En las últimas semanas, el oro ha alcanzado niveles de precio récord, impulsado por las sombras que proyecta la montaña de deuda, que acarrean varias de las economías más desarrolladas del mundo y las crecientes preocupaciones, sobre la viabilidad a largo plazo del euro como moneda común de un diverso grupo de países (con diversidad me refiero a la disciplina fiscal acostumbrada por sus miembros).

Si los inversionistas están acudiendo al mercado para tomar posiciones compradoras en este metal precioso, es producto de un cambio en la percepción global de riesgo de los mercados financieros.

Tan sólo basta mirar la respuesta del euro a la crisis: una devaluación de mas de 12% con relación al dólar, sin duda el impacto en los mercados ha sido severo.

Pero las preocupaciones no se limitan a Europa, de hecho el mayor temor de los mercados se refiere al surgimiento de una cascada de países que sufran ataques en su contra, orquestados por especuladores alrededor del mundo que intentarían beneficiarse de las precarias condiciones fiscales de sus víctimas.

Desafortunadamente, estos ataques especulativos no serían más que la manifestación evidente de un problema de fondo, que no parece tener una solución sencilla y evidente al menos en el corto plazo: las economías modernas, sin importar su grado de desarrollo, parecen haber generado una adicción irrefrenable por el endeudamiento desmedido.

Los datos son concluyentes, según algunos estudios, si las tendencias de endeudamiento se mantienen, en tan sólo 20 años, Estados Unidos acumulará una relación deuda/PIB de 150%, que lo dejaría en una situación aún más frágil que la que afronta Grecia hoy en día.

Muchos países miembros de la OCDE, se encuentran en situaciones similares y varios de ellos ya han cruzado el umbral de 100% a la hora de medir la relación de sus deudas y el tamaño de la economía, nivel que se considera el punto de quiebre a la hora de enfrentarse a significativas y virtualmente inmanejables dificultades financieras.

Como resultado, los mercados perciben y operan en medio de un entorno de inestabilidad que es evidente, emitiendo señales que muestran claramente su incomodidad con la situación actual.

Una de las más claras y sonoras fue la caída de 900 puntos del Dow Jones en tan sólo 20 minutos, sin que su posterior capacidad para recuperar la mitad del terreno perdido, la hagan menos válida, pues este crash temporal ocurrió como corolario de una jornada plagada de inusuales desequilibrios en el flujo de órdenes de compra y venta, donde la presión de venta era más que evidente.

Otra señal clara es el hecho de que desde inicios de este año, resulta más barato asegurarse contra incumplimientos en el pago de deuda de compañías con grado de inversión, que contra el mismo tipo de incumplimiento de los países de la periferia europea.

El mercado nos está diciendo que las preocupaciones han cambiado de bando, si en lo álgido de la crisis financiera del 2008, el temor era por la caída de ciertas instituciones financieras, ahora la preocupación se refiera a la caída de países sobre endeudados.

Evidentemente en un contexto así, los inversionistas retornan a las bases.

El oro con su conocida característica de refugio último de valor, se torna atractivo como vehículo de inversión (o si se prefiere de protección), en tanto los inversionistas globales no perciban una solución efectiva al problema del sobre endeudamiento y los mercados se estabilicen, retornando a condiciones de operación más normales.

*Carlos F. Pinilla es VP de Análisis y Estrategia de Mercados de Total Value Group.

[email protected]