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La elocuencia huyó del Poder Legislativo

OpiniónEl Economista

Durante décadas, la tribuna de las Cámaras de Diputados y de Senadores del Congreso de la Unión, era epicentro de la densa arquitectura constitucional del país, un espacio donde la confrontación de ideas exigía rigor conceptual, memoria histórica y un dominio absoluto de la técnica parlamentaria. Hoy, sin embargo, el Poder Legislativo atraviesa una crisis de degradación discursiva donde el debate de altura ha sido sustituido por la estridencia, degradación y la confrontación física.

La profesionalización legislativa no es un capricho aristocrático; es una garantía de control constitucional. Cuando revisamos el diario de debates de legislaturas pasadas, la confrontación ideológica -por más enconada que fuese- se sostenía sobre los hombros de gigantes de la retórica y el derecho parlamentario, que hoy añoramos ante el “talk show” al estilo de la polémica conductora Laura Bozzo. 

Era un deleite presenciar el rigor y la agudeza de Porfirio Muñoz Ledo o la solidez académica de Ifigenia Martínez, quienes desde la oposición criticaban, con argumentos y datos duros, el autoritarismo priista. Figuras como los panistas Diego Fernández de Cevallos, Gabriel Jiménez Remus, y Juan de Dios Castro Lozano, quienes convertían el debate en cátedras de derecho procesal y constitucional. 

Incluso personajes de prolongada trayectoria como Pablo Gómez o Beatriz Paredes Rangel han demostrado que la política parlamentaria requiere oficio, memoria institucional y una profunda cultura general. Lejos quedaron los cultos políticos y doctos oradores tricolores como don Jesús Reyes Heroles, considerado como el ideólogo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el expresidente José López Portillo, y Carlos Alberto Madrazo Becerra -padre de Roberto Madrazo-, que seducían a las masas con su fecunda oratoria. 

El pragmatismo, el diseño electoral contemporáneo y las lógicas de popularidad digital han priorizado la rentabilidad del “click” sobre la elocuencia persuasiva y riqueza verbal. El resultado está a la vista en las sesiones ordinarias, extraordinarias de ambas cámaras, así como de la Comisión Permanente, convertidas con preocupante frecuencia en escenarios de un “talk show” de bajo presupuesto.

Los medios de comunicación también han contribuido a la degradación del debate parlamentario, ya que el debate perspicaz de ideas y propuestas, queda relegado en los despachos informativos, eclipsados por el “morbo” de las descalificaciones, de los adjetivos, de la grosería y la falta de respeto, producto de la incultura y de profundas limitaciones de la retórica política. 

El arte del debate en el Congreso de la Unión está a “años luz” del que existe en parlamentos de otras naciones. Uno de los intercambios más famosos y mordaces de la historia de la política, lo protagonizaron Nancy Astor, la primera mujer en ocupar un escaño en el Parlamento Británico, y sir Winston Churchill, quienes se llevaban pésimo. Ella tenía un carácter fuertísimo y Churchill se oponía firmemente a la entrada de mujeres en el Parlamento. En ese célebre intercambio, Lady Astor le dijo: “Winston, ¡si usted fuera mi marido, le pondría veneno en el café!”, a lo que él sarcástico respondió: “Nancy, ¡si usted fuera mi esposa, me lo bebería con sumo gusto!”. 

Hoy, los hechos, perfectamente documentados en las transmisiones del Canal del Congreso, saltan a la vista. El estilo de la senadora Lilly Téllez es un síntoma inequívoco de esta degradación: Una retórica basada casi exclusivamente en el adjetivo calificativo, la provocación personal y la escenificación del agravio, desplazando cualquier intercambio inteligente, agudo e incisivo

El espectáculo no es exclusivo de una fuerza política. En la Cámara de Diputados, durante la maratónica sesión del pasado periodo extraordinario, el nivel tocó fondo cuando legisladores como el veracruzano morenista Zenyazen Roberto Escobar García -cuyo antecedente es haber sido estríper- y el priista chiapaneco Carlos Gutiérrez Mancilla terminaron protagonizando incidentes penosos, ya que, amagaron con liarse a golpes en plena sesión, reduciendo la alta representación popular a una vulgar trifulca de cantina.

La ausencia de perfiles técnicos y de una auténtica cultura política tiene consecuencias graves que van más allá del bochorno público. Un Congreso sin oradores ni técnicos es un Congreso que no legisla, sino que abdica de sus funciones: Leyes con errores de técnica jurídica o con flagrantes violaciones constitucionales.

La llegada de ciudadanos sin carrera política formal a las cámaras no es negativa en sí misma; de hecho, la pluralidad es sana. El problema radica en la renuncia a la profesionalización una vez que se asume el cargo. Llegar a la máxima tribuna de la nación exige el compromiso ético de estudiar la Constitución, entender el presupuesto y respetar la dignidad del recinto.

Mientras los partidos políticos sigan utilizando las candidaturas plurinominales y de mayoría como premios de popularidad o cuotas, el nivel del debate seguirá en caída libre. México enfrenta retos estructurales de enorme complejidad en seguridad, economía y salud; enfrentarlos con un Congreso que prefiere el show antes que el dictamen es condonarnos a un pernicioso analfabetismo legislativo. La tribuna sigue ahí, pero los argumentos se han marchado.

Los ciudadanos, al ver el comportamiento de sus representantes, normaliza el insulto y pierde la confianza en la institución que debería articular los grandes acuerdos nacionales.

Hoy cobra vital relevancia la frase, filtrada por un micrófono abierto en septiembre de 2020, de uno de los parlamentarios más brillantes y complejos que dio el México del siglo XX, el extinto Profirió Muñoz Ledo: “Chinguen a su madre, qué manera de legislar”. Aquel exabrupto, cargado de una frustración tan genuina como demoledora, no fue un insulto gratuito; fue el diagnóstico funerario de un hombre que vio cómo el recinto de San Lázaro, antes catedral del debate y el diseño constitucional, se convertía en una maquiladora de leyes al vapor, donde el rigor jurídico y la dignidad republicana se entregaron al mejor postor de la disciplina ciega.

La anécdota sirve como un espejo incómodo para observar la abismal distancia entre los tribunos de antaño y la actual hornada de legisladores. Hubo un tiempo en que subir a la tribuna de la Cámara de Diputados requería algo más que buena suerte en las tómbolas partidistas o destreza para grabar videos en TikTok

La vieja guardia parlamentaria -donde militaban figuras de la talla del propio Muñoz Ledo, de pensadores de la derecha como Carlos Castillo Peraza, o de juristas de la izquierda histórica- entendía la oratoria no como el arte de gritar más fuerte, sino como la capacidad de conmover, convencer y desmenuzar la ley mediante el uso preciso del lenguaje, la lógica y la cultura universal. Escuchar un debate era asistir a una cátedra de historia, derecho comparado y filosofía política.

Hoy, las sesiones parlamentarias se han degradado a un espectáculo de carpa donde imperan las limitaciones de oratoria y una rampante pobreza cultural. La argumentación jurídica ha sido suplantada por el vituperio, las pancartas de colores, y las botargas. No se legisla para la posteridad, se legisla para el aplauso fácil en las redes sociales o para cumplir con cuotas de sumisión ideológica. ¡Cuánta razón tenía Muñoz Ledo!

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