El día de hoy se cumplen tres años de la adopción de la Agenda 2030 por la Asamblea General de la ONU. Con el objetivo de “no dejar a nadie atrás”, esta hoja de ruta cuenta con una serie de compromisos bajo la forma de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas, que abordan las dimensiones económica, social y ambiental.

¿Y qué ha pasado en este tiempo? Dado que el marco se publicó sin un acuerdo sobre métricas, desde la ONU se puso énfasis en ello, siendo publicada la lista final de 232 indicadores en marzo del 2016. Los gobiernos se encuentran ante el desafío de monitorear su estado y reportarlo.

¿Y cómo participan de la medición las empresas? La clave para que el sector empresarial comunique de manera diligente su contribución es establecer unas líneas directrices, así como evitar la generación de nuevos marcos de reporte que se sumen al ingente esfuerzo actual. Éste ha sido el objeto de la alianza entre Global Reporting Initiative (GRI) y el Pacto Global de las Naciones Unidas. Cabe destacar que una de las contribuciones que se esperaba del esquema de ODS y que desde mi perspectiva se está cumpliendo especialmente, es la generación de un lenguaje común entre los diferentes agentes, que facilita el planteamiento de conversaciones sobre iniciativas, impactos y alianzas.

En México, los esfuerzos estatales comenzaron dando continuidad a las estructuras planteadas para el seguimiento de los Objetivos del Milenio (ODM). Ante el mayor desafío de los ODS por la diversidad de temáticas, alcance de las metas y multilateralidad de agentes, en el 2017 se instaló el Consejo Nacional de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, como coordinador de las acciones. El país ya presentó en el 2016 su primera revisión nacional voluntaria, a la que sigue un segundo análisis emitido en julio de este año. Además, también en el 2018 se están realizando las consultas al borrador de la Estrategia Nacional de la Agenda 2030, que incluye la identificación de los principales retos para su cumplimiento y las líneas de acción.

En las compañías, existe una brecha importante en función de las dimensiones. Comenzando por la gran empresa, los esfuerzos iniciales estuvieron puestos en entender el porqué de la contribución a los ODS, acompañado de un profuso ejercicio de sensibilización respecto de los contenidos y lo particular de su papel, que se busca sea sostenido en el tiempo a través de soluciones de negocio con el potencial de la innovación.

A continuación, en aquellas que ya superaban esta etapa, ha venido surgiendo la interrogante de cómo trabajar al respecto. Para ello, es importante realizar un diagnóstico línea base, de cómo se está contribuyendo ya a través de: 1) modelo de negocio, estrategia corporativa, productos y servicios; 2) iniciativas de responsabilidad social enfocadas a su vez en los principales impactos de la actividad de la compañía. A partir de ese análisis, se establece la correlación con aquellos ODS y metas a los que contribuye de manera diferencial la compañía. Ello no ha evitado el surgimiento de un fenómeno de SGD washing por praxis orientadas a establecer la correlación con el mayor conjunto posible, independiente de la transcendencia de las acciones e iniciativas.

¿Y qué ocurre con las pymes? A través de su actividad contribuyen a la Agenda 2030, por su rol en el desarrollo socioeconómico de las comunidades en que están insertas. Además, contribuyen como parte de la cadena de suministro de las grandes empresas, que sí cuentan con equipos y/o recursos para un análisis más pormenorizado al respecto. La esencia de la contribución está ahí, en su actividad, y existe otro enorme potencial en el desarrollo de iniciativas sectoriales, buscando sinergias y estableciendo prioridades de acción colectiva.

Es este poder de la colaboración, que se extiende a empresas de cualquier tamaño, organizaciones sociales y administraciones públicas, el principal cambio en el paradigma de los modelos de negocio y desarrollo socioeconómico que arroja la Agenda 2030. La severidad de las grandes brechas que se busca cerrar a través de las metas de los ODS requieren de esfuerzos colectivos, con dos perspectivas de trabajo a la vez: 1) foco en aquello que mejor sabe hacer cada agente, como la innovación y modelos sostenibles financieramente en el caso de la empresa; 2) desarrollo conjuntamente de iniciativas.

Las alianzas tienden a ser verticales, con representantes de cada tipo de agente, especialmente en esquemas de colaboración empresa–organización social. El gran desafío se encuentra en el abordaje sectorial, que las compañías, organizaciones y administraciones planteen los análisis por sector, dejando atrás recelos por competencia o posible anticipación de regulaciones.

Nos encontramos ante un momento clave de la Agenda 2030, con la necesidad de mayor acción, con enfoque colectivo y haciendo partícipes a los diferentes grupos de interés. No hay otro plan para el futuro.

*Manager de Sustentabilidad en Valora Américas.