En el segundo capítulo del Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 (PND) presentado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, el de política social, como último apartado aparece el título “Cultura para la Paz, para el Bienestar y para Todos”, donde se incluye a las artes plásticas y a las letras, junto con la música y las artes escénicas, como “productos tradicionalmente denominados culturales”, que son parte de disfrute y consumo al que todo individuo tiene acceso por antonomasia, en virtud de que, se puede leer, “todos los individuos son poseedores y generadores de cultura”.

El documento dicta que ningún individuo “debe ser excluido a las actividades y los circuitos de la cultura, los cuales representan, en la actual circunstancia, factores de paz, cohesión social, convivencia y espiritualidad”. Prioriza la atención del gobierno federal para atender las necesidades de los sectores marginados e instruye a impulsar “una vigorosa acción cultural en las zonas más pobres del país”.

El PND compromete a la Secretaría de Cultura, sin descuidar, indica, las materias que, por tradición, han recaído en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, a trabajar de manera estrecha con las distintas poblaciones del país a fin de conocer sus necesidades y aspiraciones en materia cultural.

Recalca que aquellos recintos que tradicionalmente han sido consagrados a la difusión del arte no deben centralizar ni monopolizar la actividad cultural.

“Debe poblar los barrios y las comunidades y hacerse presente allí en donde es más necesaria, que son los entornos sociales más afectados por la pobreza, la desintegración social y familiar, las adicciones y la violencia delictiva”.

Es demasiado elemental, argumenta especialista

Consultado sobre su lectura del documento publicado la semana pasada, el editor, director de Editarte Publicaciones, crítico y perito valuador de arte y antigüedades, Francisco Moreno, comenta que lo ha percibido “con gran escepticismo”.

“Esto no es un plan para mí. Suena a una campaña, a un propósito muy general. Prácticamente es una cuartilla. Son las generalidades de lo que se quiere alcanzar en todos los ámbitos y, en particular, en cultura”, introduce y agrega que lo contenido en el documento competente con el ramo cultural, es “demasiado elemental” si se quiere hablar de un proyecto de nación desde el ámbito gubernamental.

“Se entiende que parte de los propósitos del presidente siempre ha sido la atención de los grupos marginados o en extrema pobreza, pero tampoco veo ahí un cuidado de todo lo que se ha venido haciendo (...) Es un planteamiento muy general que no aterriza y me preocupa mucho”.

Argumenta que en la información contenida en el PND no son perceptibles los resultados de las consultas, foros y mesas de trabajo que se anunciaron y que incluso se instruyeron en marzo pasado a través de un boletín emitido por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, misma dependencia que, se dijo, sería la encargada de la coordinación de los encuentros para la creación de dicho documento. “La secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, impulsó y promovió unos diálogos en el Centro de Cultura Digital, en los cuales se expusieron una serie de temas de los cuales nos sabemos si hubo una bitácora, resumen, memorias o algo que nos pudiera dar un viso de hacia dónde van a plantear el programa sectorial que es en todo caso el que esperaríamos”.

Hace hincapié en que Andrés Manuel López Obrador ha sido el primer presidente que asume la titularidad del Ejecutivo con la cultura como secretaría de Estado. En ese tenor, lamenta que esta administración está descuidando los programas impulsados con anterioridad, incluyendo aquellos que ayudaron a elevar el sector a secretaría.

“Esta parte también me preocupa. Por ejemplo, en el PND se habla del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, pero no mencionan a otra de las instituciones con mayor reconocimiento internacional, con mayor presencia y antigüedad, como lo es el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Hay un desaseo en lo que se está planteando. No hay una brújula y sí mucha improvisación. Eso nos habla de inexperiencia”, opina y argumenta que el documento debió estar respaldado por un diagnóstico que no existe.

“Hay una falta de dirección de planteamientos claros y precisos. Por supuesto no son inclusivos. El ejemplo del INAH es muy claro, pero otro son las comunidades culturales independientes que han estado luchando por ser escuchadas y tomadas en cuenta. Parece ser que todo debe pasar por el visto bueno no de los supuestos 30 millones que estuvieron a favor de este cambio sino del Ejecutivo, todo tiene que pasar por manos del presidente y eso es preocupante. Si hablamos en términos de democracia, esto no apunta para allá”, concluye.

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