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El Mundial se acaba, la realidad se queda

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Todos esperamos que, mes tras mes, desde la conferencia matutina en Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum pueda presumir reducciones sostenidas y significativas en el número de personas asesinadas en el país, tal como lo hizo esta semana.
En el juego estadístico que tanto gusta al régimen, se destacó una disminución de 48% en el promedio diario de homicidios dolosos. Detrás de ese ejercicio propagandístico hay dos datos contundentes: el primero, que deja en evidencia el nivel de violencia que caracterizó el sexenio de Andrés Manuel López Obrador; el segundo, que se celebre como un logro que “solo” 45 personas sean asesinadas cada día en México.
Este dato, presentado como histórico, forma parte del repertorio de cifras que durante las últimas semanas ha alimentado el optimismo de Palacio Nacional y que pretende exhibirse como prueba del éxito de las políticas públicas. Eso puede funcionar para el discurso dirigido a su base política –esa que no se inmuta frente a las evidencias de corrupción y colusión de muchos integrantes de Morena–, pero en un análisis serio se omite al elefante en la habitación: el impacto temporal y extraordinario del Mundial de Futbol.
El empleo, uno de los indicadores más celebrados por el gobierno, ejemplifica bien ese espejismo. En junio, la Ciudad de México registró 100,756 nuevos puestos formales afiliados al IMSS, con lo que rompió una racha de tres meses consecutivos de pérdidas.
Para la narrativa oficial, detrás de esa cifra solo está el éxito de la política económica del régimen. Sin embargo, el aparente logro responde, en buena medida, a dos factores transitorios: los cinco partidos del Mundial disputados en la capital y el registro de trabajadores de plataformas digitales durante la euforia del torneo.
Además, el impulso mundialista fue muy desigual. Jalisco, también sede del campeonato, registró en junio la pérdida de 18,626 empleos formales. Guadalajara fue, probablemente, la mejor sede del Mundial, pero la creación de puestos de trabajo se concentró en sectores muy específicos, como movilidad y servicios. En contraste, ramas como la construcción ya muestran vacíos tras concluir las obras de adecuación para el torneo. Es el mismo fuego fatuo que ya se observó en la inversión fija bruta.
El espejismo también alcanza a la seguridad. Es posible que la importante reducción de homicidios presentada esta semana esté relacionada con el despliegue extraordinario de fuerzas federales para blindar las sedes mundialistas. Serán las cifras de los próximos meses las que permitan confirmar si esa tendencia era estructural o simplemente coyuntural.
La resaca del Mundial comienza en esta segunda quincena de julio y se hará más evidente durante agosto. Con la confianza empresarial instalada en terreno negativo durante 14 meses consecutivos y con las presiones inflacionarias concentradas en el sector servicios, la economía mexicana volverá a enfrentar su realidad estructural.
Cuando esas evidencias estadísticas aparezcan, volverán los silencios en la mañanera. Los empleos temporales desaparecerán y lo que nadie quisiera ver es un repunte de la violencia.
Estamos a dos partidos del final del Mundial. Después volveremos a la cancha de siempre: la precarización laboral, la informalidad y una inseguridad que sigue latente.

