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El privilegio de sanar

OpiniónEl Economista

Hace unas semanas escribí en este espacio sobre el enorme costo que representa para México no atender la salud mental de sus jóvenes a tiempo. Hablábamos del impacto económico, educativo y social que tiene dejar crecer un problema hasta convertirlo en crisis. Pero desde entonces no he dejado de pensar que quizá esa no sea la pregunta más importante.

Porque si hoy sabemos que la salud mental importa; si conocemos sus consecuencias sobre la productividad, la educación, la violencia y el desarrollo económico; si hablamos de ansiedad, depresión, suicidio y bienestar emocional con mucha más apertura que hace algunos años, entonces vale la pena preguntarnos algo distinto.

¿Por qué sigue siendo tan difícil recibir atención? Creo que ahí se encuentra la verdadera crisis.

Durante años pensamos que el principal obstáculo era el estigma. Había que convencer a las personas de pedir ayuda, de hablar de lo que sentían, de entender que acudir a terapia no era una señal de debilidad. Esa conversación era necesaria y, afortunadamente, está cambiando. Hoy millones de personas saben que necesitan apoyo. Lo que no encuentran es dónde recibirlo de manera accesible y profesional. Ya no solo estamos frente a una falta de conciencia, ahora lo que falta también es infraestructura.

Porque una cosa es reconocer un problema y otra muy distinta es construir la capacidad para resolverlo. Imaginemos por un momento que la mitad del país no pudiera consultar a un cardiólogo durante meses. O que una mujer con sospecha de cáncer tuviera que esperar semanas para acceder a un especialista porque simplemente no existen suficientes espacios de atención. Nos parecería inaceptable. Entenderíamos que se trata de una urgencia que no admite demora.

Pero, ¿acaso no representa también una urgencia vivir durante semanas con ataques de ansiedad, despertar cada mañana con una tristeza que no desaparece, dejar de dormir por el miedo, vivir atrapado por el pánico, una fobia o una desesperanza constante? ¿No es una urgencia que una adolescente deje de asistir a la escuela porque la ansiedad la paraliza, o que un padre de familia sea incapaz de trabajar porque el estrés o la depresión le impiden levantarse de la cama?

Tal vez no siempre se trate de una urgencia médica. Pero sí de una urgencia sentida. Una urgencia que invade la vida cotidiana, deteriora las relaciones familiares, rompe proyectos de vida, afecta el desempeño escolar o laboral y que, con demasiada frecuencia, termina convirtiéndose en una emergencia cuando durante demasiado tiempo nadie estuvo ahí para atenderla.

Ninguna emergencia emocional aparece de un día para otro. Antes fue una urgencia sentida que el sistema no reconoció como prioritaria.

Sin embargo, con la salud mental hemos terminado normalizando exactamente eso. Hemos aceptado que una cita puede tardar meses. Que una consulta privada sea inaccesible para millones de familias. Que existan comunidades enteras donde nunca ha trabajado un profesional de la salud mental. Que muchas personas sólo logran recibir atención cuando la crisis ya es insostenible.

Y entonces culpamos a las personas por llegar tarde, cuando tal vez deberíamos preguntarnos si el sistema les dio alguna oportunidad de llegar a tiempo.

Hablar de acceso no significa únicamente hablar de dinero. Significa hablar de disponibilidad, de cobertura, de cercanía, de tiempos de espera, de profesionales suficientes y de modelos de atención que realmente respondan a la dimensión del problema.

Significa preguntarnos si una adolescente en la Sierra Tarahumara, un universitario en Monterrey, una madre en Ecatepec o un trabajador en Mérida tienen hoy la misma posibilidad de recibir atención psicológica cuando la necesitan.

La respuesta, lamentablemente, es no.

Durante décadas entendimos que el desarrollo de un país dependía de construir carreteras, hospitales, universidades y aeropuertos. Invertimos miles de millones de pesos en infraestructura física porque comprendimos que sin ella el crecimiento era imposible. ¿Por qué seguimos pensando que el bienestar emocional puede sostenerse sin infraestructura propia?

Porque la infraestructura también son personas. Son profesionales suficientes y bien preparados. Son servicios cercanos. Son tecnología. Son prevención. Son redes comunitarias. Son sistemas capaces de intervenir antes de que aparezca la tragedia. No basta con decirle a la población que pida ayuda. Hay que garantizar que esa ayuda exista.

Y esa responsabilidad no puede recaer únicamente en las familias. También corresponde a los gobiernos, a las universidades, a las empresas, a las aseguradoras y a quienes diseñan las políticas públicas.

La conversación ya no debería centrarse en convencer a las personas de que la salud mental importa. Eso, por fortuna, cada vez lo entendemos mejor. La conversación debería centrarse en algo mucho más desafiante: construir un país donde sanar deje de ser un privilegio.

Durante mucho tiempo pensamos que la desigualdad se medía por el ingreso, la educación o el lugar donde una persona nacía. Hoy habría que sumar otra variable: la posibilidad de recibir ayuda cuando la mente y las emociones comienzan a quebrarse. Porque el verdadero privilegio ya no es solamente vivir más. Es tener la oportunidad de sanar a tiempo.

*La autora es especialista en políticas públicas para juventudes y salud emocional. Creadora del Hospital de las Emociones de la Ciudad de México.

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