“Es muy desvergonzado presentar una iniciativa de ley que es inconstitucional”. Habría que esforzarse para estar en desacuerdo con la declaración de ayer de Ana Laura Magaloni a Jude Webber, del Financial Times. ¿Queda clara la gravedad del asunto?

El sujeto no es un desposeído, solitario y malentendido héroe popular mexicano que otra vez se pasó de vivo para compensar su impotencia y vengar los abusos de siempre a su gente. Es el presidente mexicano más poderoso en décadas, ejecutando las ideas del director general de la autonombrada ‘empresa más poderosa de México’.

A ninguno de los dos les queda el papel de abnegado. ¿No es curioso que absolutamente nada de la propuesta plasmada en la reforma de la LIE vaya en contra del interés propio de Bartlett? Es cierto que, en algunos cálculos, habría que considerar las pérdidas que CFE va a registrar por dejar de comprar energía barata para ahora generarla mucho más cara. Y el terrible cambio en el perfil de emisiones contaminantes. Pero, después de Dos Bocas, ¿piensa alguien que para la Administración esto pueda considerarse un sacrificio?

Casi todo se justifica visualizando del otro lado a todos los don Próculos que han existido en la política moderna mexicana. Quizás por eso los invoquen todo el tiempo. Pero también es claro que lo más inmediato que están atropellando es una industria que, como pocas, representa el futuro. ¿No han visto el apoyo de los jóvenes y ambientalistas? ¿Qué otra industria tendría un respaldo social igual? Parece que, muy en el fondo, el presidente y Bartlett lo saben. Es difícil pensar que sea una coincidencia que, mientras que al aeropuerto y a una planta industrial les aventaron la carrocería de un referendum, a la industria eléctrica mejor la están embistiendo con cuadros y alfiles políticos de lealtad probada. No vaya a ser que grandes grupos de gente de verdad opinen.

O que se den cuenta que en la aprobación de la llamada Ley Combustóleo no hubo pípilas ante ninguna alhóndiga. No son los insurgentes, sino los oficialistas que reciben sus instrucciones desde el palacio nacional. El bombardeo a la industria eléctrica nacional fue a nombre de quien ostenta no sólo la rectoría del sector energético sino también la comandancia suprema de las fuerzas armadas y el monopolio del uso de la fuerza pública mexicana.

Como siempre, con un poco de contexto se puede dimensionar mejor. La acción de presentar una iniciativa de ley inconstitucional, como bien apunta Magaloni, es desvergonzada. Sí. Pero eso no describe a un presidente. Este no es un episodio más de una larga tradición de picardía mexicana. Este es un hito de otro tipo, mucho más profundo.

La aprobación de la Reforma a la Ley de la Industria Eléctrica, la única iniciativa preferente del presidente López Obrador hasta ahora, nos ha llevado al clímax del sexenio. Este es el momento que escogió el presidente más mítico y poderoso del México moderno para poner a prueba, ante toda la nación, su capacidad de hacer auténticos milagros. ¿Habrá logrado que las pretensiones de un decreto inconstitucional, como resultó ser la política eléctrica de Nahle y Bartlett, se transubstancien en ley duradera? Además de los amplísimos poderes que concentra cualquier presidente mexicano, ¿habrá podido este en particular traspasar aquel umbral prohibido hacia nuevas fuentes de poder desconocido?

@pzarater

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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