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Opinión

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Cuando Julio Verne se acordaba de Acapulco

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Julio Verne.Foto EE: Especial

Cecilia Kühne

Todo comenzó cuando Julio, el hijo rebelde y maleducado del juez Pierre Verne fue expulsado de la casa familiar porque lo único que quería era escribir. Sin embargo, tal cosa no era precisamente cierta. Lo único que quería, lo que había querido siempre, era viajar. Pero no pudo librarse de los designios de su familia y fue enviado a París con  matrícula pagada y la orden de titularse como abogado.  Un viaje fabuloso que le abría puertas al mundo moderno y tecnologizado de la época.

Socializando y paseando hizo amigos nuevos, frecuentó la bohemia del Barrio Latino que admiraba a Balzac, Víctor Hugo y Musset y  se introdujo en la tertulia literaria del salón de Madame Barrère. Allí conoció a Alejandro Dumas hijo, quien desde el primer momento le ofreció su amistad y protección y se convirtió en una de su persona favorita . A raíz de este apoyo, decidió ser libre y ponerse a escribir.  Comenzó  con obras teatrales, relatos cortos y libretos que vendía a revistas y periódicos. Al principio tuvo poco éxito, pero un día encontró un tema original y que sería coyuntural para la época: el progreso científico.

Hasta el mismo Dumas se entusiasmó escandalosamente  cuando Verne le contó que escribiría "la novela de la ciencia.”

Fue hasta diez años después de haber concebido su idea cuando Verne se sintió al fin preparado y escribió Cinco semanas en globo, que llevó a sus lectores a explorar el continente africano desde el aire; tuvo un  éxito de ventas sin precedentes además de favores  inauditos de la crítica y el público. Le siguieron las Aventuras del capitán Hatteras, Viaje al centro de la Tierra , De la Tierra a la Luna, Los hijos del Capitán Grant  y El desierto de hielo y 20 mil leguas de viaje submarino. Todos ellos muy bien recibidos. Sin embargo, fue La vuelta al mundo en ochenta días la obra que le significó un éxito definitivo en fama y dinero.

Los lectores de Verne fueron confirmando que los viajes no consisten únicamente en cambiar de lugar, sino en observar con atención; que la ciencia puede narrarse con belleza y el conocimiento también puede ser una aventura. Como escritor, Verne demostró que el mundo nunca termina de explorarse, pero en realidad  es la obra de este visionario francés la nunca termina de conocerse. Le apuesto, lector querido, que usted no sabía que antes de viajar a la Luna o ir hasta el centro de la Tierra y explorar las profundidades del mar, Julio Verne visitó México. Y aunque nuestra nación  no ocupa un lugar central en su producción como África, el Ártico o los océanos, nuestro país también aparece.  en una novela corta que se llama Un drama en México.  La narración, es un viaje de aventuras inspirado en un hecho histórico ocurrido después de la Independencia de México. La época donde nuestra joven nación buscaba consolidar su marina de guerra mientras España intentaba recuperar el territorio que los insurgentes defendían a capa, fusil y espada.

La acción transcurre cuando Verne nos presenta a dos  buques españoles que viajan por el Océano Pacífico. Revive el descontento de la tripulación que provoca un motín tras el cual el Capitán Ortega, villano de la historia, es abandonado a la deriva. Martínez, nuestro héroe y el líder de los amotinados, desvía el rumbo dirigiéndose a las costas mexicanas. Tiene la intención de vender a buen precio los dos barcos a la recién creada

confederación mexicana, que no dispone de ningún navío militar. Con afirmaciones perfectas para cualquier viajero como que, los movimientos del terreno son menos bruscos y los declives menos abruptos allí que la ruta que va de México y Veracruz, un repaso geológico de las piedras del camino y una descripción de la flora, prosigue con la ruta de navegación hasta que los personajes ¡desembarcan… ¡en Acapulco!

Verne desenreda la trama y lo cuenta así:

"Martínez dio cuenta de sus intenciones al comandante militar del puerto. Le ofrecía entregar a México, que carecía de marina de guerra, los dos navíos españoles con sus municiones y su armamento, así como poner sus tripulaciones a disposición de la Confederación mexicana. En contrapartida, ésta debía pagarles todo lo que se les adeudaba desde su partida de España. Este aprobó la determinación del teniente de dirigirse a México para obtener del general Guadalupe Victoria, la ratificación del trato. Apenas fue conocida esta noticia en la ciudad, estallaron los transportes de alegría y toda la población acudió a admirar el primer navío de la marina mexicana".

Increíble el relato de un panorama que va de Acapulco a Cigualán, de Taxco a Cuernavaca y de Cuernavaca al Popocatépetl; que Julio Verne estuviera tan bien informado, considerara a México como heredero de una civilización milenaria, estuviera a favor de los libertarios y además, se acordara de Acapulco no sólo solo como el escenario ideal para una magnífica historia sino también por la belleza de sus playas.  Todavía son vacaciones, lector querido, Tome usted cualquier libro de Verne y viaje hasta donde calienta el sol.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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