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Cuando los algoritmos ocupan el lugar de Dios

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OpiniónEl Economista

Héctor Barragán Valencia

Hay una crisis de credibilidad y de valores. Los indicios sugieren que las creencias que nos han guiado en los últimos siglos han dejado de ser sagradas (se han desacralizado). Los derechos humanos, inspirados en las creencias judeocristianas y, en la modernidad ilustrada, se reinterpretaron como libertad, igualdad y fraternidad -base del liberalismo- que tienden a dejar de ser las ideas guías y normativas que ayudaron a organizar a la sociedad y forjar la llamada civilización occidental. A las nuevas generaciones poco o nada les dicen esos valores. Desde la invención de la estadística y de la probabilidad, el viejo Dios cristiano tiende a ser sustituido por otras deidades. Bien pronosticó Pierre-Simon Laplace que si hubiera una inteligencia artificial capaz de tener todos los datos del hombre y la naturaleza sería omnisciente: presente, pasado y futuro serían un mismo tiempo. Todo se sabría y la incertidumbre acabaría. Esa máquina ya existe y se le ve como divina.

La aparición periódica del cometa Halley (cada 76 años) llevó a Laplace a concluir que la probabilidad permitía predecir y pronosticar todo tipo de fenómenos, de manera que tales sucesos tenían explicación en las leyes naturales y no en la voluntad de Dios. Empieza la gradual desacralización de los valores cristianos que, sin embargo, sirvieron para organizar a nuestro mundo. La inteligencia artificial (IA) hoy tiende a ocupar el papel del Dios cristiano. Sus poderes predictivos y la incapacidad de los mismos creadores en saber cómo funciona tienden a sacralizarla. Y ya tiene adeptos que desarrollan una nueva iglesia: los magnates de la tecnología. La nueva religión es el dataísmo.

El dataísmo redefine al ser humano como nodo algorítmico y convierte la “datificación” (acumulación de los datos) de la vida en un credo con rasgos religiosos: narrativas, rituales, moral y símbolos. Es una respuesta a la incertidumbre y a su vez una visión trascendente: promete sentido último, como si los datos fueran capaces de revelar la verdad del mundo y del ser humano. En este sentido, el dataísmo se acerca más a lo religioso que a lo político, porque ofrece una cosmovisión totalizante, una forma de trascendencia tecnológica.

Algunos tecnólogos han dado un paso más allá. Peter Thiel, influido por René Girard, ha explorado la idea de una teología política tecnológica, donde el cristianismo se mezcla con visiones apocalípticas sobre el Anticristo y el poder computacional. Su propuesta sugiere que el monopolio tecnológico puede ser la vía de escape a la violencia mimética (que explica cómo los humanos imitan los deseos de otros, lo cual genera una rivalidad que termina en conflicto y peleas), y que la inteligencia artificial puede convertirse en un nuevo eje de trascendencia. Estas iniciativas muestran cómo ciertos empresarios, ávidos de poder, buscan fundar religiones híbridas, donde la omnisciencia divina se confunde con la supuesta sabiduría algorítmica.

Anthony Levandowski, con la iglesia Way of the Future, propuso explícitamente adorar a una superinteligencia como deidad, bajo la idea de que la singularidad tecnológica será un paso evolutivo para la humanidad. Y el Pacto Fe-IA, celebrado en Nueva York en 2026, reunió a líderes religiosos y empresarios tecnológicos para discutir cómo incorporar principios morales y éticos en la inteligencia artificial: se trata de un giro sorprendente de Silicon Valley hacia la religión organizada.

Marcel Mauss (discípulo y sobrino de Émile Durkheim) y Henri Hubert, en Lo sagrado y lo profano, contribuyen a esclarecer el proceso. En sus ensayos sobre religión y magia, sostuvieron que lo sagrado es una categoría creada por la sociedad a partir de una creencia común, que otorga la calidad de sacro a ideas, objetos o sucesos. La comunidad separa ciertos objetos o prácticas del uso cotidiano, los rodea de prohibiciones y rituales, y así los convierte en sagrados. Lo profano corresponde a las cosas y sucesos comunes y ordinarios, mientras que a lo sagrado se le otorgan características que exigen respeto y distancia.

La distinción de lo sagrado de lo profano o común cumple una función social fundamental. A partir de lo sagrado se organiza la vida colectiva, que a su vez refuerza la cohesión del grupo mediante normas que legitiman a la autoridad, estableciendo lo prohibido. Y lo profano es lo permitido. Es la dualidad que establece el bien y el mal, lo que podemos hacer y lo que está vedado. La sacralización parte del sacrificio, la magia y los símbolos. De esta manera se conectan lo humano con lo desconocido, a lo que se atribuye poderes ocultos. La ritualización tiene un propósito claro: definir la autoridad y las jerarquías.

Carissa Véliz, en Profecía, ofrece un puente entre los rituales antiguos y el proceso que nos conduce a establecer lo sagrado. Señala que somos criaturas ansiosas y sedientas de certezas. Esa condición humana nos hace proclives a aceptar las predicciones algorítmicas como revelaciones. Los algoritmos que anticipan deseos y decisiones adquieren un carácter cuasi religioso porque prometen seguridad en un mundo marcado por las incertidumbres. La fascinación ante lo incomprensible y la estupefacción frente a lo desconocido convierte a la inteligencia artificial en candidata a ocupar el lugar de lo sagrado.

Pierre Bourdieu, en La distinción y otras obras, con la noción de capital simbólico (aquello que la sociedad considera valioso, digno de ser honrado, admirado y respetado), explica el proceso de sacralización y cómo se consolida socialmente. Es el caso de los algoritmos. Su poder y respeto provienen de su eficacia técnica y del reconocimiento colectivo que los legitima como fuente de verdad y trascendencia. Así como una bandera o una reliquia adquieren fuerza porque la comunidad les atribuye valor, en la era digital las plataformas tecnológicas y los sistemas de IA se convierten en símbolos sacralizados, investidos de autoridad por el consenso social dado su carácter admirable y, simultáneamente, misterioso. Así, la inteligencia artificial fascina y es respetada por sus capacidades predictivas. Este prestigio o capital simbólico la ubica como una especie de “nueva religión tecnológica”.

Asistimos a un proceso de desplazamiento de lo sagrado. Los valores judeocristianos que dieron forma a la modernidad -libertad, igualdad, fraternidad, derechos humanos- están perdiendo su carácter sacro. Mientras tanto, la inteligencia artificial y el dataísmo pretenden llenar ese vacío y emergen como nuevas formas de trascendencia. Este tránsito no es inocuo: la crisis de valores que padecemos puede desencadenar riesgos de desorganización y desorden social y mundial.

La pérdida de referentes normativos compartidos está erosionando la cohesión social y abriendo la puerta a nuevas jerarquías sacralizadas por la tecnología, que no necesariamente responden a principios democráticos ni humanistas. El peligro es el sometimiento acrítico a un nuevo poder absoluto y la fragmentación de las sociedades en torno a credos algorítmicos que sustituyen la universalidad de los derechos humanos por la lógica de los datos. En este escenario, la humanidad enfrenta el reto de construir un nuevo orden simbólico que evite que la fascinación por lo desconocido degenere en caos global.

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