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El derrame... de la confianza

Gerardo Flores Ramírez | Ímpetu Económico
Vaya momento en que, a propósito del derrame que generó tantas mentiras desde el ámbito del sector público, el director general de Pemex reveló que al interior de la empresa paraestatal cunde un absoluto desastre en materia de gestión y control administrativo, porque solo así se le puede llamar todas las circunstancias que rodearon al problema de la fuga de petróleo de un oleoducto de Pemex en las cercanías de instalaciones petroleras costa afuera, que ahora sabemos es la causa del derrame de crudo que arribó a costas de Tabasco, Veracruz y Tamaulipas, y que por ser abordado de manera deficiente y no con la escala necesaria desde el inicio, se traducirá en un daño importante en diversos ecosistemas marinos y costeros del Golfo de México.
O sea, la historia de ficción que narró el director general de Pemex, lejos de aislarlo de la crisis y liberarlo de responsabilidad, como seguramente era su pretensión, en realidad nos muestra dos posibles rostros, uno como el de un directivo fantasioso, limitado, sin capacidad de liderazgo, que es fácilmente engañado por sus subalternos; y el otro, el de un funcionario de poca estatura que es capaz de inventar mentiras fácilmente desmontables, que buscan hacernos creer que él no sabía nada y que por inocente todo mundo le tomó el pelo. Cualquiera de las dos exhibe un funcionario que no debería tener a su cargo a una empresa con los enormes desafíos como es el caso de Pemex.
Y digo que vaya momento, porque toda esta trama que exhibe una red de mentiras al interior de Pemex ocurre cuando la presidenta Sheinbaum nos quiere convencer de que ha llegado el momento de cambiar de opinión —para los que estaban en contra— y empezar a considerar a la técnica de extracción de petróleo o gas natural conocida como fracking, que ya sabemos consiste en la fractura hidráulica de las rocas del subsuelo y el uso intensivo de agua y arena, para permitir que los hidrocarburos fluyan a la superficie a través de la infraestructura de perforación y que entonces México pueda reducir su dependencia, casi absoluta, del gas natural importado de Texas.
La apuesta de la presidenta Sheinbaum es de gran escala: pasar de los actuales 2,300 millones de pies cúbicos diarios de gas natural que produce Pemex a más de 8,000 millones hacia 2035, lo que implicaría un incremento de 260%, suficiente para reducir drásticamente la dependencia del gas texano que hoy representa el 75% del consumo nacional. Para ello, el grueso del crecimiento tendría que venir de yacimientos no convencionales, es decir, del fracking que, con o sin el apellido sustentable que le ha añadido la presidenta, demanda una capacidad operativa, técnica y de gestión de riesgos ambientales que Pemex, a juzgar por lo que acabamos de atestiguar, simplemente no tiene.
Porque si Pemex fue incapaz de detectar a tiempo —o de reportar oportunamente a su propio director general— la fuga de un ducto convencional en Cantarell; si sus áreas operativas se resistieron durante semanas a entregar información satelital básica cuando ya había manchas de crudo en las playas del Golfo; si hicieron falta meses y la presión de organizaciones civiles y medios para que el gobierno admitiera la responsabilidad institucional de la paraestatal, ¿con qué argumento técnico o de credibilidad le pedimos a los mexicanos que confíen en que esa misma empresa liderará uno de los proyectos energéticos más complejos y ambientalmente sensibles de las últimas décadas?
Lo que hemos visto desde febrero no es solo el derrame de miles de barriles de petróleo en el Golfo de México. Es, sobre todo, el derrame de la confianza en que Pemex tenga la capacidad de encabezar de manera sólida, transparente y sustentable —el adjetivo que la presidenta ha puesto al centro de su apuesta— el desarrollo del gas no convencional en México. Ese derrame, a diferencia del otro, no se limpia con barreras flotantes ni se remedia con decretos.
*El autor es economista.

