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Lo que aprendimos de las consultas sobre el T-MEC
Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada
En preparación para la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), México llevó a cabo una serie de consultas abiertas con empresas, especialistas y representantes de distintos sectores productivos, cuyos resultados se presentarán oficialmente el próximo lunes. La pregunta central de ese ejercicio era sencilla: ¿qué ha funcionado en la integración económica de América del Norte y qué debería cambiar? El resultado más relevante de esas conversaciones no fue descubrir problemas inesperados, sino confirmar algo que ya estaba detrás de la defensa del acuerdo. La integración productiva de la región es mucho más profunda de lo que suele reconocerse en el debate público.
En buena parte del debate público, el comercio internacional sigue interpretándose como un intercambio entre economías separadas. Sin embargo, la realidad productiva de América del Norte es muy distinta. En numerosos sectores industriales, los procesos de producción se distribuyen entre los tres países de la región. Componentes fabricados en Estados Unidos se integran en plantas mexicanas, partes producidas en México regresan al norte de la frontera para su ensamblaje final y muchos bienes cruzan la frontera varias veces a lo largo de su proceso de fabricación. Lo que aparece en las estadísticas como comercio entre países es, en muchos casos, producción compartida.
Esta arquitectura productiva explica por qué el comercio dentro de América del Norte tiene características distintas a las de otras relaciones comerciales. Una proporción significativa del valor de lo que México exporta a Estados Unidos incorpora insumos producidos en ese país. Las cadenas de suministro regionales están diseñadas para aprovechar las capacidades industriales de cada economía, su proximidad geográfica y la posibilidad de mover insumos con rapidez entre distintas etapas del proceso productivo.
Desde esta perspectiva, interpretar el déficit comercial de Estados Unidos con México como el resultado de una competencia entre economías separadas resulta engañoso. En muchos casos, cuando México exporta manufacturas al mercado estadounidense también lo hace la propia industria estadounidense, a través de los insumos, componentes y servicios que forman parte de esas exportaciones. La relación comercial entre ambos países refleja una interdependencia productiva profunda más que una competencia directa entre sistemas industriales.
La geografía refuerza esa integración. La proximidad entre los tres países permite tiempos de entrega de días, no de semanas, lo que ha hecho posible sistemas de producción altamente sincronizados. En sectores como el automotriz, el electrónico o el de maquinaria, esta capacidad de coordinar cadenas productivas a escala regional se ha convertido en una de las principales ventajas competitivas de América del Norte.
Sin embargo, algunas de las discusiones recientes sobre política comercial dentro de la región parecen ignorar cómo funciona realmente esta arquitectura productiva. La imposición de aranceles en sectores donde las cadenas de valor están profundamente integradas, el uso recurrente de instrumentos antidumping o la adopción de medidas que introducen incertidumbre regulatoria pueden terminar encareciendo insumos y debilitando la competitividad de las propias industrias norteamericanas.
Cuando estas medidas se aplican dentro de un sistema productivo tan interconectado, sus efectos no se limitan al país al que van dirigidas. Con frecuencia terminan afectando a empresas que operan en los tres países, encareciendo procesos productivos que dependen de flujos constantes de componentes a través de las fronteras. En lugar de fortalecer a las industrias de la región, pueden fragmentar cadenas de valor que precisamente se construyeron para competir a escala global.
Las consultas realizadas en México reflejan con claridad esta preocupación. Empresas, especialistas y representantes de distintos sectores coincidieron en señalar que uno de los principales retos para los próximos años es profundizar la integración productiva regional. Esto implica aumentar el contenido regional de lo que se produce dentro del bloque, fortalecer cadenas de suministro estratégicas y aprovechar mejor las capacidades industriales complementarias de los tres países.
En este contexto, la revisión prevista del T-MEC debe entenderse como una oportunidad para fortalecer un modelo que ya ha demostrado su eficacia. El objetivo no debería ser redefinir los fundamentos de la integración económica norteamericana, sino mejorar su funcionamiento, reducir fricciones innecesarias y crear condiciones para que la región genere más valor agregado y más empleo en los años por venir.
Después de tres décadas de integración económica, América del Norte ya no funciona como tres mercados independientes. Opera cada vez más como una plataforma productiva compartida. Reconocer esta realidad es esencial para orientar correctamente el proceso de revisión del T-MEC. Fortalecer esa integración no solo beneficiará a cada uno de los países de la región, sino que permitirá consolidar uno de los espacios económicos más dinámicos del mundo.