Los fundadores de firmas en crecimiento como Travis Kalanick, en Uber, y Adam Neumann, en WeWork, tienen dos opciones ante las presiones de los grandes inversores. O acatan sus normas o se van.

Las extravagancias de Adam Neumann se consideraban exóticas cuando WeWork, la empresa de alquiler de oficinas, se encontraba en sus fases iniciales de levantamiento de capital. Veteranos inversores como el gigante japonés SoftBank no dudaron en destinar entonces hasta 10,000 millones de dólares en la compañía, cegados por su asombrosa capacidad de crecimiento y pasando por alto actuaciones dudosas, como que Neumann recibía dinero de su propia compañía por el uso de la marca We.

Los inversores están ávidos de nuevas empresas a las que dirigir su capital, pero no a cualquier precio. Antes de empezar a cotizar, las tecnológicas se someten a un intenso proceso de entrenamiento, necesario para cruzar el alto y nada poroso muro de Wall Street. A veces, como en el caso de WeWork, la resistencia es demasiado alta y la compañía se queda en la costa oeste. En otros casos, como en el de Uber, sólo se consigue con la renuncia de su fundador a mantener las riendas ejecutivas.

Cotizar en el Nasdaq o en la Bolsa de Nueva York implica cumplir con intensos requisitos de gobernanza y, sobre todo, estar dispuesto a una dedicación casi absoluta para satisfacer las expectativas trimestrales del mercado. Educar a rebeldes consejeros delegados no entra en los planes de los fondos que mueven los hilos de Wall Street.

La difusa composición en el accionariado de las nuevas tecnológicas es también motivo de suspicacia en el epicentro financiero. Las acciones de las start-ups suelen contar con diferentes derechos de voto que tratan de garantizar que los fundadores mantienen el control, incluso cuando la compañía comienza a cotizar. Este escenario provoca reticencias entre los inversores, que temen un exceso de poder por parte de los rebeldes de Silicon Valley.

Facebook: El presidente que aún choca con el sistema

Mark Zuckerberg (35 años) fue durante años el clásico emprendedor rebelde de Silicon Valley dispuesto a desafiar las inamovibles reglas de Wall Street. El estreno desafortunado de Facebook en Bolsa (cayó un 40% en los primeros seis meses de cotización) le obligó a acatar la ortodoxia. Sin embargo, siete años después de la OPV (Oferta Pública de Venta) de la red social, Zuckerberg sigue chocando con el sistema. Su proyecto de lanzamiento de la moneda virtual Libra ha contado con una feroz oposición entre los reguladores y le ha obligado a comparecer ante el Congreso.

Tesla Motors: Castigado sin la presidencia

La personalidad de Elon Musk (48 años) es tan arrolladora que casi siempre se le olvida que se encuentra bajo el escrutinio constante de reguladores e inversores. Las declaraciones de Musk en Twitter, donde anunció sin pasar por la Comisión de Bolsa y Valores estadounidense (SEC, por sus siglas en inglés) que planeaba la retirada del mercado de Tesla Motors, le valió la apertura de una investigación criminal. El proceso se saldó con la renuncia de Musk a la presidencia de la compañía durante tres años y casi le costó el puesto de consejero delegado. Su pugna con el regulador de los mercados es constante.

Uber: Una dimisión forzada por los inversionistas

Uber se encontraba preparando la salida a Bolsa cuando cinco inversionistas de la compañía exigieron a su fundador, Travis Kalanick, su dimisión. El directivo de 43 años había revolucionado el sector del taxi en todo el mundo, pero era demasiado controvertido. Entre otras cosas, Kalanick se vio afectado por una investigación interna de la cultura corporativa de la compañía motivada por denuncias de acoso sexual y discriminación en la empresa. La renuncia de Kalanick no fue suficiente para garantizar el éxito de Uber en Bolsa.

WeWork: De fundador y CEO a consultor

Pudo haberse parado a tiempo, pero la falta de controles previa a la salida a Bolsa costó a WeWork la operación. La OPV de la empresa de alquiler de oficinas tuvo un frío recibimiento en el mercado no sólo por las cuantiosas pérdidas, sino por las dudas que generaba que su fundador, Adam Neumann, se mantuviera al frente. Antes de que la operación se diera por fracasada se limitó el poder del directivo, pero no fue suficiente. Finalmente, Neumann, de 40 años, tuvo que vender acciones y renunciar al consejo para mantener a flote a WeWork.

Snapchat: Correos electrónicos inapropiados

Desde la salida a Bolsa de la aplicación de mensajes que desaparecen Snapchat, en febrero de 2017, las acciones permanecen a la baja. Esta presión ha provocado que algunos medios califiquen el ambiente de la tecnológica como "nadar entre tiburones". La trayectoria de Snapchat está profundamente marcada por la personalidad de su fundador, Evan Spiegel (29 años), que vivió su peor momento cuando se filtraron unos correos de dudoso gusto en los que se refería de forma despectiva a las mujeres durante su época universitaria.

Twitter y Square: Un presidente pluriempleado

La genialidad de Jack Dorsey queda reflejada en su capacidad para dirigir dos empresas cotizadas al mismo tiempo: Twitter y Square. Esta doble función apenas tiene precedente en Wall Street y ha sido motivo de muchas críticas. Square, una tecnológica de medios de pago, ha multiplicado por cinco su tamaño desde que salió a Bolsa en 2015. En cambio, las acciones de Twitter se encuentran a la baja mientras la red social se sitúa de manera permanente en el ojo del huracán. La última polémica: prohibir los anuncios de los políticos.

Google: Se busca ayuda del exterior

El caso de Google es un ejemplo que podrían seguir muchas de las nacientes empresas de Silicon Valley. Larry Page y Sergey Brin fundaron con éxito la compañía en 1998 pero, apenas cinco años después, se encontraron con problemas para digerir su crecimiento. Así que designaron a Eric Schmidt, máximo ejecutivo de la empresa de software Novell, como consejero delegado. Schmidt diseñó la salida a Bolsa en 2004 y se mantuvo en el cargo hasta 2011, cuando Page retomó las riendas ejecutivas.

Apple: El revolucionario que brilló

El choque de poderes entre los fundadores de Apple derivó en la relegación de funciones de Steve Jobs en la cúpula de la compañía, lo que le obligó a dimitir. Era 1985 y la tecnológica estaba inmersa en una profunda reestructuración. Jobs volvió a Apple una década después para iniciar una profunda revisión estratégica que convirtió a la compañía en el gran éxito que es hoy. Jobs es la excepción que confirma la regla, ya que nunca dejó de ser un rebelde.

LTSE: una nueva Bolsa sin la presión del corto plazo

La presión de Wall Street es tal que ha impulsado el lanzamiento de Long-Term Stock Exchange (LTSE), un nuevo mercado de valores concebido para las empresas de Silicon Valley inmersas en un fuerte ritmo de crecimiento que quieren evitar las presiones cortoplacistas. Detrás del proyecto se encuentra el emprendedor tecnológico y consejero de start-up Eric Ries, que ha destinado 19 millones de dólares a su desarrollo. La idea se lleva gestando años y acaba de recibir la aprobación de la SEC, el regulador de los mercados de Estados Unidos, un paso fundamental para comenzar las operaciones. Se espera que LTSE pueda recibir las primeras solicitudes para cotizar a finales de año. El fiasco de salidas a Bolsa como las de Uber, Lyft o Peloton, que se prepararon con gran expectación, puede impulsar el nuevo mercado. La mayoría de estos "exunicornios" está sufriendo la suspicacia de los inversores ante sus elevadas pérdidas. Las altísimas exigencias de Wall Street provocan, además, una caída de la innovación por parte de las tecnológicas. Según un estudio que recoge Reuters, la presión por cumplir las expectativas de los analistas cada trimestre se traduce en un recorte de nuevas patentes de hasta el 40% durante los cinco años posteriores a la salida a Bolsa. Con sede en California, el objetivo del nuevo mercado, que contará con sus propias reglas de gobernanza y derechos de voto, es enfocarse en el largo plazo y evitar que las empresas desarrollen incentivos por el cumplimiento de objetivos más inmediatos. LTSE pretende también recortar el plazo para que las start-up empiecen a cotizar, que actualmente asciende a doce años.