Hace medio siglo, existió durante tres décadas un espectáculo llamado O Jogo Bonito.

En el futbol, el triunfo ocurre al anotar más goles que el oponente, previamente se conduce el balón usando pies, rodillas, muslos, glúteos, cabeza, espalda y en ocasiones, con la complicidad del cielo, hasta la “mano de Dios”. Conducirlo sin perderlo, defenderlo, si se pierde recuperarlo, para finalmente vencer al portero contrario. Este trasiego puede ser simple, veloz y repentino, pero hay oportunidad de hacerlo muy entretenido.

Los brasileños, conjunción de pueblos autóctonos (tupinambas, xavantes, arawacos, yanomamos, y conquistadores portugueses amparados con la bendición del Tratado de Tordesillas, que repartió el Nuevo Mundo entre Lusitanos y Españoles, más una larga lista de “solovinos”, principalmente holandeses.

El esclavismo los nutrió a base de personas capturadas en Angola, Mozambique, Guinea, Cabo Verde y Congo, ellos conservaron en su cultura además de su animismo religioso, sus danzas y el capoeira, una manera de lucha ritual danzante, que, combinada con el rudo trabajo de campo, fue seleccionando seres humanos con capacidades físicas superiores, que conforma mayoritariamente un pueblo con más de 215 millones de habitantes.

El futbol europeo, deporte a campo abierto, inicia su práctica con largas temporadas de inactividad debido al clima, confrontando la práctica sudamericana de tiempo completo tropical.

El deporte olímpico, principalmente el atletismo, se va tecnificando y convirtiéndose en competencia cuantificable, para establecer velocidad, y dependiendo de ella caracterizar la resistencia con carreras de más de 10 km. O de velocidad cuando superan los 30 km por hora en los sprints.

El deporte cualitativo pareció quedarse en el futbol, en el estilo, la táctica, la estrategia, el engaño, la hipnosis del Jogo Bonito, aunque en ocasiones funcionara el antídoto de la fuerza y la violencia con crueles decepciones como el maracanazo propinado por Uruguay a Brasil cuando debía ganar la Copa Mundial en 1950. El Jogo Bonito enfrentó el criterio arbitral, la aplicación crítica del “fuera de juego”, de la sanción extrema de la expulsión y el penalti, antídotos contra el chanfle, el pase, el gol olímpico.

La explosión demográfica de los practicantes del futbol fue privilegiando velocidad, resistencia, fuerza, nutrición, masoterapia, cirugía, viniendo a menos la habilidad individual y el engolosinamiento con la pelota. El colmo fue el catenaccio —encadenamiento— del italiano Helenio Herrera.

La derrota elegante y desafortunada de Brasil ante Italia en el Mundial de España 1982 fue la inhumación del juego bonito, ese día el director técnico Tele Santana le dijo a sus jugadores en el camerino tranquilo y en paz: “Hicimos lo mejor que pudimos. Vuelvan tranquilos a casa, pues ustedes jugaron el mejor futbol de la Copa y recuerden que el mundo entero los aplaudió por eso”. Futbol y carácter, ser magnífico aun en la derrota.

Hace cuatro años le plancharon a Neymar la columna vertebral, arrugándole a Brasil la recuperación del Jogo Bonito. Ahora el entrenador Tite espera que Neymar, Gabriel Jesús y Coutinho arruguen a los oponentes, retornando la batucada.