Se acerca la Convención Bancaria, y, según noticias, uno de los temas que acapara la atención de los banqueros en anticipación a ese evento de tradición es el de las fintech. La tecnología esta indudablemente cambiando las formas en que vivimos y los avances tecnológicos están abriendo continuamente oportunidades para que la banca modifique y amplíe sus procedimientos y servicios. Me parece, sin embargo, que el término fintech se refiere a algo mucho más nuevo y específico que simplemente los instrumentos digitales que se van creando para ofrecer los servicios bancarios tradicionales -y otros novedosos- por medio de computadoras.

Aunque indudablemente el tema de las fintech tiene su fundamento en los avances de la computación, su naturaleza es muy específica (y también muy novedosa). Se trata de utilizar la computación para poner en contacto de manera directa a acreditantes y acreditados, para que se lleve a cabo el proceso de intermediación financiera sin la intervención de un intermediario, como los bancos.

¿Cabría esperar que este nuevo tipo de intermediación financiera le quite a los bancos tradicionales una participación creciente en su negocio típico de captar ahorros y colocarlos en su inversión más favorable y segura? Ni soñando. Los antecedentes históricos -para quien los tiene- sugieren otra cosa. Y esa otra cosa es que la banca reaccionará con presteza y agilidad para entrar rápidamente a ese nuevo nicho de mercado. De ninguna manera los bancos se quedarán dormidos esperando a que otros, los tecnológicos , les ganen la partida en ese nuevo campo de intermediación que han abierto los avances en la computación.

La historia de la banca ilustra cómo en la medida en que fueron abriéndose nuevas variantes para la intermediación financiara los bancos se fueron adaptando para incluirlas en su menú de operaciones y servicios. Así ocurrió hace ya muchos años con las operaciones fiduciarias y los créditos hipotecarios y refaccionarios. Posteriormente, en otra etapa histórica de evolución, algo muy parecido sucedió con las fianzas, el arrendamiento financiero, las tarjetas de crédito y el llamado factoraje.

Lo que es de esperarse es que las autoridades regulatorias reaccionen con la misma rapidez y se emita un marco que resulte apropiado para esa nueva variante de intermediación. Un marco que permita transparentar con claridad los riesgos implícitos y extienda protección sobre todo a los participantes más vulnerables, que usualmente son los ahorradores medios.

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