¿Qué relación tienen una granja de productos orgánicos, una residencia para personas con discapacidad intelectual y un hotel boutique en Malinalco?

Además de su orientación sustentable, amables con el medio ambiente, se trata de tres esfuerzos empresariales con sentido social: Kalimori, a la cabeza, Granja Isana y Casa Pixan, que conforman un modelo integral con un propósito común: contribuir a que personas con discapacidad intelectual desarrollen habilidades para el trabajo y para la vida independiente, a la vez que, como sociedad, vayamos cambiando la manera como vemos la discapacidad y construyendo sociedades y empresas más incluyentes.

Hace cuatro años, un grupo de padres de familia con hijas e hijos adultos que comparten esta condición se plantearon la pregunta de cómo hacer que sus hijos crecieran como personas adultas, desarrollaran capacidades y fueran más independientes y, obviamente, más felices.

“Nos dimos cuenta como padres que nuestros hijos adultos compartían una misma necesidad: querían tener un lugar, su propio espacio, tener actividades independientes como sus hermanos, ser parte de algo, tener un valor en la sociedad”, revela Annette Arellano Schueg, socia fundadora del proyecto.

Adquirieron terrenos a las afueras de Malinalco, en el Estado de México, y fundaron una residencia y una granja, y así nació el proyecto Kalimori. Luego vino el hotel boutique Casa Pixan, y estas tres empresas conforman ahora un modelo que pretende que la atención a las personas con discapacidad intelectual deje de ser una actividad asistencial y se convierta en una responsabilidad social y empresarial, de “respeto a la diversidad, de contribución al empoderamiento de las personas, y de solidaridad de las empresas, que poco a poco pueden ir facilitando las condiciones para que eventualmente las personas con discapacidad puedan trabajar y desplegar su potencial productivo”, señala Giselle Keller, presidenta del Consejo de Administración de Kalimori e Isana.

La granja orgánica Isana, dedicada a la cría de aves de corral de libre pastoreo, a la producción de huevo y al cultivo de hortalizas, es a la vez el laboratorio donde los residentes y becarios de Kalimori asisten cada mañana como cualquier otro empleado a realizar labores de acuerdo con sus capacidades y habilidades, cumpliendo un horario de trabajo y adaptándose a las obligaciones de una empresa. Adicionalmente, una parte de sus utilidades se destina al sostenimiento de la residencia y al pago del personal que asiste a los integrantes de la comunidad. Casa Pixan, por su parte, está en la misma ruta y concepto, asegura Arellano Schueg.

Un rasgo importante es que además de generar empleo en la localidad, estas tres empresas desarrollan en sus casi 70 colaboradores capacidades para la apertura, el respeto por la diversidad, el aprecio de la diferencia, la solidaridad con el otro que es distinto y que responde de manera distinta a los retos laborales, y juntos van creando ambientes de trabajo amables e incluyentes. Cualidades humanas como la calidez, la generosidad, la empatía, que suelen diluirse en el ajetreo citadino encuentran en Kalimori, en Isana y en Casa Pixan un hábitat para su florecimiento.

Isana integra un equipo dinámico donde destacan mujeres de la localidad, y parte de las utilidades se destina a apoyar la causa de Kalimori.
Kalimori, casa de luz y de inclusión. VER FOTOGALERÍA

Una casa de luz

Kalimori, que en lengua aymara significa casa de luz, está concebida para tener seis casas compartidas, con habitaciones individuales y áreas comunes; actualmente, dos ya están funcionando y la tercera está en construcción; la residencia se despliega alrededor de un estanque artifical rodeada de jardines de lavanda y alcatraces; cuenta con área de talleres, gimnasio, invernadero, una terraza, sala de televisión y un comedor comunitario. 

Funciona en tres modalidades: un programa de residencia permanente los siete días de la semana, mediante el pago de una mensualidad; un programa diurno de lunes a viernes, de 10 de la mañana a 6 de la tarde, reservado para jóvenes y adultos de bajos ingresos procedentes de la localidad y los alrededores, que asisten becados y reciben la misma atención y capacitación que los residentes; y el programa de fin de semana, que organiza actividades recreativas y de convivencia social, también mediante el pago de una cuota, al que asisten personas que radican en la Ciudad de México u otras cercanas y que incluye la pernocta y los alimentos de viernes y sábado , ya que el domingo regresan a sus casas.

 Aunque la capacidad de la residencia está diseñada para que vivan 48 personas y que puedan asistir diariamente entre 20 y 30 becarios de las localidades vecinas, actualmente comparten la estancia permanente Alexia, con una condición de retraso neurológico; Pau, que vive con autismo; y Nicolás, que presenta parálisis cerebral. Como becarios asisten Zoe, Alejandra y Miriam, las tres con síndrome de Down; y Mario, cuya discapacidad no está aún determinada, ya que, abandonado desde pequeño, vivió en la calle y nunca antes fue sujeto de ningún diagnóstico.

Pero sin importar su condición social ni su tipo de discapacidad todos forman parte de la comunidad Kalimori. Reciben atención de personal especializado, cada uno cuenta con un tutor y un asistente en sus tareas; aprenden oficios, cultivan el invernadero, juntos pasean, realizan actividades recreativas, comparten la comida de todos los días, aprenden a cocinar, a mantener en orden sus espacios, a compartir juntos el ocio y a construir su grupo de referencia.

Trabajar el desprendimiento

Una de las razones por las que aún la población de Kalimori es pequeña es que “como papás nos cuesta trabajo soltar”, confiesa Annette. “Estamos programados social y culturalmente para protegerlos toda la vida. Nos han hecho creer que no pueden estar mejor en ningún lado que con nosotros. Y luego está el asunto de la culpa: cómo voy a dejar a mi hijo o hija en un albergue. Hoy te puedo decir con toda sinceridad que mi hija es mucho más feliz aquí que en su casa”, asegura.

En Kalimori las personas con discapacidad intelectual adquieren soberanía, se dan cuenta que tienen derechos, al trabajo, a la vida independiente, a la eduación, a tomar sus propias decisiones, al disfrute de sus vidas, y nosotros como sociedad, y en este caso como institución, estamos obligados a brindar esos apoyos para que esas personas puedan funcionar en sociedad, afirma Angélica Cuevas, psicóloga directora de Kalimori, con más de 20 años de trabajo profesional en atención a la discapacidad.

“Cuando nos damos cuenta que la discapacidad no está sólo en la persona que vive con ella, sino en el contexto que hace que la persona no pueda funcionar, entonces cambia el esquema y hace que los servicios que proveemos sean la facilitación de un derecho y no una carga o una respuesta asistencial”, enfatiza Cuevas.

@PacoDeAnda_C

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