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Los usos diferenciados de la noción de bienestar
En los últimos años, la noción de bienestar ha sido parte del discurso que leemos y escuchamos en medios y redes sociales. Analizamos cómo esta noción está cultural y socialmente diferenciada en función de diferentes factores.
Wellness, bienestar, bien-être: nociones que leemos y vemos constantemente para tratar temas de alimentación, actividad física, deporte, relajación, sueño, cuidado estético y corporal, decoración, transporte, ecología, urbanismo, economía y en muchas áreas más. Basta con googlear la palabra wellness para entender que la referencia en el contexto anglosajón hace alusión a temas de salud. Pero ¿por qué un término tan amplio y a la vez ambiguo ha tomado auge de esta forma?
La cultura del wellness en Estados Unidos está típicamente relacionada con un perfil sociodemográfico específico: quienes se autodenominan como personas con interés en el wellness, generalmente son white caucasians —blancos caucásicos, por usar los términos raciales que en Estados Unidos son omnipresentes—, de clase media a media alta, viviendo en los suburbios, con formación universitaria y sueldos que les permiten comprar ropa de yoga que cuesta el equivalente a un mes de salario mínimo en México, pagar clases de la última tendencia en fitness y comprar toda su despensa en tiendas orgánicas como Whole Foods, tener automóviles híbridos y dormir con ropa de cama de algodón orgánico. Es interesante cómo el término wellness está asociado en Estados Unidos a una conciencia de clase y esto ha alertado a investigadores en política pública sobre cómo el término es excluyente, mientras que salud es un término orientado más hacia poblaciones vulnerables: inmigrantes, latinos, negros y habitantes de zonas excluidas por la pobreza.
En Francia, el término bienestar históricamente estuvo ligado a la disciplina de la economía social, que en el país galo tuvo mucho auge en los años 90. Esencialmente es un término que en el origen se asoció a la procuración de bienes y servicios, materiales y simbólicos, a los que una persona puede tener acceso para satisfacer sus necesidades materiales, sociales y emocionales. Después de la definición movilizada por la OMS sobre la salud como un estado de equilibrio biopsicosocial, las imbricaciones de los dos conceptos se mezclaron y hoy en día las dos acepciones son comúnmente movilizadas.
En México, tenemos otra historia. Desde aquel eslogan de campaña presidencial “Bienestar para tu familia”, entendemos que la acepción ha tenido implicaciones socioeconómicas. El bienestar parece ser el estadio utópico de liberarse de la inseguridad, de la pobreza, de la vulnerabilidad, en general. Para referirse a la noción de equilibrio biopsicosocial, en México, en muchas ocasiones utilizan el vocablo en inglés que por sí mismo pudiera resultar excluyente. Es curioso, sin embargo, que coloquialmente la palabra bienestar para el común de las personas es “sentirse bien” (lo que sea que eso implique y requiera). Los conceptos que se construyen desde un grupo reducido de personas no son socialmente adoptados inmediatamente. Requieren tener impactos en la cotidianeidad de las personas, que usan los términos para referirse a un concepto del que un grupo de personas compartirá su significado.
Con este ejemplo de la noción de bienestar que se encuentra en proceso de mutación a lo que nuestros abuelos, por ejemplo, entenderían sobre ella, entendemos cómo los usos de conceptos sobre la salud evolucionan en función de las condiciones sociales, económicas e históricas que van más allá de considerar a la salud como un área biológica que no está influida por los hechos de su época.
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