Mucho se ha hablado en los últimos días del incremento de la deuda, con relación al producto nacional, durante esta y la pasada administración. La relación creció de alrededor de 30% del PIB a casi 50% en menos de una década. Dicho porcentaje es claramente menor al de economías desarrolladas, capaces de recaudar una mayor proporción de ingresos públicos, y más o menos similar a otras economías de ingresos medios.

Es claro que parte del problema fue la velocidad con la que la deuda creció en este periodo, mientras que la economía en su conjunto continuó con un crecimiento muy bajo. La realidad es que la deuda comenzó a crecer a raíz de la crisis global de 2008 como una política que pretendía ser contracíclica, es decir que diera un impulso a la economía, por medio del gasto público, para compensar los efectos negativos externos y retomar el crecimiento.

Los problemas fueron varios. Uno es que como el gastopúblico tiene poca calidad y la deuda supera a la inversión física, entonces en realidad los programas financiados con deuda tuvieron poco impacto sobre la economía. De hecho, en México no se financian proyectos específicos con deuda, sino que la misma sirve para financiar el gasto global. Como al final la economía creció menos que lo estimado como resultado del estímulo financiado con deuda, pues la relación deuda-PIB fue menor a la planeada. La otra es que después de que pasó la parte más grave de la crisis global de la década pasada, el país continuó aumentado el endeudamiento, aun cuando los precios del petróleo alcanzaron niveles muy altos.

El principal problema del incremento de la deuda de los gobiernos de Calderón y Peña es el aumento del costo financiero de la deuda; es decir, de los intereses que los mexicanos pagamos cada año por su servicio. Dicho costo es de alrededor de 2% del PIB, un nivel no alcanzado desde de la década de los 90, después de la crisis de 1994. México había logrado, con mucho sacrifico y políticas de restricción de gasto muy cuestionables por sus efectos negativos en términos de redistribución del ingreso, desendeudarse de tal forma que el costo financiero no fuera una restricción importante para el gasto.

Por otro lado, como la deuda no financia proyectos específicos, pues no necesariamente se invirtió, como mandata la constitución, en acciones que incrementaran los ingresos públicos o al menos redujeran las obligaciones de gasto. Es decir, la mayor deuda tampoco sirvió para fortalecer las fuentes de pago en el futuro.

Los mercados aceptaron este incremento de deuda por varias razones. Una de ellas es que en estos años se incrementaron y establecieron nuevos impuestos, aunque eso apenas sirvió para compensar la caída de los precios del petróleo, de la plataforma y hacer frente a los crecientes requerimientos de pensiones. La verdad es que el crecimiento de la deuda de México se dio a la par de incrementos similares en otros países del mundo como parte de la reacción contra los choques negativos de la crisis global.

La presión llegó hace unos años, cuando los paquetes de gasto contracíclicos en el monto ya habían concluido, y de hecho Europa y Estados Unidos habían retomado el crecimiento, pero México seguía incrementado la deuda. Fue entonces cuando se recurrió al expediente de utilizar el remanente de operación del Banxico para evitar el incremento de la relación deuda/PIB. El problema ahora, cuando muchos avizoran una nueva crisis global, por la guerra comercial, por los problemas de la banca china, por el agotamiento del ciclo de crecimiento de Estados Unidos, México ya no tiene márgenes para hacer política contracíclica financiada con deuda. Ese es el principal problema que nos deja la deuda tomada y mal gastada por Calderón y Peña Nieto.

VidalLlerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.