Hijo de un marino, Óscar Bulnes Valero (Monterrey, Nuevo León, 1944) aprendió desde pequeño que todo lo que se empieza se acaba. Por eso, dice, aceptó ser secretario de obra pública, transporte y ecología durante el gobierno de Fernando Canales Clariond. En ese papel, construyó edificios funcionales, como la presa Rompepicos, que libera a Monterrey del peligro de los tornados.

Pero su labor como funcionario público palidece ante su obra arquitectónica. Bulnes Valero rescató y construyó el Parque Fundidora, la Macroplaza, el Palacio Legislativo y el Teatro de la Ciudad. Y eso sólo por mencionar algunos de los lugares públicos en los que ha intervenido.

Se siente orgulloso de sus obras, transpira aunque estemos hablando por teléfono. Habla con entusiasmo de la Macroplaza, el gran espacio donde se junta toda la sociedad regiomontana. Alrededor de ella están los edificios de gobierno —siete en total—, cinco museos, tres iglesias, incluyendo a la catedral de la ciudad. “Un panorama urbano plural”, dice el arquitecto Bulnes con orgullo.

Cuando se le pregunta cuál fue su primer proyecto se ríe: “Alguna casita por ahí”. Su carrera sobre todo se ha decantado por el espacio público, algo que, dice, nace de su amor por la ciudad en la que nació. “No soy político, no tengo partido, a mí me han invitado diferentes gobernadores y alcaldes a trabajar con ellos”. Con Canales Clariond se volvió secretario de gobierno, pero lo suyo es construir. La primera vez que trabajó para un gobierno fue haciendo una guardería para la administración del alcalde Genaro Leal. Luego el alcalde Felipe Zambrano lo convocó para construir el Auditorio San Pedro.

Su trabajo pasó por varios gobernadores: Alfonso Martínez Treviño, quien le pidió la obra de la Macroplaza y el Teatro de la Ciudad; durante el gobierno de Sócrates Rizzo, habilitó la estación del metro Zaragoza, y, comisionado por Carlos Salinas de Gortari hizo, el Museo de Historia Mexicana.

Cuando se convocó a la construcción del edificio del Infonavit, Bulnes le ganó “a puros gallones”, como él lo dice, temiendo sonar pretencioso.

Eso es sólo su currículum. Lo que resulta interesante del arquitecto Bulnes Valero es su filosofía para edificar: “La arquitectura es poesía en piedra. Las ciudades son del color de su tierra. Así como Zacatecas o San Luis Potosí son de cantera, Monterrey es sus montañas”. Montañas que ha recorrido completas, a pie y en moto.

“En Monterrey no tienen lugar esos edificios de cristal horrendos, con el calor que hace en verano y el frío que hace en invierno”. Por eso él crea edificios que respetan “el entorno, el contexto, la historia”.

Los edificios han de hablar por sí mismos o callar para siempre. “Si es una cárcel, debe verse como una cárcel. Lo que digo es que cada edificio debe hablar de sí mismo y contener las emociones de la gente que lo habita. ¿Usted se queda callada ante Teotihuacán, o el Coliseo romano? No, no hay manera de no sentir algo frente a esos monumentos”.

Una emoción que convoque a la gente a ser mejor y más sensible, edificios que hablen como titanes, al mismo tiempo imponentes y cálidos. “La arquitectura no es una fábrica de ladrillos, es una fábrica de personas. El hombre reacciona al espacio que habita, y de eso se trata, de trastornar, de ir directo al alma. Hay edificios que no dicen nada y matan el espíritu”, dice.

Explica que su trabajo es estudiar a profundidad cada proyecto, que le interesa más restaurar que tirar y que su vida ha estado llena de viajes, aprendizaje y aventura, que es lo que lo ha conformado como artista. Porque sí, Óscar Bulnes Valero considera que la arquitectura es arte, no sólo técnica, también emoción, también filosofía.

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