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Harry Potter y la muerte lenta de una franquicia
Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, parte 1 adolece de los mismos males que sus antecesoras: rigidez, falta de ritmo, demasiados detalles sacados directamente de los libros y detalles inútiles. Es una lástima, porque la séptima novela daba para un thriller excelente.

¿Cuántas personas en el mundo no habrán leído los libros de Harry Potter? Digamos que un 50%. De ese universo, ¿cuántos habrán visto las películas? Digamos, de nuevo, que la mitad.
Es una cantidad considerable de gente que, me da la impresión, se queda fuera de las adaptaciones cinematográficas de la saga.
Hay que decirlo: durante 6 cintas, en mayor o menor medida los directores que han tenido la obra de J.K. Rowling en sus manos se han dedicado a ilustrar novelas, no a hacer cine.
Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, parte 1 adolece de los mismos males que sus antecesoras: rigidez, falta de ritmo, demasiados detalles sacados directamente de los libros, detalles inútiles, quiero decir, para narrar cinematográficamente. Es como si no quisieran dejar nada fuera, por miedo a que los lectores de los libros salgan decepcionados.
Pero tanto respeto a la obra original es síntoma de un cineasta sin imaginación. (No es casualidad que la mejor entrega de la serie sea Harry Potter y el prisionero de Azkaban, filmada con descaro analfabeta por Alfonso Cuarón. El mexicano tiene una visión propia, seguramente ni leyó el libro y justo por eso logró una gran película).
Uno esperaría más de David Yates, director de la saga desde la quinta entrega. Con La Orden del Fénix y El Misterio del Príncipe no hizo un mal trabajo: cierta vida fluye en ambas cintas. En comparación, Reliquias de la Muerte le hace honor a su título: es más muerte que otra cosa.
Además, es media película y así se siente. Recuérdese que el gran final de la serie fue dividido, para complacer a los fans (o para duplicar la recaudación, nunca está de más exprimir unos dólares extras a la que ya es la serie fílmica más exitosa de la historia), en dos partes. El resultado es que en dos horas y media apenas nos entregan lo que en una cinta cualquiera nos daría en una hora.
Es una lástima, porque la séptima novela de Harry Potter daba para un thriller excelente. Tras la muerte de Albus Dumbledore, Harry tiene que enfrentarse él solo, sin la protección de nadie, a su confrontación final con Lord Voldemort, quien ha establecido un régimen de terror en el mundo mágico. (Hay toda una analogía entre el mundo de Voldemort y el Tercer Reich, con persecución étnica y ejecuciones sumarias incluidas).
Ha desaparecido la fantasía escolar, nos instalamos en un mundo completamente hostil en el que Harry y sus dos inseparables, Ron y Hermione, tendrán que aprender sobre la marcha a ser adultos. La presión cobra su cuota sobre su amistad: quizá ha llegado la hora de que cada uno vaya por caminos separados.
Parte de esa tensión está presente en la cinta de Yates (cuando los protagonistas deben ocultarse en un bosque, su desolación es palpable. La cinematografía del portugués Eduardo Serra logra el truco) pero el resultado es una cinta dispareja que apenas alcanza a ser el prólogo del gran final.
Gran final que se antoja más como una muerte lenta y dolorosa de una franquicia que nunca logró despegar del todo.
cmoreno@eleconomista.com.mx