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75% de los adultos mexicanos tiene sobrepeso u obesidad; los ultraprocesados dominan la dieta

Más de un tercio de los adultos vive con obesidad y cuatro de cada 10 adolescentes tienen exceso de peso, en un entorno donde los ultraprocesados aportan casi 30% de las calorías consumidas.
Este 4 de marzo, en el marco del Día Mundial de la Obesidad, las cifras más recientes disponibles confirman que México no ha logrado revertir la tendencia. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) Continua 2020-2023, elaborada por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), 37.1% de los adultos presenta obesidad. Si se suma el sobrepeso, la proporción supera 75% de la población mayor de 20 años.
En mujeres, la prevalencia de obesidad alcanza niveles cercanos a 41%; en hombres ronda 33%. Entre adolescentes, el exceso de peso afecta a aproximadamente 40% y en niñas y niños la cifra se ubica alrededor de 35%.
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Aunque en 2025 la ENSANUT Continua sigue en proceso de actualización y levantamiento de nueva información en campo, los datos consolidados más recientes oficialmente publicados corresponden al periodo 2020-2023, y son los que actualmente sustentan el diagnóstico nacional. Las nuevas cifras que se integren durante 2025 se espera que sean difundidas en 2026, pero hasta ahora no existe evidencia pública que indique una reducción significativa del problema.
Una dieta que cambió más rápido que la salud pública
El fenómeno no se explica únicamente por decisiones individuales. Un análisis del Banco de México, basado en datos de la ENIGH del INEGI, muestra que los alimentos ultraprocesados ya representan 28.2% del consumo calórico total en el país, proporción que aumentó desde 23.6% en 2006. En términos absolutos, el consumo calórico proveniente de estos productos creció 33.8% en ese periodo.

Es decir, casi 3 de cada 10 calorías que consume hoy un mexicano provienen de productos formulados industrialmente: botanas, cereales azucarados, embutidos, comidas listas para calentar y bebidas endulzadas.
En paralelo, el INEGI documenta que el gasto en alimentos y bebidas no alcohólicas representa uno de los principales rubros del presupuesto familiar. Sin embargo, dentro de esa canasta, los productos procesados han ganado terreno frente a ingredientes frescos.
El refresco como costumbre estructural
Especialistas del INSP han señalado que el entorno alimentario mexicano favorece prácticas obesogénicas: disponibilidad permanente de bebidas azucaradas, porciones crecientes, promociones comerciales y publicidad dirigida a población infantil.
En México, el refresco no es ocasional: es acompañamiento. Y esa normalización de calorías líquidas —que no generan la misma saciedad que los alimentos sólidos— ha sido identificada como uno de los factores más persistentes del patrón de consumo nacional.
Un problema sanitario y económico
Las enfermedades crónicas no transmisibles —diabetes, hipertensión y padecimientos cardiovasculares— figuran entre las principales causas de muerte en el país, según estadísticas de mortalidad del INEGI. La obesidad es uno de los factores de riesgo más importantes en su desarrollo.

Los potenciales efectos de los obesógenos varían según el momento en el que se produce la exposición. Foto: Shutterstock.
Más allá del impacto clínico, el problema tiene implicaciones económicas: mayor gasto público en atención médica, pérdida de productividad laboral y presión estructural sobre el sistema de salud.
El Día Mundial de la Obesidad no debería leerse solo como una fecha sanitaria, sino como una señal de alerta sobre el sistema alimentario. México no se convirtió en un país con 75% de adultos con exceso de peso por casualidad; lo hizo en un entorno donde la conveniencia industrial desplazó la preparación doméstica y donde la cultura del “combo” reemplazó al guiso de olla.
Mientras la ENSANUT 2025 continúa su levantamiento de datos y el país espera cifras actualizadas el próximo año, la fotografía vigente ya es contundente: la obesidad no es un fenómeno marginal. Es la nueva normalidad alimentaria.



