Escrito en primera persona, esta autobiografía es la presentación al mundo de la nueva vicepresidenta de Estados Unidos, una mujer que ha hecho historia a cada paso de su carrera y nos permite evaluar los importantes cambios políticos y sociales vividos en las últimas cinco décadas, así como los desafíos que nos aguardan.

La historia de Kamala Harris comienza desde su dura infancia hasta convertirse en la mujer más poderosa de Estados Unidos. En las páginas de Nuestra verdad recuerda con especial cariño una niñez más dura de lo esperado y deseado, y no duda en afirmar que su gran referente fue su madre, una señora luchadora y persistente, que no se rendía fácilmente y que era consciente de las desigualdades de una nación que estaba cansada de repetir un mismo lema de país de los sueños cuando era el encargado de destrozarlos mostrándose impasible ante las desgracias de una población que estaba cada vez más ahogadas en sus penas.

“Mi madre cocinaba como un científico. Siempre estaba experimentando; ternera salteada con salsa de ostras una noche, tortitas de patata otra. Incluso mi almuerzo se convirtió en un laboratorio para sus creaciones: en el autobús, mis amigos, con sus sándwiches de mortadela o de crema de cacahuete y mermelada, preguntaban entusiasmados: —Kamala, ¿de qué es el tuyo? Abría la bolsa de papel marrón, que mi madre siempre decoraba con una carita sonriente o un dibujito. —¡Queso para untar y aceitunas con pan de centeno! Debo admitir que no todos los experimentos salían bien, al menos no para mi paladar de alumna de primaria. Pero no importa, era distinto, y eso lo hacía especial, como a mi madre. Mientras cocinaba, mi madre acostumbraba a poner a Aretha Franklin en el tocadiscos y yo bailaba y cantaba en el salón como si fuera mi escenario. Escuchábamos todo el tiempo su versión de “To Be Young, Gifted and Black”, un himno del orgullo negro que primero interpretó Nina Simone. Gran parte de nuestras conversaciones tenían lugar en la cocina. Cocinar y comer eran cosas que nuestra familia solía hacer junta.

“Allí fue también donde comprendí la consecuencia lógica de las enseñanzas diarias de mi madre, donde empecé a imaginar qué me podía deparar el futuro. Mi madre nos estaba criando en la creencia de que ‘¡Es demasiado difícil!’ nunca es una excusa aceptable; que ser buena persona es sinónimo de admitir que hay algo más grande que tú misma; que el éxito se calibra en parte por lo que ayudas a los demás a alcanzar sus logros y llevarlos a cabo. Nos decía:

‘Enfréntate a los sistemas para conseguir que sean más justos, y no te limites al hecho de que algo siempre haya sido así’. En el Rainbow Sign vi esos valores en acción, la encarnación de esos principios. Era una educación cívica, la única que yo conocía, y que suponía que era la que recibía todo el mundo. Me gustaba estar allí”.

Ese es parte del relato inicial de Harris que ya como Fiscal General de California procesó a las bandas transnacionales, los grandes bancos, las petroleras, las universidades con ánimo de lucro y luchó contra los ataques a la Ley de Atención Asequible. “Aunque la semilla se plantó muy pronto, no sé bien cuándo, exactamente, decidí que quería

ser abogada. Algunos de mis principales héroes eran abogados: Thurgood Marshall, Charles Hamilton Houston, Constance Baker Motley..., gigantes del movimiento por los derechos civiles. Me importaba mucho la justicia y veía el derecho como un instrumento que podía contribuir a la igualdad”, escribe Kamala Harris.

El texto:

Kamala Harris, Nuestra Verdad, Editorial Planeta