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Diversificación bajo la Doctrina Donroe: México, Mercosur y Europa Central y del Este

OpiniónEl Economista

Una nueva geometría económica toma forma en el Atlántico

En un mundo marcado por tensiones comerciales, cadenas de valor fragmentadas y competencia entre grandes potencias, la diversificación económica ha dejado de ser una opción. Es una necesidad. Y en ese contexto, hay una oportunidad que sigue pasando casi desapercibida: la que se abre entre América Latina y Europa Central y del Este.

El momento: cuando la geopolítica redefine el comercio

La llamada “Doctrina Donroe”, una versión más directa del unilateralismo estadounidense en materia comercial, ha tenido un efecto colateral inesperado: ha obligado a gobiernos y empresas a redibujar sus alianzas con una urgencia que el multilateralismo de las últimas décadas nunca generó.

América Latina lo está sintiendo. El Economist Intelligence Unit estima que el proteccionismo estadounidense reducirá el crecimiento de la región al 1.9% en 2025, frente al 2.4% del año anterior. La presión es evidente. Pero también lo es el margen para reorientar estrategias.

En este contexto, dos acuerdos con Europa marcan un punto de inflexión. El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, cuya aplicación provisional comenzó el 1 de mayo de 2026, conecta un espacio económico de alrededor de 700 millones de personas. En paralelo, la modernización del Acuerdo Global UE-México, cuyas negociaciones concluyeron en enero de 2025 y que fue firmado en mayo de 2026, refuerza una de las relaciones más avanzadas entre Europa y América Latina.

Si este entramado de acuerdos se consolida plenamente, la red comercial europea cubriría el 97% del PIB de América Latina, frente al 44% correspondiente a Estados Unidos y el 14% de China. El mensaje es claro: el eje atlántico vuelve a ganar peso.

Los números acompañan esa tendencia. El acuerdo UE-Mercosur eliminará aranceles para más del 90% de los bienes comerciados, generando ahorros superiores a los 4,000 millones de euros anuales para las empresas europeas. A su vez, estimaciones del Real Instituto Elcano y el Banco de España apuntan a que el comercio entre la Unión Europea y América Latina podría crecer hasta un 70%, mientras que el comercio intrarregional latinoamericano podría aumentar hasta un 40%.

El actor ignorado: Europa Central y del Este

Dentro de este rediseño hay un vacío evidente: el escaso conocimiento mutuo entre América Latina y Europa Central y del Este.

Y sin embargo, no se trata de una periferia. Es una de las regiones más dinámicas de Europa. En los países de Europa Central, incluidos los del grupo de Visegrado, el crecimiento proyectado alcanza alrededor del 2.9% en 2026, muy por encima de economías como Alemania, para la que la Comisión Europea prevé apenas un 0.6% de crecimiento en 2026. En una perspectiva más amplia, el Banco Mundial sitúa el crecimiento de la región de Europa y Asia Central en torno al 2.1%.

El PIB combinado de los países de Europa Central y del Este se sitúa en torno a los 3.2 billones de dólares. Pero más relevante que la cifra es la tendencia: durante tres décadas, la región ha construido un modelo competitivo basado en capital humano cualificado, integración industrial y desarrollo logístico.

Las exportaciones de servicios empresariales han crecido a tasas de tres dígitos desde 2005, superando el 500% en países como Polonia y Rumanía. Y en el contexto actual de relocalización productiva, la región se está consolidando como una plataforma industrial clave para el mercado europeo.

Una complementariedad clara

La lógica económica entre ambas regiones es evidente.

América Latina aporta recursos naturales críticos para la transición energética, capacidad agroindustrial y mercados en expansión. La Unión Europea es ya el mayor inversor extranjero en Mercosur, con un stock acumulado cercano a los 390,000 millones de euros. Sin embargo, esa inversión sigue concentrada en Europa Occidental.

Europa Central y del Este aporta capacidad industrial en sectores clave: automoción, defensa, tecnología - infraestructuras en expansión y ecosistemas de innovación cada vez más competitivos. A esto se suma un elemento estratégico: su papel en la reconstrucción de Ucrania, cuyo coste se estima en torno a 588,000 millones de dólares en la próxima década.

La integración entre ambas regiones ya ha comenzado, pero sigue siendo limitada. Empresas latinoamericanas como Bimbo o Sigma Alimentos operan en Europa Central, mientras que compañías de la región exploran oportunidades en América Latina. El volumen, sin embargo, sigue siendo reducido frente al potencial.

Tres vectores que estructuran la oportunidad

Hay tres áreas donde esta relación puede desarrollarse con rapidez.

La primera es la cadena de valor industrial. La transformación industrial europea, impulsada por la transición energética y las nuevas prioridades estratégicas, abre espacio para insumos latinoamericanos: minerales críticos de Chile, Perú y Brasil; biocombustibles de Argentina y Uruguay; agroindustria de Brasil y Paraguay. Europa Central y del Este es el punto donde esa demanda se traduce en producción.

La segunda es la reconstrucción de Ucrania. Se trata del mayor programa de inversión en infraestructura en Europa en décadas. Para empresas latinoamericanas, la vía más eficiente de acceso pasa por alianzas con compañías de Europa Central, que conocen el entorno operativo.

La tercera es la inversión. Cada vez más capital latinoamericano busca diversificarse en Europa. Europa Central y del Este ofrece activos en convergencia, con potencial de crecimiento y retornos superiores a los de Europa Occidental.

La brecha real

El principal obstáculo no es económico. Es de conocimiento.

Hay pocas plataformas de contacto directo, escasa inteligencia de mercado y una fuerte dependencia de intermediarios tradicionales. La relación sigue siendo indirecta.

Rumanía tiene aquí una ventaja particular: es el único país latino de Europa Central y del Este, con una afinidad cultural que podría facilitar una conversación más natural con América Latina. Polonia, la República Checa o Hungría cuentan con estructuras económicas que dialogan bien con las transformaciones de América Latina.

Pero esa convergencia todavía no se ha traducido en estrategia.

Conclusión: una alianza pendiente

En un mundo más fragmentado, diversificar no es abandonar. Es ampliar.

Una integración más profunda entre la Unión Europea y América Latina podría dar lugar a un espacio económico de más de 1,100 millones de personas, con un peso comparable al de Estados Unidos. Pero ese potencial no se materializa solo.

Requiere decisión.

Porque las oportunidades que no se trabajan, se pierden.

El eje América Latina–Europa Central y del Este es hoy una de las oportunidades estratégicas más claras y menos desarrolladas del espacio atlántico.

El momento es ahora. Y el mapa, todavía, está por dibujarse.

*Radu Magdin fue asesor honorario del primer ministro rumano (2014-2015) y del primer ministro moldavo (2016-2017). Actualmente se desempeña como analista global y consultor.

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