El joven haitiano Pascal Ustin Dubuisson cruzó 10 países por carretera, en lancha y caminando por la selva. Cuidándose de ladrones, animales salvajes, polleros desleales y fuerzas de seguridad que en las revisiones suelen quedarse con el dinero ajeno. Cuatro meses después, en diciembre de 2016, Pascal llegó a Tijuana, México. El objetivo era cruzar a Estados Unidos y encontrar una mejor calidad de vida. Lo que encontró fue un muro que lo detuvo en territorio mexicano. Había llegado tarde para beneficiarse de una antigua política de Estados Unidos que otorgaba visas humanitarias y concedía asilo político a los haitianos.

En Tijuana se vio solo en una ciudad desconocida y sin hablar español. Trabajó de lavaplatos y como obrero en una fábrica de llantas. Apenas dos años después, Pascal es un hombre transformado: tiene un hijo, escribió un libro y se está convirtiendo en una voz visible a favor de la migración, en la ciudad de los migrantes por antonomasia. Salió en busca del sueño americano, y lo que está encontrando es el “sueño mexicano”.

“Fue una travesía dura. Con hambre, violaciones y muerte. Amigos que se quedaron en el camino; no sé qué pasó con ellos. Fue un viaje de vida pero no lo volvería a hacer”, dice Pascal, de 25 años, a través de la línea telefónica desde su casa en Rosarito, Baja California. Esa travesía lo llevó de Puerto Príncipe a Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México.

Pascal Ustin lo ha superado todo. Incluso el descalabro de no alcanzar la meta faltando tan poco. Ha masticado el dolor y el esfuerzo para convertirlos en experiencia y, con generosidad, ofrecerla a otros como él, que son forzados a dejar sus pueblos y buscar mejores situaciones lejos de casa. Buena parte de ese saber se encuentra en “Sobrevivientes. Ciudadanos del mundo”, el libro donde narra lo que vivió en su travesía por diez países.

—Dices que escribir sobre la experiencia del viaje Brasil-México te cambió, ¿de qué manera?

—La literatura, o lo que escribo, me ayudó para cambiar a la persona que soy. Nunca voy a olvidar mi cultura, pero también tengo el derecho de rechazar lo que juzgo que no es bueno para la persona que soy ahora. Además escribir es una manera de dar esa batalla de las migraciones. Escribir un libro, o con una canción o con lo que sea para que la gente escuche tu voz. El deber de un migrante es compartir su historia, aunque algunos tienen miedo de ser avergonzados. A mi escribir me transformó. Es mi voz a favor de los que buscamos una oportunidad en el mundo. Es una manera de expresarme en contra de la discriminación, de la xenofobia y de la supremacía blanca.

—Mientras leía tu libro pensé en la crueldad. Quienes migran como lo hicieron ustedes es porque huyen de la pobreza y sin embargo en el camino muchos tratan de quitarles lo poco que tienen: taxistas, hoteleros, traficantes de indocumentados. Llegan a pagar hasta para ponerle carga al celular. ¿Cómo fue volver a vivir esa experiencia a través de la escritura?

—Fue como vivirlo una segunda vez. Pero me di cuenta que yo estaba haciendo algo para el respeto, para que la gente sepa lo que somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí y qué podemos ofrecer. No solo vinimos a trabajar. Yo quiero que aprecien el valor de una persona. Ahora en Tijuana dicen: 'Los haitianos son buenos porque saben trabajar'... Pero el valor humano es muy importante. Si alguien tuvo que dejar su país pues vamos a apoyarlo, no únicamente que te quieran porque sabes trabajar, sino que te amen por lo que eres. Eso es muy importante. Eso (escribir el libro) me dio más fuerza ahora que lo compartí con el mundo.

Foto: Cortesía.

El contexto de la masiva migración haitiana

Al hablar de Haití es inevitable la referencia al terremoto del 2010, las cifras de muertos se calculan en alrededor de 270,000 y el país quedó con 80% de su población por debajo de la pobreza. Brasil, urgido de mano de obra por los preparativos del Mundial de Futbol 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, recibió a miles de haitianos. Pascal no salió de inmediato tras el terremoto. Hijo de una familia disfuncional, creció con su abuela; cuando ella murió, Pascal vivió solo en Puerto Príncipe por tres años, donde estudiaba para abogado. En 2014 se lanzó a la aventura brasileña.

Pasados los eventos deportivos internacionales, Brasil se desestabilizó. Miles de haitianos se vieron desempleados y comenzaron a mirar hacia Estados Unidos con la esperanza de recibir una visa humanitaria. La esperanza se truncó muy pronto: a finales de septiembre de 2016, el gobierno de Barack Obama endureció la política de protección para ciudadanos haitianos y disminuyó drásticamente los permisos para ingresar al país. Muchos haitianos quedaron varados en México.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Migración, 17,078 haitianos llegaron a México en 2016 y en los primeros cuatro meses del 2017 arribaron 852 más. El mismo Instituto dice que alrededor de 3,000 se quedaron a vivir en Tijuana y Mexicali.

—Eres un migrante, ¿pero tú cómo te defines?

—Yo soy como un ciudadano del mundo, y por supuesto soy un migrante. Los que dejan su país para buscar una mejor oportunidad son migrantes o como también les dicen, refugiados. Pero ahorita me veo más como un haitijuanense. Estoy trabajando como un ciudadano mexicano pero también soy un haitiano, eso nunca va a cambiar, entonces es mejor esa combinación entre la nacionalidad y la ciudad: yo soy un haitijuanense.

—Ya había leído esa palabra con relación a los miles de haitianos que se quedaron a vivir en la frontera.

—Esa palabra la inventé porque es una manera de darle las gracias a los mexicanos, a los tijuanenses que nos han ayudado demasiado, y con la inclusión que hemos tenido creo que ya no somos únicamente haitianos, porque nos estamos involucrando en la literatura, en la música, en el deporte, la comida. Esa fusión está funcionando. Los haitianos estamos teniendo niños en Tijuana. Eso está genial. La nueva generación haitiana está aquí, en Tijuana.

—Supe que con tu hijo ya van más de 50 niños de haitianos nacidos en Tijuana.

—Creo que ya van para 100 niños.

Pascal trabaja en Espacio Migrante, una organización que vela por la defensa de los derechos humanos en las ciudades de Tijuana y San Diego. Como habla creole, francés, inglés, portugués y español, organiza clases de idiomas, así como diferentes apoyos sociales para migrantes. Su historia fue de interés para el periódico Los Angeles Times, que le publicó un artículo de opinión a principios de enero pasado.

El éxodo de centroamericanos hacia el norte continúa y coincide con la reciente resolución de Estados Unidos de que las personas que soliciten asilo, seguirán su proceso del lado mexicano. La población migrante seguirá aumentando en las ciudades fronterizas del norte de México, como en Tijuana. “Nos estamos preparando ante la llegada de 100 rusos”, dice Pascal Ustin sobre su labor en Espacio Migrante.

—En tu camino a México pocos te ayudaron, pero ahora tú ayudas a los migrantes.

—Lo que estoy haciendo con los migrantes es algo bonito porque yo puedo sentir lo que ellos están pasando. Yo sufrí esa tragedia. Yo sentí lo mismo cuando llegué a Tijuana, el racismo, la xenofobia, la gente mala. Y ahora me toca darles esa fuerza de hacerlos sentir que hay oportunidades, que hay una manera de seguir adelante.

—Y justo lo haces en Tijuana, una ciudad de migrantes desde siempre.

—Tijuana es una ciudad del mundo, pero creo que le hace falta mayor educación sobre la migración. Todo mundo dice migrante, migrante. Muchos llegaron de ciudades de México que solo tomaron un avión o un autobús y sí, dicen, somos migrantes, pero no se compara con lo que hicieron para llegar los centroamericanos, los haitianos, los africanos. Por eso no podemos permitir que la gente solo vea por su cuenta, tiene que pensar por los demás.

—¿Qué extrañas de Haití?

—¡Todo amigo! ¡Desde la A hasta la Z! —dice envuelto en carcajada—. Extraño hasta la inseguridad que se vive allá. Extraño sentirme fatal porque tu no te puedes imaginar que me paso recordando que estoy viviendo una vida de rico porque allá, en mi país, solo los ricos tienen luz las 24 horas del día, de tener comida en sus platos, pero el pueblo no la tiene. Pero lo que más extraño es el sol, el mar, la comida, la felicidad en la cara de la gente aunque esté sufriendo; yo creo que somos el pueblo más fuerte del mundo. Y eso me motiva a trabajar más fuerte porque de donde yo vengo ya he sufrido demasiado. Yo estoy disfrutando mi vida. Como siempre digo, he sufrido, he sido maltratado, que no tengo más opción que tener éxito en mi vida.

El libro “Sobreviviente. Ciudadanos del mundo” es una edición de autor. Pascal y varios amigos se unieron para imprimir 1,000 ejemplares, de los cuales se han vendido alrededor de 400. El libro se puede conseguir en la tienda Amazon.