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Santilli, ¿de nombramiento a apuesta fiscal en Argentina?

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OpiniónEl Economista

El fin de semana pasado el gobierno de Javier Milei confirmó a Diego Santilli como nuevo jefe de Gabinete, reemplazando a Manuel Adorni, quien renunció tras cuatro meses de acusaciones por presunto enriquecimiento ilícito que mantuvieron en vilo al Ejecutivo. Este nombramiento, visto sólo desde lo político, parecería una decisión menor frente a la magnitud de los desafíos macroeconómicos que enfrenta Argentina en el bienio 2026-2027. Sin embargo, el cambio merece una lectura más puntual porque toca directamente el obstáculo que ha puesto a prueba el programa económico de Milei. Con poco más de 40% de representación de La Libertad Avanza y aliados en la Cámara de diputados, las negociaciones sobre las reformas estructurales se tendrán que dar “obligatoriamente” con los gobernadores de las provincias y es allí donde la experiencia de Santilli en la función pública entra en escena.

En el plano económico, durante los primeros dos años de mandato se logró el primer superávit fiscal en más de una década (2024-2025). Esto se consiguió a través del ajuste fiscal a las provincias, ya fueran aliadas u opositoras. Esa uniformidad sostuvo la credibilidad del programa, pero redujo de manera considerable, mediante el gasto discrecional hacia esas mismas provincias, una de las principales herramientas de negociación política del Ejecutivo. La diferencia en el nombramiento de Santilli con sus antecesores (Nicolás Posse, Guillermo Francos y luego Adorni) es que es un operador político de pura cepa, con una carrera construida en puestos nada triviales. El último cargo antes del acercamiento al mileísmo fue la diputación nacional por la provincia de Buenos Aires. Ya en la era Milei fue designado como Ministro del Interior, lo que le valió llegar a jefe de Gabinete. Para lograr las alianzas que destraben las reformas estructurales pendientes en el Congreso, Milei necesitaba un perfil “con músculo político” como el de Santilli con la capacidad negociadora directa con los gobernadores para posibilitar las políticas económicas faltantes.

El uso político del gasto discrecional para “comprar” gobernabilidad en las provincias no es un escenario hipotético que Santilli podría activar en el futuro próximo. La herramienta ya opera así, premiando con partidas extraordinarias a gobernadores que apoyan a Milei en el Congreso y castigando a quienes no lo hacen –exactamente el tipo de "flexibilidad" que en el pasado argentino terminó erosionando el superávit.

De cara a 2027 no es eso lo que está en juego, sino si la flexibilidad se profundiza. El mismo mecanismo que produce éxito es al mismo tiempo un detonante de riesgo paralelo, de modo que si antes el riesgo de la fragilidad económica argentina era el plano cambiario, ahora se ha trasladado al plano fiscal.

Santilli, el coordinador del gabinete y la cara ante el Congreso se ha convertido en una pieza clave del presidente Javier Milei rumbo a las elecciones de 2027 con un matiz. Por un lado, su buena relación con los gobernadores puede darle a Milei la gobernabilidad legislativa necesaria. Por el otro, posiciona a Santilli como el candidato para disputarle la provincia de Buenos Aires a Axel Kicillof, ya que Santilli ha declarado sus aspiraciones a la gobernación en 2027. La paradoja es la siguiente: si el gasto discrecional (la “billetera” en la jerga argentina) que usa Santilli para destrabar las reformas pendientes opera como una simple redistribución dentro del presupuesto sin que ello suponga un gasto adicional, el ancla fiscal se mantendría como el pilar más sólido del programa económico de Milei. Pero con el calendario electoral de 2027 cerca, la tentación de que esa discrecionalidad deje de ser redistributiva y empiece a presionar sobre el resultado agregado, no será una falla técnica del plan económico, sino una decisión política que será una fuente de riesgo de pronóstico reservado. La historia económica argentina nos ha enseñado que la sostenibilidad fiscal rara vez colapsa por un solo factor evidente y esta tentación en la que puede caer el gobierno argentino podría hacer que el país encuentre, una vez más, la manera de que una crisis económica nazca de una necesidad política y no de un error en el plan económico.

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