Tres de cada cinco mexicanos creen, muy equivocadamente, que la producción de Pemex durante la década anterior a la reforma energética se mantuvo estable o aumentó. Pero, aun así, tres de cada cinco piensan que Pemex no ha actuado en beneficio del país. Los resultados de Pemex son un problema. Pero mejorar sus resultados claramente no resuelve el problema de la enajenación petrolera que siente el país.

La alternativa, aunque ligeramente mejor evaluada en la encuesta de Brookings, también genera percepciones negativas. Uno de cada dos mexicanos cree que la inversión privada en exploración y producción no va a beneficiar (de hecho, perjudica) al pueblo mexicano. En este caso, su opinión está basada en una experiencia directa muy limitada, que se podrá revertir con el tiempo. Pero, igual que con Pemex, lo que parece claro es que los mexicanos no parecen estar dispuestos a dar el beneficio de la duda a lo petrolero.

Nos podemos quedar con la aparente contradicción o desinformación. Pero, en un nivel más profundo, estas opiniones son un gran recordatorio: el modelo energético de un país, sea el nuevo o el viejo, bueno o malo, no deja de ser una plataforma de la que la gran mayoría de los mexicanos se siente o ajeno o lejano. Es un sistema que, 99% del tiempo, sólo puede apelar a la atención de expertos especializados.

Lo que falta es una idea concreta que capture nuestra imaginación. Un proyecto innovador que involucre a muchas partes para alcanzar una meta ambiciosa. No sólo producir más. No sólo invertir más o generar más empleo. Construir algo. Conquistar algo. Solucionar colectivamente un problema que nos quite el sueño. Nuestro equivalente del esfuerzo necesario para que el hombre llegara a la luna o el Energiewende alemán, que transformó su ecuación energética. Una auténtica misión.

Los ejemplos no son aleatorios. Vienen del trabajo, cada vez más en boga, de Mariana Mazzucato, fundadora del Institute for Innovation and Public Purpose del University College de Londres (UCL). Su argumento fundamental es que los grandes retos colectivos se solucionan articulando “misiones” amplias, innovadoras e inspiradoras. Las misiones “son la herramienta para enfocar la investigación, la innovación y las inversiones en solucionar problemas críticos, mientras se genera crecimiento”.

Las misiones, como las plantea Mazzucato, son proyectos colectivos. Parten de planteamientos realistas y alcanzables. Pero tienen la suficiente audacia para inspirar acción intersectorial e interdisciplinaria. Para lograrse, de hecho, requieren de muchos. Mazzucato aboga a favor de que la dirección de cada misión se fije desde el gobierno, pero para mí el aspecto central de la misión exitosa es otro punto que ella misma enfatiza: no se debe tratar de una imposición de arriba para abajo, sino que involucre a muchas partes interesadas. Las soluciones que brotan desde abajo y la experimentación son indispensables.

Las misiones son campañas, sí, para perseguir objetivos tangibles. Pero, en la medida en que son inyecciones de propósito, también son campañas de comunicación e involucramiento.

En lo energético, dos ejemplos me vienen a la mente. YPF, a través de su ambiciosa misión por conquistar Vaca Muerta, no sólo logró que muchas de las empresas internacionales relevantes eventualmente sumaran sus esfuerzos por revertir la declinación del gas argentino. Logró que se innovara para resolver el rompecabezas de la rentabilidad y que se recobrara el optimismo sobre el potencial de los hidrocarburos argentinos.

Saudi Aramco, por su parte, con el anuncio de su IPO detonó una gran cantidad de acciones e innovaciones desde muchos frentes, tanto de energía como de finanzas, como de sustentatibilidad. Aun sin haber logrado ejecutar aún, ha cautivado la imaginación del mundo.

En el sector energético mexicano, hay muchas fronteras por conquistar muchas misiones potenciales. Queda pendiente conquistar el presal mexicano y aguas más profundas, el shale, Chicontepec y los crudos extrapesados. Tenemos pendiente la enorme misión de erradicar el huachicoleo y refundar Pemex como una empresa moderna y rentable. También parece momento de replantear nuestra mayor de sustentabilidad como misión.

¿Cuáles de estas ideas se pueden convertir en una misión que inspire a funcionarios, inversionistas, ingenieros, científicos a investigadores a trabajar e innovar juntos? ¿Cuál podrá estimular la imaginación de los ciudadanos y reincorporarlos al tema energético? Más allá de la motivación, ¿cuál tiene un auténtico sentido de solución práctica, rentable?

Ya está la plataforma. Ahora toca definir las misiones que desde aquí se pueden lanzar.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell