En la vida hay dos cosas inevitables: la muerte y pagar impuestos. La diferencia es que mientras la primera es un evento único, los segundos forman parte de la cotidianidad.

Vivir en sociedad implica que uno tiene que estar dispuesto a pagar impuestos, a contribuir a la provisión gubernamental de bienes públicos entre los que destaca la protección y garantía de los derechos privados de propiedad en contra de actos de terceros que atenten en su contra. Más aún, es la provisión de este bien que es la razón de ser del Estado.

Al nivel mundial se observa que la disponibilidad individual a pagar impuestos está íntimamente ligada a la calidad de los bienes públicos que el gobierno ofrece así como a la eficiencia y honestidad con la cual se ejercen los recursos públicos. Inclusive se observa que en aquellos países en los cuales hay una mayor calidad de los bienes públicos y una menor percepción de corrupción, los individuos están dispuestos a pagar un monto de impuestos mayor que el valor subjetivo asignado a los bienes públicos que el gobierno le ofrece a cambio, una forma de ser solidarios con miembros de la sociedad menos favorecidos , quienes recibirían un valor de bienes públicos mayor al monto de impuestos pagados.

Lo anterior viene a colación porque esta semana inicia abril, mes en el cual las personas físicas presentan su declaración anual del impuesto sobre la renta. Y entonces surgen dos preguntas. La primera, ¿cuánto del año trabajo para el gobierno? La segunda, ¿qué recibo a cambio?

Va la primera, lo que podríamos denominar como el día en el cual alcanzo mi libertad fiscal. Obviamente la respuesta depende de la tasa del ISR a la cual se es sujeto (suponiendo que labora en el sector formal de la economía y cumple sus obligaciones fiscales) así como de la canasta de consumo particular. Así, mes tras mes, mi empleador me descuenta el ISR. Además, pago a lo largo del año los siguientes impuestos: IVA y IEPS sobre algunos de los bienes y servicios que consumo, el impuesto sobre gorditos si me compro un refresco o unos chicharrones, el impuesto al vicio (cigarros y alcohol) un arancel si consumo directa o indirectamente un bien importado proveniente de países con los cuales no hay un TLC, el impuesto predial, el impuesto sobre la tenencia vehicular y el impuesto sobre alojamiento turístico, así como algunos derechos como son el pago anual por las placas de mi vehículo y el derecho por el suministro de agua sin olvidar, por supuesto, el impuesto inflacionario. Tomando en consideración todas mis contribuciones al gasto gubernamental, estimo que en mi caso alcanzo mi libertad fiscal en el mes de mayo es decir, trabajo para el gobierno (federal y estatal) casi cinco meses del año.

Y viene la segunda pregunta. ¿Qué recibo a cambio de los impuestos que pago? Directamente, sólo servicios públicos como seguridad y servicios urbanos de mala calidad más el subsidio que me otorgan por mi consumo de energía eléctrica y agua potable. Y entonces, si no recibo directamente bienes públicos de alta calidad por los impuestos que pagué, ¿qué estoy financiando? La provisión pública de servicios educativos y de salud mediocres, subsidios a grupos de interés, los salarios de una burocracia excesiva, notoriamente ineficiente y en muchos casos corrupta y, por supuesto, a los políticos y a los partidos políticos y algo, muy poco, de gasto subsidiario.

A veces da mucho coraje pagar impuestos.

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