Esta semana se cumple el décimo aniversario de la caída de Lehman Brothers que detonó la crisis financiera que todos conocemos. Habiéndome sumergido, como lo hacen los espeleólogos en las minas, en la vida de uno de los protagonistas, tengo mi propia perspectiva.

Hace dos años, cuando escribí la biografía sobre el expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, me preocupaba que la comprensión sobre la crisis fuera errónea. Ahora, cuando miramos hacia atrás, después de una década completa, resulta peligroso desconocer las raíces que la originó.

Muchos pensaron que la culpa la tuvieron los ingenuos que creen en la eficacia de la autosupervisión de los mercados y, por lo tanto, fueron ellos los que nos llevaron al precipicio.

Greenspan fue pintado como el sumo sacerdote de este engaño laissez-faire-cuento de hadas. Greenspan matizó frente al Congreso su “defecto”: todos los sistemas de creencias, ya sean a favor del gobierno o a favor de los mercados, son imperfectos.

A medida que se desacreditaba la fe en los mercados, la imaginación popular dirigía sus dardos hacia la economía del comportamiento, el estudio de cómo los financieros o, de hecho, los consumidores comunes no son ni eficientes ni necesariamente racionales en la búsqueda de sus propios intereses.

El comportamiento humano es un campo maravilloso, pero sus ideas habían sido entendidas por economistas al menos desde la década de 1980, un cuarto de siglo antes de la quiebra de Lehman.

Contrariamente al mito, Greenspan nunca creyó que los mercados fueran eficientes. En su juventud, escribió de manera lúcida sobre las burbujas y los cracks financieros, y consideró las ineficiencias del mercado tan obvias que intentó explotarlas mediante el consumo cotidiano.

Con frecuencia Greenspan recordó a sus colegas que los periodos de prosperidad podrían ser perforados por la “exuberancia irracional” de los mercados financieros.

La lección importante de la crisis de Lehman no es que los mercados fallan, eso se sabía con anterioridad. La lección es que la intervención de la maquinaria de un gobierno ineficiente y de lobbies rapaces, provocaron lo que vimos.

Incluso hoy en día, el sistema financiero tiene múltiples supervisores que responden ante múltiples comités del Congreso. Este escenario genera un conjunto de oportunidades para los legisladores. Algo más: los subsidios del gobierno en hipotecas continúan.