Este jueves por la tarde, el director de cine, guionista y productor mexicano Felipe Cazals, consolidado como una de las figuras fundamentales de la cinematografía mexicana, visionario, iniciador de una brecha en el quehacer fílmico independiente, sensible ante los hechos convulsos de nuestro México en distintos escenarios adversos para la libertad de creación y expresión, quien el pasado 16 de octubre perdiera la batalla contra el cáncer de esófago, será merecedor de un homenaje póstumo rendido por la comunidad del séptimo arte en la sede de los Estudios Churubusco.

Convocados por el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), Canal 22, la Sociedad Mexicana de Directores y dichos estudios, los honores se llevarán a cabo en la Sala THX del complejo y además, como fue voluntad del director de filmes como Canoa (1975) y Las Poquianchis (1976), se depositarán flores de colores al pie de la escultura del Ariel en la misma sede.

Los argumentos de un cineasta imprescindible

Para sumarse al homenaje, El Economista conversa con José Antonio Valdés Peña, uno de los críticos de cine más influyentes del país, docente, investigador fílmico y autor de libros como Buñuel, una mirada del siglo XX y Óperas primas del cine mexicano (1988-2000), además pupilo del homenajeado.

“No se puede entender México sin el cine de Felipe Cazals”, en eso han coincidido los que saben de cine mexicano, críticos y directores, en los últimos días, desde la partida del director, comparte Valdés Peña.

“Tuve el gusto de ser uno de los muchos alumnos que tuvo el maestro Cazals a lo largo de su vida. Fue un hombre muy interesado en, como él decía, pasar la estafeta del oficio del cine. Para él era un oficio que había que honrar con dignidad, pero también había la necesidad de hacer de ese oficio un arma crítica”.

Cazals, comparte el investigador, supo retratar ese México bronco, violento, lleno de abismos sociales que terminan por provocar tragedias como la que ocurrió en el pueblo de San Miguel Canoa el 14 de septiembre de 1968, con el impactante linchamiento de cinco jóvenes en un año por demás convulso y retratado por el cineasta en su película de 1975. Pero también los hechos turbios de nuestra vida pública, como, por ejemplo, el accionar de las proxenetas y asesinas seriales, las “Poquianchis”, quienes entre 1945 y 1964, al menos de manera oficial, mataron a más de 90 víctimas. Ni qué decir de la leyenda negra de El apando, hecho que fue escrito por José Revueltas y llevado al cine en 1975.

“Él fue un retratista de esa realidad mexicana, pero también un hombre muy interesado en revisar la historia de nuestro país y fijarse en los antihéroes, no en los héroes celebrados sino aquellos que fueron señalados como los malos del cuento, como Antonio López de Santa Anna (en Su alteza serenísima, de 2004) o Porfirio Díaz, cuya presidencia fue vista como un cúmulo de excesos en Las vueltas del citrillo (2005). Esos pasajes que son el lado B de la historia también hacen de su cine algo muy importante”, señala Valdés Peña.

Por otro lado, apunta el crítico, en un momento de cuestionamiento sobre la desigualdad de género en el país, el cine de Cazals también cobra vigencia, con cintas como Los motivos de Luz (1985), Las inocentes (1986) y Digna… hasta el último aliento (2004). “En ellas retoma a mujeres mexicanas que están rodeadas de esa misma violencia social que las impulsa a tomar decisiones trágicas alrededor de su vida”.

Todo lo anterior, detalla, “hacía de este un cineasta imprescindible en un cine mexicano que entonces, por una cuestión comercial o renuente a educar al público, le daba la vuelta a los problemas importantes. Pero Felipe Cazals fue el espejo negro donde la realidad mexicana estaba puesta en una forma muy fuerte, a través de una violencia latente que espera el momento de estallar. Fue un personaje incómodo para una cinematografía que no se atrevía a confrontar las realidades presentes o pasadas, un hombre que nunca aplicó la autocensura”.

La brecha y el legado

El maestro Cazals, dice su pupilo, “formó parte de una generación que le tocó abrir un camino que los directores actuales siguen aprovechando: para un cine de autor, de expresión personal. El legado está entre nosotros, a quienes enseñó cómo se amaba el cine, cómo respetar una profesión. No creo que un cineasta como él haya dejado discípulos, porque es único e irrepetible, pero cuando ves la obra de cineastas como Everardo González, Tatiana Huezo, Francisco Vargas y muchos más cuyo cine abre la posibilidad de una conciencia social, ahí reconoces el legado del maestro Cazals”.

Destacan en su legado fílmico:

  • Canoa (1975)
  • El apando (1975)
  • Las poquianchis (1976)
  • El año de la peste (1978)
  • Los motivos de Luz (1985)
  • Las inocentes (1988)
  • Su alteza serenísima (2000)
  • Digna... hasta el último aliento (2004)
  • Las vueltas el citrillo (2006)

ricardo.quiroga@eleconomista.mx