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Visas, dinero y omisiones: el riesgo de contratar estudios en el extranjero
Juan Pedro Romero contrató un programa para estudiar inglés en Australia, pero una visa rechazada, costos no previstos y un cambio a Dublín exhibieron fallas de transparencia
La preocupación de un estudiante refleja los desafíos y decisiones que implica construir un proyecto académico fuera del país.
La promesa parecía clara: estudiar inglés en Australia, trabajar durante la estancia y convertir esa experiencia en una oportunidad de crecimiento profesional. Para Juan Pedro Romero, la propuesta surgió durante su visita a la Expo EStuDIA Canadá y otros países, realizada en el World Trade Center de la Ciudad de México, donde la empresa Universo Educativo le presentó un programa que, según su testimonio, parecía atractiva y bien encaminada.
El problema no apareció al inicio, sino cuando el proceso ya estaba en marcha y el estudiante había realizado pagos en dólares australianos. Fue entonces cuando surgieron costos y condiciones que, sostiene, no fueron explicados con suficiente claridad desde el primer contacto. La asesoría para solicitar la visa australiana implicaba un gasto de 2000 dólares australianos (25,005 pesos mexicanos ya que cobran la Visa y un cobro de 28 dólares australianos por pagar con tarjeta de crédito), pese a cubrir el trámite, la solicitud fue rechazada. La razón que le comunicaron fue que su perfil podía interpretarse como el de una persona con intención de permanecer en el país.
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Información que llegó tarde
El rechazo de la visa modificó por completo el proyecto. Juan Pedro pidió la devolución del dinero pero se le planteó otra salida: trasladar su programa de inglés a Dublín, Irlanda, sede de la escuela Oxford House College. La opción no surgió como una elección original del estudiante, sino como una reorientación forzada tras una solicitud migratoria fallida.
En su bitácora, Juan Pedro afirma que el cambio de destino también estuvo marcado por falta de orientación y transparencia financiera. Se le aseguró que el dinero se transferiría de escuela a escuela para evitar pérdidas por tipo de cambio; sin embargo, el monto de conversión a euros se le comunicó hasta después de aceptar el cambio. El resultado, sostiene, fueron cobros adicionales que no esperaba.
Irlanda, presentada como solución
Durante una reunión virtual, con representantes de la empresa Universo Educativo presentaron Irlanda como una alternativa de menor riesgo. Se explicó que los mexicanos no necesitan una visa previa para ingresar, que el permiso de estudiante se tramita al llegar y que la posibilidad de negación era “prácticamente nula”. También se destacó que el estudiante podría mantener una fecha cercana de inicio y buscar empleo en Dublín.
En esa misma conversación se detalló que el estudiante debía demostrar solvencia económica por 6,650 euros (alrededor de 146,300 pesos), abrir una cuenta bancaria, presentar comprobantes de alojamiento y pagar un permiso migratorio de 300 euros (6,600 pesos). Es decir, el nuevo destino también requería recursos y trámites relevantes, aunque fue presentado primero como una ruta más sencilla.
La opacidad no radica en que existieran esos requisitos, sino en el momento en que se volvieron centrales para la decisión. Para un estudiante y su familia, saber desde el inicio que tendría que acreditar miles de euros disponibles podría ser determinante antes de aceptar el cambio.
Promesas frente a experiencia
Ya en Dublín, Juan Pedro señala que los trámites de registro y documentación se vuelven lentos, lo que retrasa la posibilidad de trabajar. También describe una búsqueda laboral más complicada de lo esperado, basada en la entrega física de currículums y con escasa respuesta.
El contraste también se extendió a la escuela. El programa fue vendido como una experiencia de inmersión, pero el estudiante reporta sólo tres horas diarias de clase. Además, percibió poca diversidad dentro del aula, con una alta concentración de alumnos brasileños.
Otro punto sensible fue el alojamiento. De acuerdo con su testimonio, se le ofreció vivir con una familia local irlandesa, pero terminó hospedado en casa de otro migrante. También afirma que el apoyo administrativo prometido para trámites y empleabilidad se redujo, en la práctica, a orientaciones básicas, mientras la adaptación quedó principalmente en manos del propio estudiante.
Un caso que exige claridad
El caso de Juan Pedro no cuestiona el valor de estudiar en el extranjero. Cuestiona la manera en que se comercializan algunos programas cuando la información decisiva —visas, costos, solvencia, riesgos, alcances de la asesoría y condiciones reales de estancia— no se coloca al centro desde el principio.
La educación internacional representa una inversión relevante para las familias. Por ello, las agencias que intermedian estos procesos no sólo venden cursos: administran expectativas, presupuestos y decisiones migratorias. Cuando una promesa se sostiene en explicaciones parciales, el riesgo recae en el estudiante.
Juan Pedro reconoce que la experiencia le ha dejado una mayor autonomía, resiliencia y capacidad de adaptación. Pero esas ganancias personales no borran el origen del problema: una contratación construida con información que, a su juicio, fue incompleta y tardía.