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El fin del escudo cambiario frente a la Fed

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Resultó todo menos un peón obediente el nuevo presidente de la Reserva Federal (Fed), Kevin Warsh; pero también es cierto que Donald Trump se lo deja sencillo al banco central de Estados Unidos: ¿cómo pedirle que baje las tasas de interés si la Casa Blanca no encuentra la salida de la guerra que esta administración desató en torno al estrecho de Ormuz?
Por ahora, conforme lo esperaba la mayoría en el mercado, la Fed optó por la cautela táctica y dejó sin cambios su tasa de interés de referencia. Sin embargo, el mensaje de fondo dista de indicar que se mantendrá en una pausa prolongada. El tono del comunicado y el pulso de los mercados señalan que la puerta para un ajuste adicional este mismo año permanece abierta de par en par, mucho más abierta que en los tiempos de Jerome Powell.
El barómetro del mercado apostaba a que para la decisión de ayer había 36% de probabilidades de que subiera un cuarto de punto la tasa, lo que finalmente se aproximó al resultado final de una votación dividida 9-3 para mantener sin cambios el referente en su nivel actual, pero ya con voces que claman por incrementarlo.
Para la reunión del 16 de septiembre, tan pronto como se anunció la decisión de ayer, el barómetro se inclinó hacia 30% de expectativas de que la tasa seguirá en el nivel actual de 3.75%, contra 70% que ya apuesta a un aumento de un cuarto de punto para regresar el referente interbancario a un día a 4.0 por ciento.
Esta trayectoria coloca a la política monetaria mexicana en una encrucijada compleja, porque el mensaje que manda la composición actual de la Junta de Gobierno de Banxico está muy lejos de la sorpresa de autonomía e independencia que ha mostrado Warsh, a pesar de las expectativas presidenciales en Washington.
Mientras el banco central estadounidense recalibra sus herramientas para asegurar el control inflacionario, en México prevalece una postura de inmovilidad anunciada en la tasa de referencia. Si el escenario que descuenta el mercado en Estados Unidos se concreta en septiembre y la Junta de Gobierno del Banco de México opta por mantener intacta su postura, el margen de maniobra relativo sufrirá una alteración sustancial.
El diferencial de tasas de interés entre ambas economías se reduciría a sólo 250 puntos base, lo que implicaría un nivel mínimo no observado en más de una década, recortando de tajo la distancia que durante años funcionó como un colchón financiero para los activos nacionales. Y hay que recordar que la única “garantía” que le queda al mercado son las políticas autoritarias de la 4T.
Si se estrecha ese amortiguador monetario que atrajo flujos de capital e hizo del carry trade uno de los soportes centrales de la fortaleza del peso, sin bola de cristal de por medio, se puede asegurar que la moneda mexicana iniciará un proceso de depreciación cambiaria ante el bajo incentivo de mantener posiciones en moneda nacional. Y más allá del dato técnico en las pantallas financieras, no hay que perder de vista que la paridad es un indicador de alta sensibilidad económica y de profunda resonancia política, porque el régimen usa ese mercado como un certificado implícito de solidez macroeconómica.


