La “crisis social de nuestro tiempo” y de nuestro país tiene profundas raíces en la crisis de la universidad, la mundial y la mexicana.

De acuerdo con el profesor Polo, entendida según su propia unidad, la universidad es la cultura superior en su despliegue mismo y en tanto que ese despliegue forma parte principal del bien común.

Si la cultura superior no afecta la vida de la sociedad, es marginal a ella, o patrimonio de minorías no funcionales —los guetos culturales de la “aristocracia de la derecha e izquierda mexicanas”—, que en mucho caso en México no ha tenido como su inspiración y cometido la institución universitaria  (piénsese en los intelectuales de Vuelta o de muchos de la revista Nexos o Este País). Si la cultura superior se desarrolla fuera de las instituciones universitarias, o existe una cultura degradada, de masas, en la que la cultura superior no influye —como el grupo de élite de la Fundación para la Libertad—, las instituciones universitarias lo son sólo nominalmente.

Según Polo, el despegue de la universidad se condensa en tres direcciones, que dan lugar a otras tantas funciones y su problemática estriba en el grado de suficiencia con que dichas funciones se cumplen, que son las siguientes:

La investigación, es decir, el incremento de los saberes superiores, el progreso del saber, sin dejarse llevar por la tentación de olvidar el estudio de las humanidades, que dan unidad al conocimiento y forjan el carácter, ni en la tentación de la investigación exclusivamente aplicada, separada de aquella.

La transmisión, es decir, la conservación y comunicación del saber ya elaborado y que no ha perdido vigencia o valor actual. La transmisión del saber se vierte principalmente en la enseñanza, pero no se reduce a ella. Aspecto que deben tomar en cuenta muchas universidades privadas, cuyo interés se reduce a la atención al “cliente” por el profesor, en perjuicio de su labor creadora, aquejada además del burocratismo que “mata” a muchas universidades públicas y privadas.

La extensión, es decir, la implantación del saber superior, en todos los órdenes de actividades sociales.

La universidad es autónoma, porque representa la cumbre de la cultura, la pierde en cuanto deja de atender las necesidades del despliegue esencial de la cultura superior. La universidad es autónoma en virtud de que es una instancia suprema; tiene autonomía, porque representa la cumbre de la cultura, la pierde cuando deja de atender las necesidades del despliegue integral de la cultura superior. Cuando esas funciones no se cumplen —lo que constituye la mayoría de muchas universidades mexicanas— la universidad deja de ser autónoma, porque deja de existir. Y entonces queda un residuo, que pervive con languidez, sujeta a directrices estatales —en la 4T además a la falta y descuido de éstas—, lo que se le volverá en contra al impedir la implantación cultural de la misma, al no arraigarse, dado el papel preponderante que tiene la universidad como agente del cambio, lo que debería ser aprovechado por sus opositores.

Si la universidad se mediatiza al Estado o a la industria, y descuida la investigación de la unidad de los saberes, sin olvidar el desarrollo tecnológico, da lugar a la aparición de pequeñas “escuelas” científicas, semillero de falsos prestigios, rivalidades y bizantinismos.

Concluye el filósofo español que el universitario es el ciudadano que accede a los centros donde se imparte el poder social. Los que detentan la cultura superior no pueden constituir, como tantas veces en México, un grupo cerrado, porque los bienes de índole superior pueden ser participados por los demás. He aquí una de las claves de la educación universitaria: la generosidad como deber social. ¿Tendrán nuestras universidades  la conciencia para impedir la cultura de masas que arrastra nuestro país,  y que parece que se impulsa desde el poder?