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Cuando los números definen lo normal y la moral

OpiniónEl Economista

Las revoluciones tecnológicas han marcado la historia humana por los avances materiales que han traído consigo y las profundas transformaciones en lo que creemos, es decir, los valores que guían nuestra conducta, a partir de lo que convenimos como bueno o malo. También definen cómo nos percibimos y jerarquizamos o sea, quién debe ser primero, si los hombres o las mujeres, y quiénes deben tener un estatus inferior porque son clasificados como diferentes, extraños o incluso locos. Esta clasificación y valores, resultado de la innovación, obedece a que la tecnología nunca es neutral porque incorpora los valores de quienes la diseñan, la financian y utilizan para organizar a la sociedad. La historia de los desarrollos tecnológicos, la astrología, la imprenta, la estadística, los seguros y miles de innovaciones, cambia las percepciones colectivas y el orden social. Estos afanes humanos tienen como leitmotiv la afirmación de nuestro yo y, por tanto, nuestro estatus o lugar en sociedad -lo que nos da sentido- así como la seguridad, el sexo, la comida y, por supuesto, la búsqueda del beneficio.

Carissa Véliz, en Profecía, nos recuerda que detrás de cada número y cada estadística hay un juicio moral disfrazado de objetividad. Retomando la distinción de David Hume entre hechos y valores, señala que los datos no pueden, por sí solos, fundamentar conclusiones morales. Sin embargo, en la modernidad hemos confiado en los números como si fueran hechos puros, libres de valores, y hemos construido políticas públicas y sistemas de control bajo esa ilusión. La estadística, en este sentido, se convierte en biopolítica, mecanismo mediante el cual el poder moderno, en lugar de sólo castigar o prohibir, administra, controla y regula la vida mediante políticas públicas, estadísticas y normas de salud: al cuantificar la vida convierte a la persona en un número que le despoja de su individualidad. Así establece la media o norma, lo que considera normal y corrige lo “anormal”, inmoral, indebido y reprobable. Transforma la costumbre en categoría moral, y lo que se mide se convierte en objeto de regulación.

Cito a la autora: “Los números, los estándares y las estadísticas vuelven invisibles la política y el poder. Son herramientas muy convenientes para cualquiera que quiera justificar lo que hace como si sus decisiones no estuvieran fundadas en valores… Confiamos en los números porque no confiamos en las personas, pero son las personas quienes elaboran los números”. Tal es el poder y valor que damos a las estadísticas. Los números esconden y engañan. Conviene desconfiar.

El papel de los valores, establecidos por la moral o la costumbre tiene la función de que obedezcamos las normas sociales sin necesidad de recurrir al castigo: aceptamos que debemos comportarnos de tal o cual manera porque es lo natural, lo que manda Dios o la naturaleza.

A mi juicio, Carlota Pérez, complementa los aportes de Carissa Véliz, pues en Revoluciones Tecnológicas y Capital Financiero revela cómo cada revolución tecnológica inaugura un nuevo paradigma tecnoeconómico que transforma los valores sociales. La revolución industrial impuso la disciplina laboral y la productividad como virtudes centrales; el ferrocarril y el vapor valoraron la movilidad y la integración territorial; la electricidad y el acero inauguraron la era del progreso técnico y científico como valores cardinales, pues la organización social pasó a depender de infraestructuras y datos que definían lo que era normal; la producción en masa introdujo la eficiencia y el consumo estandarizado; y la revolución de la información ha colocado a la innovación, la conectividad y la transparencia en el centro de nuestras aspiraciones colectivas. Estos valores no son meros acompañantes del cambio técnico: se institucionalizan en leyes, políticas públicas y formas de organización social, moldeando lo que se considera justo y deseable.

El capital financiero, en el análisis de Carlota Pérez, desempeña un papel decisivo en la propagación de estas revoluciones. En la fase inicial de “frenesí”, la inversión especulativa impulsa la instalación de nuevas tecnologías, generando burbujas y crisis. Posteriormente, en la fase de “sinergia”, el capital productivo consolida las innovaciones y las integra en la vida cotidiana. Este ciclo explica tanto la dinámica económica como también la mutación de valores: las percepciones colectivas sobre riesgo, confianza y justicia se redefinen en cada transición, dando lugar a nuevas formas de legitimidad política y social.

La convergencia de las perspectivas de Véliz y Pérez nos permite comprender que las revoluciones tecnológicas involucran transformaciones culturales que redefinen lo que consideramos normal, justo y deseable. Los números, lejos de ser neutrales, participan en esta redefinición, legitimando valores y políticas. El capital financiero acelera la difusión de paradigmas, pero también introduce tensiones sociales que obligan a reconsiderar y forjar nuevas creencias colectivas. En conjunto, los hechos medidos y las innovaciones técnicas se convierten en instrumentos de poder que reconfiguran el orden social y político.

Estos cambios transforman la narrativa del mundo: “La manera en que contamos las cosas cambia la forma en que pensamos sobre ellas”, apunta Véliz. Así, por ejemplo, en los manicomios parisinos al inicio de la contabilización de las causas de la locura y el internamiento de los “anormales” o “desviados”, incluían la idiotez congénita, la embriaguez, la masturbación, el embarazo fuera del matrimonio, el comportamiento libertino, y las causas mentales incluían la obsesión religiosa, hasta la ambición, la ira y el amor. Quien clasifica jerarquiza según su moral.

Cada revolución tecnológica nos obliga a repensar el sentido de lo humano y lo social. La estadística y los números, al servicio del poder, legitiman valores que emergen de los paradigmas tecnoeconómicos. Reconocer esta dinámica ayuda a comprender que el progreso técnico conlleva los valores morales y políticos de quienes controlan y se apropian del diseño y desarrollo de las nuevas invenciones sociales.

Hoy, la revolución digital redefine valores fundamentales como la privacidad, la autonomía y la confianza. De acuerdo con Véliz, los datos se convierten en el nuevo lenguaje del poder: todo lo que hacemos es cuantificado, clasificado y convertido en estadística. Se impone la ilusión de neutralidad, pues los algoritmos parecen ofrecer decisiones objetivas, cuando en realidad están impregnados de sesgos humanos y de intereses corporativos. La estadística, ahora transformada en big data, se convierte en un mecanismo de control más sofisticado, capaz de anticipar comportamientos y moldear las percepciones colectivas.

Hoy, el despliegue tecnológico tiende a convertir a la innovación y la conectividad en vigilancia masiva que amenaza la autonomía personal. La revolución digital es un ejemplo paradigmático de cómo las revoluciones tecnológicas cambian los valores y el orden social. Los números y las estadísticas, como advierte Véliz, legitiman decisiones políticas y empresariales bajo la apariencia de objetividad, mientras que el capital financiero, como señala Pérez, acelera la difusión de normas y reglas que reconfiguran nuestras percepciones colectivas. Reconocer esta dinámica ayuda a comprender que el progreso técnico nunca es neutral. Define lo que consideramos moral y normal, justo y deseable.

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