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Mi gusto es
Leyendo Juliet, Naked, nueva novela del escritor inglés Nick Hornby (muy recomendable, por cierto), me puse a pensar cuánto de nuestra identidad depende de las cosas que nos apasionan.
Volátil como es, intenso como debe ser, el gusto es quizá el fragmento más libre de la experiencia humana. Es libre porque libremente renunciamos a la libertad absoluta y vacía del que no gusta de nada, para volvernos esclavos de lo que nos gusta.
Cuando encontramos eso que nos gusta, un demonio asciende de los infiernos y mete su dedo malevolente hasta el centro de nuestras entrañas, cruelmente, como un anzuelo se clava en la boca de un pez. Condenados a seguir las precarias veredas de la pasión.
Nos volvemos defensores a ultranza del objeto de la pasión. Nos ponemos defensivos cuando alguien nos pide explicación (pero de verdad, ¿qué explicación puede haber para el gusto?).
Si alguien proclama algo como, por ejemplo, Picasso está sobreestimado , inmediatamente se convierte en objeto de sospecha de quien escribe. Los que comparten un gusto se vuelven hermanos al menos en el instante de la adoración -que, aceptémoslo, es más que un instante-, lo que no... bueno, allá ellos.
En Juliet, Naked, Hornby nos presenta a Duncan, apasionado fanático de Tucker Crowe, músico que, de creerle a Duncan, es un poeta superior a Bob Dylan, un rockero más honesto que Bruce Springsteen y mejor cantante que cualquiera de los dos. Un día, en pleno éxito, Tucker Crowe se retira de la vida pública.
Duncan dedica su vida a especular no sólo sobre el misterioso retiro de su héroe, sino, sobre todo, a desvelar por milésima, millonésima vez, los misterios de su música y su vida.
Que nadie lo dude: ser un fan duele. Después de oír el disco, de leer el libro, de admirar el cuadro, de absorber la idea hasta el tuétano, de acomodar la vida para que el objeto de la pasión quede al centro, ¿qué sigue? ¿Qué queda? La expresión post coitum triste suena adecuada, pero no suficiente.