tanto México como Canadá quisieran firmar ahora mismo la prórroga del T-MEC, la cual da un marco de certeza para las inversiones que buscan el trampolín hacia Estados Unidos. Sin embargo, el futuro de este acuerdo comercial ya no depende de la buena voluntad del bloque norteamericano, sino de los impulsos y estrategias electorales de Washington.
El destino del tratado comercial depende de quien hoy hace la guerra; está en manos de quien vuelve a amenazar con la compra hostil de Groenlandia y de quien desprecia abiertamente a España con arrebatos populistas. En medio de esa volatilidad, no será la inercia comercial la que dé viabilidad a la economía mexicana.
El problema es que, de manera interna, también se cometen barbaridades que frenan la certidumbre, como las evidencias de lo que es capaz de hacer un Poder Judicial subordinado, que acaba por demostrar que eran reales los temores sobre el desmantelamiento del Estado de derecho.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte que, con la dinámica actual, no hay manera de que el Producto Interno Bruto mexicano alcance 1.6% proyectado a principios de año —que ya era una estimación muy modesta— y ahora ubica la expectativa en apenas 1.3% para el 2026 y 1.7% para el 2027.
Como respuesta oficial, lo que llega es la negación y las presentaciones en pantalla que responden que México es un paraíso para la inversión y el empleo. Le hablan a su clientela política, a la que no le interesan los datos; sin embargo, esa información del FMI sí llega a los escritorios de los tomadores de decisiones.
La estrategia de México en estos momentos de tormenta perfecta debería ser la de generar certidumbre real y medible en los hechos, no solo en la narrativa oficial de las mañaneras.
Las inversiones productivas no se deciden por los PowerPoint oficiales; se quedan donde hay leyes predecibles, energía suficiente y estabilidad jurídica. La falta de pragmatismo y de Estado de derecho se refleja, al final, en la constante revisión a la baja de las expectativas económicas del país.
México enfrenta el reto de su enorme dependencia de EU, no solo por una ralentización del mercado interno, sino también porque la política monetaria de la Fed podría regresar al terreno restrictivo.

