De dios y de mortales, los tiempos electorales. En la caza del voto, las castas y los deciles mandan. Bueno, se obedecen también órdenes de los mercadólogos. Quienes buscan urnas robustas para su causa ejercen con aires monárquicos: escuchan a quienes les conviene, a los que se interesan por sus oídos, no. Los aspirantes a tlatoani en la patria del botín sexenal, erigen sendas murallas gracias a sus lacayos. La proximidad y la distancia al que concentra el metapoder es un conjuro de sueños gracias a las plantas medicinales. Otros dirán que tan sencillo como ser custodio a la vez que devoto del Señor de los Milagros o de la Virgen de los Milagros (por fortuna hay para los dos bandos).

La contienda construye un catálogo de términos. Los usos de las palabras rompen toda frontera con tal de ganar adeptos, traidores, estrategas, esquiroles, conveniencias. El habla agreste vuelve normal en todos y todas (nótese lo apropiado). Decir o pensar hasta lo inimaginable tiene permiso en estos meses. La cordura no es propia de las disputas. Sálvese quien quiera o pueda. Atrás de la raya que estamos trabajando, dicen los del equipo de campaña o de la campañita, y por ello la palabra inalcanzable es agenda. Meterse en la agenda es una justa o un despeñadero. Diálogo de sordos o número de circo. Y en esas ando yo mero, aquí su servidor en mi frente de batalla, uno de tantos que quiere con los suyos ser atendido, dar con el final del arcoíris ¡logramos hueco en la agenda, compañeros!

Si alguien tiene la pócima para atraer a mis senderos a los abanderados Anaya, Meade, López Obrador y Zavala, que la entregue con todo y factura, pago rapidito. (En efecto, aplico el escalafón de clase: El Bronco y El Jaguar, por ahora fuera de mi lista). Desde diciembre en que apareció nuestro libro ¡Es la reforma cultural, Presidente! Propuestas para el sexenio 2018-2024 (Editarte Publicaciones), voy del tingo al tango: nada. Al no haber cuates o cuatas cerca de los suspirantes al máximo cargo de la nación, uno echa mano del modesto parque que tiene. El envío del libro con una carta, el telefonazo a la secretaria, la llamadita al encargado de oficialía de partes, al C. Secretario Particular, a la C. Asistente Directa, al C. Encargado del Encargado de tal por cual tema. Uno recurre a hacerse seguidor, a mandar tuitazos y feisbukazos, hasta correazos o whatsapazos. Digo, cuando recibí un correo “Cruz, Soy Pepe Meade, te deseo un gran 2018” dije ¡ya la hicimos! Le contesté de inmediato. Ni sus luces. O cuando me dijeron de la oficina de Margarita que ya estábamos en el comité de agenda, ¡virgencita! Y después ya no…

Entonces, la pregunta de todos los días ¿quién nos arrima a los candidatos? Y órale whatsapazos, telefonazos, suma de recaditos y mensajotes, seducción secretarial. ¿Nos haces el paro, mi buen, de conectarnos? Más tuits. Nada. Más de un cariñoso intermediario se convierte en brujo de Catemaco. Así las campiñas y los campañeros, a nosotros los nobles nos toca ler (ojo, ler) que van y vienen con los más amplios sectores sociales, rebosantes de influencers. Me etiqueto la sentencia que un coleto escribió en la ventana de su micro, allá en ruta a Comitán: “Vivo de las envidias”, de los que tienen palancas, abolengo, alcurnia de intelectual orgánico (algunos lo tienen industrial), de todo eso que conduce a un lugar en la agenda de los candidatos (ata).

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EduardoCruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural