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Opinión

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Pemex y el fracking

México enfrenta vulnerabilidad energética por dependencia del gas natural importado; reabrir fracking y aprender del pasado puede impulsar autosuficiencia y competitividad industrial nacional.

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Jorge A. Castañeda | Columna invitada

Jorge A. Castañeda Morales

Ahora que la guerra parece haber terminado —o al menos en pausa— distintos países empiezan a sacar conclusiones de lo que esta guerra demostró. Antes de entrar en las implicaciones geopolíticas, vale la pena entender qué lecciones puede derivar México de la crisis en los mercados energéticos. La primera es que no importa dónde se produzca el hidrocarburo: todos están expuestos a la volatilidad de los precios, incluso Estados Unidos, hoy el principal productor de crudo y gas natural del mundo.

Para entender la realidad que enfrentamos debemos abandonar la idea de que somos un país petrolero con superávit de hidrocarburos. No lo somos. La época en que sí lo era quedó atrás. De hecho, hoy importamos una parte sustancial de los energéticos que consumimos y la principal fuente es el gas natural. No es casualidad que ayer la presidenta dedicara buena parte de su mañanera a este tema. Desde hace años, diversos expertos advierten que el gas natural es la principal vulnerabilidad de México, un problema que el gobierno anterior ignoró por completo.

México consume 9,000 millones de pies cúbicos diarios de gas natural. De ese total, Pemex apenas produce 2,300; el resto —6,800 millones— se importa casi por completo desde Estados Unidos. Sin embargo, esta dependencia no ha sido solo una vulnerabilidad, también ha sido una ventaja. El acceso al gas más barato del mundo, transportado por la red de gasoductos construida durante la llamada "pesadilla neoliberal", explica en buena medida el dinamismo industrial del norte y el Bajío en la última década. Sin ese energético barato y abundante, el boom manufacturero no hubiera ocurrido. Gracias a esa infraestructura —que tanto repudió el discurso oficial— México ocupa una posición privilegiada frente a competidores globales que pagan dos, tres o cuatro veces más por el mismo insumo.

Hay razones históricas que explican este déficit. Como explicó ayer el director general de Pemex, hay dos fuentes de gas natural: el asociado, que “sale” junto con el petróleo como subproducto, y el no asociado, que proviene de pozos perforados exclusivamente para gas. En el caso del gas asociado, México quema gran parte del que aún se produce en la Sonda de Campeche. La infraestructura para capturarlo nunca se construyó y hoy no sería rentable hacerlo porque esos pozos están en decadencia. En algún momento se contempló desarrollar yacimientos marinos de gas como Lakach, pero los números no dan.

La verdadera tragedia está en el gas no asociado. Texas es el principal productor de gas natural en Estados Unidos y, como es obvio, los yacimientos no respetan fronteras. México posee enormes reservas y potencial en el norte. En ese sentido, es positivo que el anuncio de ayer haya reabierto la puerta al fracking, pues todo ese gas texano viene de las lutitas explotadas mediante perforación horizontal y fracturación hidráulica.

Pero las características de una explotación exitosa de este tipo de yacimientos —muchos pozos pequeños, caída en la producción acelerada y una cadena de suministro eficiente— es una labor que Pemex no puede hacer. Estos yacimientos suelen ser explotados por empresas independientes “pequeñas” y especializadas que optimizan cada etapa del proceso. Pemex ya intentó algo similar en Chicontepec y el resultado fue un fracaso muy costoso.

Es positivo que el gobierno empiece a abandonar algunos de los dogmas del sexenio anterior. Pero ojalá también aprenda de las lecciones del pasado y cree las condiciones para que México pueda ser autosuficiente, e incluso una potencia, en gas natural.

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