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Una reforma que nadie quiere y a todos estorba
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
A nadie debería pasarle desapercibido el momento tan delicado que vivimos en México y en el mundo, mucho menos a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, parece que la ceguera ante la realidad que caracterizó al expresidente López Obrador era el verdadero instructivo del bastón de mando. Pero la ventana de oportunidad autoritaria del sexenio pasado se cierra.
Los primeros pasos arbitrarios del sexenio pasado fueron tolerados por los incondicionales, la inexistente oposición y la desinformada opinión pública. El desvío presupuestal ha sido letal para las finanzas públicas, pero el asalto al Poder Judicial y ahora la pretendida toma del sistema electoral, ya incomodaron a los propios aliados.
Pero como la rana que transporta al escorpión, para ser picada a la mitad del río, así el régimen no puede renunciar a su naturaleza autoritaria y ahora quiere terminar con sus aliados por la vía electoral que hoy tienen que optar por su autoinmolación.
México está en proceso de desintegración institucional, pero el momento actual de destrucción democrática ya en nada se parece a los inicios del régimen autoritario hace pocos años atrás.
Con la impunidad cínica como el eje de actuación de la Cuarta Transformación, la complicidad del poder con el crimen organizado terminó por superar al Estado en muchas dimensiones. Las organizaciones criminales ganaron elecciones, impusieron gobernantes, mantienen relaciones impunes en altos niveles del poder político.
Esta realidad, sintetizada en la cínica expresión de los “abrazos y no balazos”, ha dado forma a verdaderas muestras de vivir en un país donde se puede aplicar en diferentes regiones, sin temor a equivocarse, el mote del Estado Fallido.
A ese factor interno, que demostró la velocidad a la que los ciudadanos vivían bajo las dos botas, la de un régimen en transición autoritaria y la del crimen organizado extorsionador, se sumó un componente inesperado: Trump 2.0.
El Presidente de Estados Unidos es el de las amenazas arancelarias, el del enorme riesgo de perder el acuerdo comercial trilateral. Pero también es el mismo megalómano capaz de capturar a un dictador sudamericano en su bunker de Caracas y llevarlo preso en menos de 24 horas.
Es ese mismo Donald Trump el que ordena un ataque unilateral contra una potencia nuclear sospechada en el Medio Oriente para matar al líder espiritual y forzar un cambio de régimen, porque así lo considera mejor para el mundo.
Este momento del mundo, de México, hace totalmente innecesario que el propio gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum plantee una reforma electoral que nadie quiere, que nadie pidió en este momento y que claramente tiene la intención de apoderarse del sistema electoral y de sus resultados.
Es necesario que la mayor cantidad de personas tengan claro el escenario de vulnerabilidad en el que se mueve hoy México; pero es indispensable que eso se entienda desde la cúpula del poder político.
La ruta de confrontación del régimen, con énfasis en su propuesta de contrarreforma electoral, no solo es innecesaria, sino que es estorbosa; ¿de qué le va a servir a este régimen apropiarse de las urnas electorales y de sus resultados si, al final del camino, se quedarán gobernando las cenizas de una nación aislada y fracturada?
El régimen no puede renunciar a su naturaleza autoritaria y ahora quiere terminar con sus aliados por la vía electoral que hoy tienen que optar por su autoinmolación.