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Opinión

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El riesgo que todavía no vemos

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Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada

Maribel Núñez Mora F.

Hace unos días, mi compañero Gerardo Hernández publicó en estas páginas un dato que, a primera vista, podría parecer una cifra más del mercado laboral. Durante el primer semestre del año, el trabajo independiente fue la modalidad de ocupación que más creció en México, mientras el empleo subordinado registró la mayor contracción. La nota explica las razones inmediatas de ese comportamiento y recupera la interpretación de la Organización Internacional del Trabajo, que observa este fenómeno como una respuesta al menor dinamismo del empleo asalariado. Los datos son claros. Lo que quizá todavía no terminamos de discutir son sus implicaciones.

Diez meses atrás, comenzó este espacio con una pregunta que entonces parecía adelantada a la conversación pública: ¿estábamos interpretando correctamente los cambios que estaban ocurriendo en la economía? Desde entonces hemos hablado de una nueva clase trabajadora, de la informalidad estructural, de profesionistas que hicieron todo lo que se esperaba de ellos y, aun así, descubrieron que el mercado ya no funcionaba bajo las reglas para las que fueron preparados. También hemos cuestionado la manera en que entendemos el emprendimiento, no como la creación de empresas, sino como la capacidad de convertir la experiencia en una actividad económica. No fueron temas distintos. Fueron distintas manifestaciones de una misma transformación. Los datos publicados la semana pasada sugieren que aquella conversación apenas comienza.

Quizá este sea un buen momento para explicar el propósito de esta columna. El Poder del Riesgo no nació para anticipar crisis ni para ofrecer respuestas rápidas a los problemas económicos. Nació de una inquietud mucho más sencilla: identificar los riesgos que suelen pasar desapercibidos mientras la realidad cambia frente a nosotros. La incertidumbre forma parte de cualquier proceso de cambio. No desaparece por el simple hecho de acumular información. Lo que sí podemos hacer es aprender a identificar los riesgos que la producen, porque las decisiones rara vez fracasan por falta de esfuerzo. Con mucha frecuencia fracasan porque parten de un diagnóstico equivocado.

Eso es precisamente lo que me parece más interesante del crecimiento del trabajo independiente. El riesgo no consiste en que existan más personas trabajando por cuenta propia. Ese cambio lleva varios años desarrollándose y las cifras simplemente comienzan a hacerlo visible. El verdadero riesgo aparece cuando  interpretamos ese fenómeno con categorías que pertenecen a otra economía. Durante décadas, el destino natural de un profesionista consistía en incorporarse a una organización. La empresa encontraba clientes, administraba recursos, construía una reputación y transformaba el conocimiento de sus colaboradores en valor económico. Hoy una parte creciente de los profesionistas necesita convertir directamente su conocimiento en valor económico.

Ese cambio parece sutil, pero modifica por completo la conversación sobre el desarrollo profesional. Si seguimos creyendo que el principal desafío consiste únicamente en dominar una disciplina, es probable que terminemos preparándonos para resolver un problema que ya no es el más importante. El conocimiento técnico continúa siendo indispensable. Nadie discutiría la importancia de que un médico conozca los avances de su especialidad o de que un abogado domine los cambios legislativos. Sin embargo, el mercado comienza a plantear una pregunta distinta. ¿Cómo convierte ese profesionista todo ese conocimiento en una actividad económica capaz de sostenerse en el tiempo?

Cuando las personas no logran identificar con claridad qué cambió, suelen responder fortaleciendo aquello que conocen mejor. Es una reacción comprensible. Si el mercado parece más exigente, la respuesta intuitiva consiste en estudiar más. Sin embargo, esa decisión solo resulta eficaz cuando el diagnóstico inicial es correcto. 

Quizá por eso observamos un fenómeno que resulta cada vez más frecuente. Frente a la incertidumbre, muchas personas responden acumulando más conocimiento. Un diplomado más. Otra certificación. Un nuevo curso. La lógica parece impecable. Si el mercado cambió, la respuesta debería ser aprender más. El problema es que esa decisión parte de un supuesto que pocas veces cuestionamos: creer que el riesgo consiste en no saber suficiente.

¿Y si ese no fuera el riesgo?

¿Y si el verdadero desafío no consistiera en acumular más conocimiento, sino en aprender a convertir el conocimiento que ya poseemos en valor para otros?

La diferencia parece pequeña, pero cambia el sentido de nuestras decisiones. Durante años invertimos en nuestra formación con la expectativa de que, tarde o temprano, produciría mejores oportunidades. Esa lógica funcionaba cuando las organizaciones se encargaban de transformar el capital humano en valor económico. Hoy, una parte creciente de las personas necesita construir por sí misma el proceso mediante el cual su conocimiento genera valor económico. No porque las empresas hayan desaparecido, sino porque el mercado laboral se volvió mucho más diverso y la experiencia comenzó a ocupar un lugar distinto dentro de la economía.

Tal vez por eso encontramos profesionistas con trayectorias impecables que siguen teniendo dificultades para explicar por qué un cliente debería elegirlos. No carecen de experiencia. Tampoco de preparación. Lo que ocurre es que nadie les enseñó a integrar todo ese conocimiento dentro de una estructura capaz de generar valor económico. Durante años aprendieron a ejercer una profesión. Muy pocos fueron preparados para convertir su experiencia en una fuente de creación de valor. 

Durante años aprendimos a invertir en nuestra formación. Cada curso, cada proyecto y cada año de experiencia aumentaron nuestro capital profesional. Sin embargo, todo inversionista sabe que acumular activos no equivale a construir patrimonio. Los activos generan valor cuando forman parte de una estrategia capaz de integrarlos. Con nuestra experiencia ocurre algo parecido. El conocimiento no produce valor por el simple hecho de existir. Necesita una estructura que le permita resolver problemas para otros. Solo entonces deja de ser experiencia acumulada y comienza a convertirse en patrimonio. 

Por eso creo que la conversación sobre el trabajo independiente apenas comienza. El crecimiento de esta modalidad de ocupación no solo modifica las estadísticas laborales. También nos obliga a replantear la manera en que entendemos la preparación profesional, la creación de valor y, sobre todo, los riesgos que enfrentamos en una economía donde la experiencia se ha convertido en uno de los activos más importantes de millones de personas.

La incertidumbre seguirá acompañando esta transición. Ninguna política pública, ninguna universidad y ningún curso podrán eliminarla por completo. Pero identificar correctamente los riesgos cambia la calidad de nuestras decisiones. Quizá ese sea, después de todo, el propósito de este espacio: no ofrecer certezas donde no existen, sino contribuir a que hagamos mejores preguntas sobre los cambios que ya están ocurriendo frente a nosotros. Porque, cuando aprendemos a identificar el riesgo correcto, dejamos de prepararnos para resolver el problema equivocado.

Hace diez meses comenzó esta conversación. Si algo he aprendido en este tiempo es que las mejores columnas no terminan cuando se publican. Empiezan cuando alguien decide cuestionarlas, complementarlas o llevarlas en otra dirección. Si esta reflexión le provocó una pregunta, una diferencia de opinión o identificó un riesgo que vale la pena poner sobre la mesa, conversemos. Después de todo, identificar los riesgos de una economía en permanente incertidumbre es una tarea que difícilmente puede hacerse en solitario.  

*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.

"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."

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Maribel Núñez Mora F.

Abogada de formación y maestra en administración de negocios y mercadotecnia.

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