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Al dictador lo bailaron

OpiniónEl Economista

Los dos partidos en el poder hasta entonces prometieron mucho pero no cumplieron. Con un nuevo personaje, que prometía miel después de polvo, el electorado se volcó a votar en masa por un cambio. Sin embargo, detrás de ese anhelado cambio, un giro populista que prometió ser moderado pero acabó por destruir el país. 

En 1998, Hugo Chávez llegó a la presidencia como el mesías caribeño que salvaría a su patria. En entrevistas, decía que respetaría a la democracia, a las inversiones, las empresas privadas y haría de su país la utopía prometida por Simón Bolívar. Tan solo un año después, cambió la Constitución para reelegirse por primera vez y extender su mandato.

Poco a poco, fue desmantelando las instituciones que funcionaban en el país. Los medios de comunicación privados fueron expropiados, las empresas productivas canceladas y, el mayor motor económico del país, Petróleos de Venezuela (PDVSA), tomado por militantes con poca experiencia o capacidad pero mucho anhelo de riqueza.

A principios de los 2000, familiares del que escribe, que trabajaban en esa empresa, osaron protestar contra la intervención de Chávez en PDVSA y fueron puestos en la famosa lista negra. En automático eran removidos de sus cargos, cancelados sus posibilidades de trabajar en el sector público y, sistemáticamente acosados por el Estado.

La clase media tomó una y otra vez las calles, pero la bonanza petrolera era una fuente “inagotable” de clientelismo y su el gasto del gobierno. Aquellos que apoyaron sin recovecos las ocurrencias de Chávez no saben que detrás del héroe estaba su verdugo.

Se construyeron narrativas e insultos desde el púlpito presidencial para desacreditar a todo aquél que no estuviera con el Chavismo y el altar a la personalidad de Chávez. Sin embargo, como todo mortal, Hugo Rafael Chávez Frías murió como llegó al mundo, sin llevarse nada. En marzo de 2013, tomó posesión el pupilo sin carisma. Para entonces, el petróleo ya sufría una crisis. El principal producto de exportación venezolana ya no valía lo mismo, además de que las improvisaciones y corruptelas de los encargados del país hicieron mella.

El resultado es una de las mayores crisis económicas, políticas y sociales de un país en paz en el siglo XX y XXI. Desde 2013 hasta 2020, el Producto Interno Bruto cayó 75%, más de 7 millones de venezolanos salieron de su país y el gobierno era ya una broma ante la comunidad internacional. Los únicos que lo tomaban “en serio” eran aquellos que querían participar en su riqueza petrolera y por motivos geopolíticos.

El dictador bailador, Nicolás Maduro, entrenado en Cuba y protegido por la inteligencia cubana, solo supo crear narrativas alrededor de la crisis y fraudes electorales. Ante las cámaras, todo era retórica, aplausos y bailes. Para los gobiernos aliados en América Latina, los Derechos Humanos solo aplicaban a conveniencia. Cuba y Venezuela no eran culpables sino el maldito imperialismo. La ceguera es selectiva y México se unió a ese club en 2018.

Así, llegamos a la acción que tomó EE.UU. con el arresto de Maduro. Aunque cuestionable ante la violación del derecho internacional, parece que era necesaria. Detrás no está una promesa de democracia, sino la abundancia de su oro negro.

El principal cayó, pero siguen los verdugos en el poder.

Mientras tanto, México, poco a poco, asume el papel regional de Venezuela de denuncias al “imperialismo” y el apoyo irrestricto a las dictaduras. Así nos irá.

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