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De colecciones y deberes. La despedida de la Colección Gelman

Linda Atach Zaga | Columna Invitada
El auténtico coleccionista no está atado a lo que colecciona sino al hecho de coleccionar. "El amante del volcán", 1992. Susan Sontag.
El cierre de la exposición de la exposición “Relatos modernos. Obras de la colección Gelman Santander” en el Museo de arte Moderno de la CDMX, nos abre a muchas preguntas, pero también a temas dignos de reflexión.
¿Por qué ha hecho tanto ruido la partida del acervo cuando lleva casi 20 años fuera de México? ¿Cuál es la magia que la hace tan deseable y ha convertido esta muestra en una de las más visitadas en la historia de nuestro país?
Las respuestas son tan válidas como dispares.
Por un lado, es lógico que los mexicanos que amamos el arte, queramos tener cerca lo que consideramos tan nuestro, como los cuadros de Rivera, Orozco, Siqueiros, Tamayo, Toledo y Frida Kahlo, en especial, piezas tan atípicas y fascinantes como el “El abrazo del amo de el universo, la Tierra (México), Diego, yo y el Sr. Xólotl”. Una pintura intrigante e incluso extraña, en la que, además de representarse vestida de Tehuana marcando el centro de la tierra prehispánica que respalda su identidad, la Frida mujer se apoya en la pintora para retener a su infiel y escurridizo Diego, convirtiéndo en el hijo que nunca logró nacer.
Por el otro, es necesario entender que, por sus cualidades estéticas, el prestigio que confiere o el potencial que tiene como inversión a largo y últimamente a corto plazo, el arte siempre ha sido objeto del coleccionismo y por lo mismo, la obra de Jacques y Natasha Gelman ya no nos pertenece, como tampoco le pertenecen a Rusia los Chagalls que son punta angular de la Colección Tannhauser del Museo Guggenheim de Nueva York o a Francia el impresionismo que sostiene tantos acervos japoneses.
La buena noticia es que la mayor parte de la creación de nuestros artistas más representativos sí está en México y no nada más la de los consagrados, sino la de nuevos talentos que hoy tienen tanto que ofrecer. El problema es la falta de difusión y también la poca importancia que nosotros mismos le damos a todo lo que no causa debate y controversia.
Enfatizo esto por que después de más de veinte años, regresé a la ex hacienda de Chapingo y volví a asombrarme con la fuerza expresiva de los más de trescientos metros de frescos la mantienen viva, aunque lo más curioso -o triste-, es que en las más de tres horas en que estuve en este recino de sueño, la única visitante fui yo.
Pintados entre 1923 y 1927, los murales de Capilla Riveriana impactan por su fusión del pasado prehispánico, el amor por la tierra ancestral y la promesa que entonces Diego veía en la Revolución y que materializó al contraponer el desarrollo de las especies a la formación del hombre del futuro, producto del nuevo régimen, ¿no es esto suficiente para que hubiera filas interminables de personas esperando para ver esta maravilla?
Les cuento que tuve una experiencia similar con el Cárcamo de Dolores. Proyectado a principios de los cuarenta para conmemorar al final de los trabajos del sistema de Lerma, que aún un nutre de agua a nuestra ciudad; igual que la UNAM, el complejo es producto de un ejercicio de integración plástica que involucró al arquitecto Ricardo Rivas, al mismo Diego Rivera y más tarde, en 2010, al arquitecto Alberto Kalach, que lo incorporó al paisaje del bosque de Chapultepec.
Desde la naturaleza que lo circunda, el Tlaloc que nos recibe, el mural que celebra al agua como origen y fuerza vital y la intervención musical de Ariel Guzik, el Cárcamo de Dolores, implementa una experiencia inmersiva quizá aún más ambiciosa y cargada de sentido, que las que hoy reproducen hasta el infinito la creación de los más grandes artistas y están tan de moda. Porque la experiencia artística y estética se completa con la mirada del espectador, y obras como el Cárcamo, la Capilla Riveriana y la Rectoría de la Universidad de Chapingo, lo vuelven parte de la memoria del país. Pero también de su futuro.
La exposición de la Colección Gelman atrajo a más de 320,000 visitantes en poco más de tres meses. Un número de visitantes récord en nuestro país y sólo comparable a los números del Louvre, Orsay y el museo del Prado.
Creo que sí sesenta y ocho obras lograron reunir esta cantidad de visitantes, espacios como el Cárcamo, Chapingo, el Hospicio Cabañas y tantos más en nuestro país, podrían recibir el mismo número o muchas personas más deseosas de vivirlos.
Porque el arte del más alto nivel sí está. Sólo nos falta darle el lugar que merece.

