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Finanzas Personales

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El efecto de intervenciones conductuales destinadas a mejorar más de un hábito

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Raúl Martínez Solares | Economía conductual

Raúl Martínez Solares

“Hay que cambiar los incentivos para fomentar el buen comportamiento, en lugar de simplemente desincentivar el mal comportamiento”. Gavin Newsom, gobernador de California

Desde hace ya varias décadas, la economía conductual dejó de ser una rareza académica para convertirse en una herramienta habitual en el diseño de políticas públicas. La idea es simple: es posible llevar a cabo pequeños estímulos bien colocados, como un recordatorio, un mensaje o un pequeño incentivo, de forma que impulsemos a las personas a hacer lo que sabemos que nos conviene, pero que usualmente postergamos.

Múltiples estudios han mostrado la correlación entre algún tipo de intervención conductual y un incremento en la conducta deseada; sin embargo, pocos han explorado el efecto que dicha intervención puede tener en disminuir la propensión a otras conductas igualmente deseables.

Eso es justo lo que analiza Hannah Trachtman en un experimento publicado en American Economic Journal: Applied Economics titulado “Does Promoting One Healthy Behavior Detract from Others?”. ¿Promover un hábito saludable afecta otro?

Trachtman reclutó a casi cuatro mil personas en redes sociales, las dividió en grupos y les mandó mensajes o pequeños incentivos para fomentar dos hábitos: meditar diariamente y llevar a cabo un registro de lo que comían. Ello fue monitoreado mediante apps durante cuatro semanas.

Los resultados iniciales son los que cualquier asesor de política pública esperaría. Los mensajes para meditar aumentaron la meditación en 8.8 puntos porcentuales, duplicando la tasa base, mientras que los mensajes para registrar comidas elevaron esa conducta en 16.6 puntos. Cuando se introdujeron además incentivos económicos, el registro de comidas se disparó en 38.1 puntos.

Pero en este caso, el experimento también medía la otra conducta. Y observaron que, al promover la meditación, la gente registraba menos sus alimentos. Y al promover el registro de alimentos, meditaban menos. Incluso con los estímulos económicos de por medio. La reducción de la conducta no promovida iba del 19 al 29% respecto al grupo que no recibía nada.

En principio, no pareciera ser una cuestión de asignación de tiempo, porque meditar llevaba unos veinte minutos al día, mientras que registrar los alimentos, once. Sumadas, llevan media hora diaria. La pregunta es por qué una conducta desplaza a la otra.

La autora plantea dos posibilidades. Una es la atención limitada que presentan las personas; en entornos donde somos bombardeados constantemente por notificaciones, si te llegan tres mensajes para meditar, el cuarto para registrar tu comida lo ignoras. En el experimento, quienes más mensajes recibían terminaban leyéndolos menos.

La otra explicación es más sutil y se refiere a algo llamado “moral licensing”. El principio es que, en términos de conducta, cuando hacemos algo considerado “bueno”, como meditar, comer sano o ahorrar, nuestro cerebro nos brinda una suerte de “certificado moral” implícito, como si el cumplimiento de algo favorable permitiera relajar el resto de la conducta. Y así, casi sin percatarnos, dejamos de hacer otra cosa que también sabemos que es deseable.

Esto importa, y mucho, para el diseño de políticas públicas. En México, ya existen varios experimentos de intervención conductual en programas públicos (más o menos exitosos en su diseño), en campañas de vacunación o en el ahorro para el retiro. Con mayor frecuencia se diseña una intervención (o nudge, en términos del premio Nobel de economía Richard Thaler) dirigida a incentivar un único comportamiento. Pero este estudio implicaría que, si no medimos lo que ocurre con otras conductas relevantes, podemos estar generando un efecto neto menor o contraproducente.

El estudio de Trachtman no plantea que los nudges sean positivos. Claramente funcionan, aunque no son soluciones mágicas a problemas multifactoriales complejos. Pero nos recuerda algo que los economistas conductuales suelen olvidar: las conductas de las personas no se conforman con una serie de hábitos independientes; se trata de un sistema en el que, si mueves una pieza, las demás se reacomodan.

Los seres humanos tenemos una atención y una fuerza de voluntad que son recursos limitados; cada empujón tiene un costo de oportunidad.

En términos de política pública, lo importante es identificar qué favorecemos, qué impactos tienen en otras conductas también deseables y, sobre todo, que el resultado neto sea positivo en términos de cambio en los patrones de conducta de la población. Los complejos retos en salud, educación y ahorro, así lo requieren

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Raúl Martínez Solares

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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