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Opinión

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Tres matices

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Alexia Bautista | Columna invitada

Alexia Bautista

Esta semana me sorprendió fuera del país, en medio de conversaciones sobre lo ocurrido en Jalisco y sus implicaciones. Las imágenes se propagaron con rapidez. Observar a México desde el exterior obliga a una constatación incómoda: los países, casi sin excepción, terminan encapsulados en clichés. Simplificamos para entender; reducimos para clasificar.

Escuché a un inglés afirmar que su país carece de identidad por ser demasiado multicultural. Mientras lo oía, pensé en la monarquía. Para el observador externo, ese símbolo parece suficiente para condensar siglos de historia. Un atajo mental. Una narrativa cómoda. Con México ocurre algo parecido. Tacos, mariachis, sombreros… y narco. Una asociación dolorosa y simplista, pero persistente. Los acontecimientos del fin de semana reforzaron esa narrativa.

Comparto aquí tres reflexiones necesarias sobre lo ocurrido:

Primer matiz: la dimensión importa. México es vasto, diverso y profundamente desigual en sus dinámicas regionales. Sin embargo, en la conversación internacional circulaba la idea de un país entero en llamas. Esa disonancia revela algo elemental, que la escala importa. Empresas multinacionales con operaciones en el país tuvieron que explicar a sus consejos de administración qué estaba ocurriendo realmente. Circularon análisis que superponían el mapa de México con el de Estados Unidos o Europa para dimensionar su extensión territorial y subrayar que los hechos más violentos se concentraron en el occidente.

Pero la cartografía no corrige la narrativa. Lo complejo no es ajustar protocolos de seguridad que forman parte de la operación habitual de muchas compañías, sino sostener la confianza de quienes deben vivir y trabajar aquí y de sus familias. La reputación de un país pesa más que sus kilómetros cuadrados. Pocos aceptarían con tranquilidad trasladarse a un lugar asociado al conflicto, aun cuando las zonas de riesgo estén delimitadas.

Segundo matiz: la dolorosa normalización. Quizás quien observa desde lejos imagina siempre lo peor. Pero también es cierto que los mexicanos hemos aprendido a convivir con la violencia. Feminicidios, desapariciones, crimen organizado, territorios disputados. La normalización no equivale a normalidad.

Armando Vargas habla de un “régimen criminal” incrustado en las estructuras sociales, económicas y políticas del país. No se trata de episodios aislados, sino de la presencia permanente en territorios enteros. Esta semana, el podcast The Daily del New York Times dedicó un episodio a la captura de El Mencho. Una frase me pareció especialmente inquietante: “el narco hace mucho por estas comunidades”. El reconocimiento de un vacío porque allí donde el Estado no llega, otros ocupan el espacio. El horror convive con la costumbre. Y la costumbre anestesia.

Tercer matiz: la vecindad. México no es un país latinoamericano más. La relación con Estados Unidos es una variable estructural, casi ontológica que moldea economía, política e imaginarios. En mis intercambios con colegas latinoamericanos suelo advertir esa diferencia incluso en el lenguaje. Mientras en los países andinos o los del Cono Sur comparten giros, referencias y una familiaridad cultural entre sí, en amplias zonas de México los anglicismos forman parte del habla cotidiana. No es un detalle menor, revela una cercanía que atraviesa la vida diaria.

Esa vecindad influyó en la operación de la semana pasada mediante cooperación en inteligencia, y presión política. Pero también perpetúa el problema. La demanda de drogas del otro lado y el flujo constante de armas hacia el sur siguen intactos. La violencia es transnacional, aunque el costo se concentra aquí. Curiosamente, a casi ninguno de mis interlocutores extranjeros le cruza por la mente esta corresponsabilidad. En su narrativa, el problema es mexicano. Y nada más.

Ampliar la mirada es difícil. Vivimos en una época que premia el prejuicio y la simplificación. Toda identidad se construye en el espejo del otro, pero el riesgo está en aceptar sin matices el reflejo que nos devuelven. Deseo que el gobierno asuma no sólo el mérito de la operación, sino también sus consecuencias. Que sea capaz de revertir el daño reputacional que hoy pesa sobre México. El nacionalismo ciego no ayuda, pero la autodenigración tampoco. A nadie le resulta indiferente que su país —que para muchos sigue siendo una forma íntima de pertenencia— quede reducido a violencia, narcotráfico y crimen.

Alexia Bautista

Analista internacional y exdiplomática mexicana.

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