Del escrito de John Lloyd Stephens sobre su viaje a Yucatán en 1841:

“Crucé la plaza a través de una turba de indios que se hicieron atrás por deferencia al color de mi piel (...) Aquel pueblo sometido al dominio de los extranjeros, sumido en la abyección y contemplando al hombre blanco como a un ser superior (...) Distribuidos los indios como esclavos, habían quedado después como sirvientes. La veneración a sus amos es la primera lección que reciben: dóciles y apacibles, enemigos del trabajo (...) cuando se embriagan se vuelven más dóciles y sumisos (...) Permanecen en un estado de cautiverio toda su vida (...) son humildes, amables y dóciles; cuando se les azota, todavía con el dolor de los latigazos se dirigen al mayordomo y le dicen ‘buenas tardes, señor’ (...) Cualquiera puede procurarse el número de indios que apetezca a razón de un real diario, que es menos del interés del costo de un negro (en Cuba) y menos que el gasto de mantenerlo”.

Así sucedía hace poco. Siglo y tres cuartos es poco. Tan poco que todavía sucede. El ánimo de apartar vivo y coleando. Comprobémoslo con el significado de las palabras. La Real Academia Española define: “Discriminar es seleccionar excluyendo, dar trato de inferior a una persona o un grupo por circunstancia religiosa, racial, política, económica, social”. Este individuo es distinto a mí o es mi semejante. Apego y cercanía contra desapego y lejanía. ¿Acaso no somos discriminadores? ¿Él, tú, yo? Quien esté libre de esta fea, pero general cualidad que tire la primera piedra. ¿Acaso las guerras mundiales y parciales, los conflictos y las matanzas no se deben a la lucha por la primacía del diferente?

Don Andrés Manuel, discriminador profesional. Desde el inicio de la carrera política, su verbo lo trasluce claramente, ¿por envidia y desquite? Los desiguales por ricos, por corruptos, por ratas rapaces, por “monarcas de moronga azul”, por “reaccionarios de abolengo”, por “tecnócratas neoporfiristas”. La palabra que excluye a una parte de la sociedad siempre es agresiva, violenta e injusta. ¡Qué pena! Que a estas alturas de nuestro mexicano partido se repita ese enfrentamiento que, como escribe Jordi Soler, lleva siglos y se agrava cuando los otros, los “pirrurris”, tienen más que los pobres que llevan siglos de serlo en este mismo suelo.

Si nos aceptamos como humanos iguales, estaremos en óptima condición para progresar.

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PabloAveleyra

Escritor

En lontananza

Estudió la Licenciatura en Economía en el ITAM. Prolífico autor que en sus obras ha abordado temas como la economía, la sociología y las finanzas.