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¿El Banco de México está guardando oro?

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Recuerden la serie de Netflix La Casa de Papel. Casi todos la vieron, pero si no fue su caso, su narrativa versa sobre la intención de unos ladrones de quedarse con la “alberca” de oro del Banco de España.
El Banco de México, que reparte y distribuye los pesos, también tiene sus reservas, que hasta hace dos años incluían una aburrida cuenta de oro que no pasaba del equivalente a unos 8,000 millones de dólares. Pero eso cambió.
Hasta noviembre acumulaba el equivalente a 16,182 millones de dólares. Vaya, el doble con respecto a hace dos años. Uno podría pensar que el Banxico se prepara para una tormenta.
¿Como cuál? Digamos, una caída abrupta en el valor de los dólares estadounidenses, en los que el banco que cuida el dinero de los mexicanos respalda la mayor parte del valor de su moneda.
En otras palabras, una de las razones del “súper peso” que presumen en Palacio Nacional está en que guardamos muchos dólares.
El problema es que esa moneda ya perdió casi el 10% de su valor desde que el presidente Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos, frente a las principales divisas del mundo, euro incluido.
Mucha gente teme que pierda más. ¿Por qué? Por la intención del mandatario estadounidense de controlar el banco que imprime y distribuye los dólares: la Reserva Federal.
La presión llegó a un extremo ridículo.
Ya habrán escuchado que su equipo de trabajo incluso persigue judicialmente al líder de este banco, Jerome Powell, porque presuntamente gastó de más en la remodelación del edificio que alberga a la institución.
Cuando un presidente mete las manos en un banco central, queda fuera la técnica y entra la política. Todo se descompone y la gente pierde confianza en esos papeles que representan valor. Al final, los billetes, el dinero, no son más que cheques al portador.
Crecen las versiones que advierten sobre la precaución de bancos centrales que empiezan a acumular oro para protegerse en caso de una caída más pronunciada del dólar.
No parece ser el caso de México. La subida en las reservas mexicanas de oro es del mismo tamaño que tuvo el crecimiento del valor del metal de 2023 a 2025: poco más de un 100 por ciento.
En esencia, parece que, como la medalla de la abuela, ese tesoro solo ganó valor, pero no hay más medallas ahí que hace dos años.
Bancos centrales de otras regiones están adquiriendo oro físico, marcadamente en instituciones de mercados emergentes como Polonia, Brasil y Kazajstán.
Ustedes no gobiernan el Banco de México, sino acaso una cuenta en Banorte o BBVA, así que conviene que revisen qué pueden hacer en estos días en los que los presidentes parecen gobernar con el megáfono en mano y se olvidaron del diálogo.
Hoy convivimos con dos ruidos simultáneos: el tecnológico y el político. Hagan lo posible por ignorar el ruido. Fíjense en lo que Trump hace, no en lo que dice.
La historia es terca. Cada gran innovación —el ferrocarril, internet, ahora la IA— produce primero euforia financiera y después una depuración.
A corto plazo, el mercado puede seguir respirando optimismo. A largo plazo, el margen de error se reduce. Hoy los bonos vuelven a pagar por esperar, y muchas acciones de crecimiento ya cobran por adelantado éxitos que aún no ocurren. No es casual que casas como Vanguard, el mayor administrador de fondos de Estados Unidos, sugieran invertir el viejo equilibrio: menos euforia, más colchón.
También importa dónde pararse. La IA no solo enriquecerá a quien fabrica los picos y palas, sino a quienes aprendan a usarlos. Si no tienen dinero, pónganse a ver qué hacen con herramientas súper innovadoras que están al alcance de su computadora: V0 (así, ve cero) o n8n. Disculpen, yo no les puse el nombre.
Si tienen algo de capital, revisen empresas industriales, servicios, mercados fuera de Estados Unidos, sectores aburridos pero baratos. El primero que se benefició de la ola de la IA fue el sector eléctrico.
El Banco de México no parece acumular más oro y uno tiene que ver cómo protegerse por su cuenta.

